Mostrando entradas con la etiqueta Chris Bosh. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Chris Bosh. Mostrar todas las entradas

27/2/12

Bienvenidos al siglo XXIII

La NBA atraviesa un cambio neurálgico y mientras las estrellas que recuperaron el brillo de la liga comienzan a echarse a un lado, una nueva estirpe de jugadores descarados y ambiciosos amenaza con saltarse a una generación que, pese a su incuestionable talento, todavía no ha sabido reclamar su cuota de gloria



El concepto lo acuñó el maestro Montes, quizá en unos años de cierta oscuridad en la NBA, en un periodo en el que la competición estadounidense buscaba referentes, nuevos ídolos para abandonar el agujero en el que cayó tras la marcha definitiva de los últimos grandes genios del siglo XX. El baloncesto parecía algo menos poético cuando desaparecieron Magic Johnson, Michael Jordan, Larry Bird, Charles Barkley, Hakeem Olajuwon o Clyde Drexler. Hacía frío y se extendía la oscuridad. Hasta que apareció una nueva generación de estrellas que se resiste a ceder el cetro de la liga y que ahora sí definitivamente parece preparada para echarse a un lado.

"¡Bienvenidos al siglo XXI!", vociferaba en aquellas ya lejanas madrugadas Montes, en las que junto a Antoni Daimiel ayudó a que la NBA recuperara brilló a este lado del charco. Eran tiempos en los que comenzaba a despuntar Kevin Garnett, donde los Celtics estaban gobernados por Paul Pierce y el ahora caído en el olvido y la ruina Soldado Universal Antoine Walker. Se respiraba el comienzo de una nueva era, el advenimiento del reinado de jugadores como Dirk Nowitzki, Kobe Bryant o Tim Siglo XXI Duncan. Una era que se ha prolongado casi tres lustros y que, tras saltarse una generación de estrellas sin premio, parece por fin abocada a su final.

Puede resultar chocante que se hable de un cambio de ciclo en la NBA apenas unos meses después de que los Mavericks recogiesen el premio a los muchos méritos acumulados a lo largo de esta última etapa. El propio Nowitzki, Shawn Marion, Jason Terry o Jason Kidd, héroes sin gloria, recibieron una recompensa que otros célebres representantes de esta generación, como el otrora líder de este equipo Steve Nash, echarán en falta cuando tomen el camino de la jubilación. Cada vez quedan menos resquicios de esperanza para los estandartes de la estirpe que devolvió la grandeza a una NBA deprimida. Una nueva raza de jugadores ha llegado. Una nueva hornada de estrellas descaradas y hambrientas llama a la puerta. No piden permiso, si acaso perdón, mientras elevan la espada de Damocles sobre los pescuezos de otro grupo de jugadores que parecían llamados a colmarse de anillos pero que por ahora siguen esperando su turno, atrapados entre dos torbellinos de ambición. Los irreverentes representantes de la nueva estirpe han aterrizado en la competición con la idea clara de saltarse una generación. No hacen prisioneros. Se han conjurado para desafiar al tiempo, a la lógica, para arrebatar cualquier resquicio de esperanza a los estandartes de una generación que parecía llamada a marcar una época pero que casi una década después ha seguido instalada en la sombra de los clásicos.

La maldición del draft de 2003

Lebron James representa el rostro más reconocible de esa generación que no ha podido todavía desterrar a los viejos y corre el riesgo de verse fagocitada por los jóvenes. Los Nowitzki, Bryant, Pierce, Garnett, Kidd, Ginobili y Duncan morirán en la cama, abdicaran sin golpes de estado traumáticos. Lebron y sus coetáneos fueron incapaces de tumbarles mientras las fuerzas físicas y mentales ofrecían cierta impresión de equilibrio. Y ahora todo ha cambiado. Se abre una lucha por el poder en la que nadie atiende a conceptos como relevo natural o transición pacífica. Los nuevos tienen mucho hambre. Demasiado.



The Chosen One, gobernante sin reino por el momento, encabezó la que muchos han señalado como la mejor hornada de la década, la que parió el draft de 2003. Pero algo olía a podrido, y no fue el hecho de que Darko Milicic fuera escogido por los Pistons con el número dos en una de las decisiones más insostenibles que se recuerdan, pues Carmelo Anthony, tercero, Chris Bosh, cuarto, o Dwyane Wade, quinto, quedaron relegados por el serbio. Aquel ramillete de estrellas y sus contemporáneos, muchos de ellos de enorme talento, se exponían a una maldición que todavía pervive. Han quedado condenados a vagar por el desierto. Aunque es cierto que aún tienen tiempo para saldar su cuenta con los anillos, con su destino, no será fácil. Y la sensación que queda es que han perdido mucho tiempo.

De todos los jugadores llegados a la NBA con vitola de poder marcar una época que ahora mismo están entre los 27 y los 31 años, tan sólo Dwyane Wade ha probado las mieles del éxito, aunque su caso tiene que cogerse con todos los alfileres que aconseja el hecho de que para lograrlo tuvo que contar a su lado a uno de los grandes exponentes de la generación precedente, un Shaquille O’Neal todavía dominador en aquella gloriosa temporada de 2006 en la que Miami tocó el cielo de la mano del genial Pat Riley. El resto sigue esperando.

La nómina de estos nobles sin tierras resulta llamativa, pues se nutre de muchos de los jugadores que, siquiera desde un punto de vista individual, han gobernado la competición en los últimos años. Empezando por el propio Lebron (1984 / 1ª elección del draft de 2003), la sucesión resulta dolorosamente brillante. Carmelo Anthony (1984 / 3ª 2003), Chris Bosh (1984 / 4ª 2003), Deron Williams (1984 / 3ª 2005), Dwight Howard (1985 / 1ª 2004), Rudy Gay (1986 / 8ª 2006), Yao Ming (1980 / 1ª 2002), Amar’e Stoudamire (1982 / 9ª 2002), David West (1980 / 18ª 2003), Josh Smith (1985 / 17ª 2004), Joe Johnson (1981 / 10ª 2001), Devin Harris (1983 / 5ª 2004), Andre Iguodala (1984 / 9ª 2004), Andrew Bogut (1984 / 1ª 2005), Chris Paul (1985 / 4ª 2005), Lamarcus Aldridge (1985 / 2ª 2006), Andrea Bargnani (1985 / 1ª 2006) o Brandon Roy (1984 / 6ª 2006) han pasado por o siguen en la liga sin haber tenido la ocasión de reivindicar el descomunal talento para el baloncesto que se les atribuye con la consecución de un título. De no ser por Wade, habría motivos para hablar de una generación perdida. Pero el presente y el futuro inmediato les ofrecen todavía una oportunidad para la redención. Y en esa batalla se encuentran inmersos, en una temporada atípicamente corta e intensa, donde parece poco probable que los viejos rockeros de la liga puedan protagonizar una sorpresa como la del pasado curso y, salvo hecatombe, los Heat de James, Wade y Bosh tendrán como grandes rivales a dos equipos marcados a fuego por el descaro juvenil de algunos de los principales exponentes de la nueva estirpe de jugadores, los Bulls de Derrick Rose y los Thunder de Kevin Durant.

Durantula interpreta en esta película el papel del héroe, la némesis de un Lebron que como medida desesperada optó por reunirse con otras dos grandes estrellas en los Heat y abandonar el equipo de su tierra, los Cavaliers, ante la dolorosa confirmación de que por sí solo no sería capaz de cambiar el orden natural de la competición. Muchos pensaron que El Elegido podría conducir a Cleveland al título. Seguramente él mismo estaba convencido. Pero al final dio su brazo a torcer y se embarcó en una aventura que, al margen de resultar un fracaso en su primer intento de asaltar el campeonato, le granjeó mayores cotas de impopularidad y el desprecio público de grandes iconos del baloncesto estadounidense como Larry Bird, Magic Johnson y Michael Jordan, que censuraron su decisión de reunirse con Wade y Bosh, sus compañeros de promoción, en la franquicia de Florida. Durant, menos egocéntrico, más hermético, menos dado a la teatralidad, encarna los valores de una nueva hornada donde el baloncesto puro y duro tiene mucho más peso que la notoriedad. Derrick Rose va en la misma línea. El All Star de Orlando ofreció una imagen tan fugaz como ilustrativa que refleja la diferente concepción del negocio que tienen los referentes de cada una de las generaciones que pelean ahora por ocupar el poder: cuando el speaker presentó el quinteto del Este y las figuras irrumpieron con música en el escenario que ocupaba la cancha del Amway, James, Howard y Carmelo Anthony ejecutaron entre risas un baile ridículo ante la respetuosa indiferencia de Wade y el rostro de reprobación manifiesta del base de los Bulls, quien por cierto ya el pasado año se apropió del MVP de la competición.

Habrá quien diga que los exponentes de esta generación del Siglo XXIII, que recién aterrizada en la liga quiere apropiarse del poder, disponen de menos glamour publicitario que sus incapaces predecesores. No lo voy a negar. Hay más de baloncesto y menos de vallas publicitarias entre los jugadores salidos de los drafts que vienen desde 2007, cuando Durant irrumpió como número dos (Oden fue en este caso el que le usurpó un merecidísimo número uno), al presente. Pero la lista incluye a grandísimos jugadores, algunos de los cuales van a poder pelear por el anillo sin haber llegado a cumplir los 24 años. Sin duda, Durant (1988 / 2ª elección del draft de 2007), Rose (1988 / 1ª 2008) y Blake Griffin (1989 / 1ª 2009) resultan las estrellas que más brillan en un firmamento que todavía está en parte por explorar. Pero puede elaborarse una nómina de estos jóvenes rebeldes y obtener una idea de la patente amenaza que se les presenta a sus mayores si no se ponen las pilas. John Wall (1990 / 1ª 2010), Russell Westbrook (1988 / 4ª 2008), Roy Hibbert (1986 / 17ª 2008), Paul George (1990 / 10ª 2010), James Harden (1989 / 3ª 2009), Kevin Love (1988 / 5ª 2008), Stephen Curry (1988 / 7ª 2009), Kyrie Irving (1992 / 1ª 2011) Kemba Walker (1990 / 9ª 2011) y Brandon Knight (1991 / 8ª 2011) están llamados a cargar con el peso del cambio de régimen. Algunos, incluso, parecen capacitados para convertir franquicias con escasa tradición u opciones de título en potenciales campeones, justo lo que se le reclamaba a Lebron y no pudo conseguir.

Desde que arrancó el nuevo milenio, ese siglo XXI del que hablaba Montes y que vio la luz con Tim Ducan como uno de los grandes exponentes de la nueva estirpe de jugadores, sólo seis equipos han tocado la gloria. Han sido, en su mayoría, franquicias con cierta tradición, como Lakers, Celtics, Spurs y Pistons, a las que se han sumado los Heat, en la ya citada temporada 2005/2006 y los Mavericks, que tras mucho buscarlo al fin hallaron el pasado año su recompensa. En cualquier caso, se ha mantenido un cierto status quo que esta nueva hornada de estrellas pretende quebrar.


Los Thunder de Oklahoma City, donde confluyen tres de los grandes exponentes de esta estirpe de futuros campeones (Durant, Westbrook y Harden), van a competir este mismo año por el anillo. Por el momento, gobiernan con puño de hierro la Conferencia Oeste, y no son pocos los periodistas especializados de Estados Unidos que les conceden opciones. Para ello, claro está, deberán librar la batalla definitiva por el poder, al margen de con los Bulls, con el equipo que ahora mismo mejor encarna esa necesidad de redención que se apodera de los grandes iconos de la generación del Siglo XXII, la que debería haber tomado el testigo.

Anillos seniles

Lebron y compañía tienen tiempo todavía para colmar sus dedos de anillos antes de la jubilación. De no haber irrumpido en escena estos irreverentes mocosos, seguramente no deberían tener ningún problema para lograrlo. En realidad, muchos de ellos están todavía en la edad de obtener su primer título de la NBA, una empresa que sólo unos pocos han podido gozar con extrema precocidad. Salvando a Kobe Bryant y Magic Johnson, que lograron el primero de sus cinco anillos con apenas 21 años, a Tim Duncan, que se aprovechó de la presencia del Almirante David Robinson para conquistar el primero de sus cuatro títulos con 23, y a leyendas como Larry Bird, que lo consiguió con 25 (lograría otros dos más), otras grandes figuras recientes del torneo estadounidense tuvieron que aguardar hasta la madurez baloncestísica para colmarse de gloria. Es más, King James puede consolarse con el hecho de que el aclamado mejor jugador de todos los tiempos, Michael Jordan, no pudo conducir a los Bulls al título hasta los 28 años que la estrella de los Heat no cumplirá hasta el próximo 30 de diciembre. Y no es el único caso. Ahí están, sin ir más lejos, Shaquille O'Neal, que se retiró con cuatro títulos pero no ganó el primero hasta que cumplió los 28, y otros grandes jugadores como Paul Pierce, Ray Allen y Kevin Garnett, que en 2008 se impusieron en las Finales a los Lakers con 31, 32 y 33 primaveras.

Lebron y el resto de estrellas de su generación, por tanto, no deben preocuparse todavía, o al menos no en exceso, de lo que han hecho, de lo que queda atrás. Sus desvelos deberían centrarse en lo que les viene por delante, en esa nueva generación que no entiende de ciclos ni de respeto y que desde ya mismo les ha declarado la guerra. El siglo XXI ya es historia. El XXII podría serlo en breve. Y sí, todavía se puede escribir algo sobre la NBA sin hablar de Jeremy Lin.

3/1/12

El huracán Rubio


Ricky colecciona elogios de compañeros, rivales y críticos especializados y se gana el corazón de la hinchada de los Timberwolves, a los que su llegada ha cambiado de cara, tras su primera semana en la NBA

Donde había duda ha brotado la certeza. Las críticas han cedido espacio a las alabanzas y los que escupieron al cielo, que fueron muchos, han acabado por mojarse. Ricky Rubio se ha convertido en una de las grandes sensaciones del arranque de esta atípica temporada de la NBA. El base catalán, a quien la afición de los Timberwolves aguardaba con ansiedad, se ha sacudido los complejos que pueden acechar a cualquier novato y ha firmado varias actuaciones que han bastado para despertar la unanimidad entre los aficionados y los críticos de la prensa estadounidense, que ya ven en el jugador formado en la cantera del Joventut a un futuro all star.

Así lo atestiguaba este lunes la web oficial de la NBA, uno de los portales de información con más visitas del planeta, donde una encuesta cuestionaba a los internautas por las posibilidades que concedían al jugador del Masnou de participar en un futuro en el partido de las estrellas. Los resultados resultaban rotundos: más de un 76% se dejó llevar por las excepcionales sensaciones que ha arrojado en sus primeros partidos con la camiseta de Minnesota. En realidad, la visión de los aficionados se encuentra muy próxima a la de los expertos. De costa a costa, los periodistas especializados más prestigiosos se han rendido a Ricky.

“Ahora entiendo todo el jaleo que había en torno a su figura, entiendo a los ojeadores que volvían emocionados de Europa estos últimos años”, escribió Peter Vecsey, una de las firmas más reputadas en cuanto a baloncesto estadounidense se refiere, en el New York Post tras la monumental exhibición del catalán en el duelo ante los Heat, en el que sumó su primer doble-doble (12 puntos, 12 asistencias y 6 rebotes) y condujo a su equipo a un final ajustado en el que a punto estuvo de tumbar al conjunto liderado por Lebron James, Dwyane Wade y Chris Bosh.

Lebron se rinde ante su lectura del juego

El propio Lebron fue uno de los primeros en subirse al carro de los admiradores. “Este chico sabe cómo pasar la bola”, escribió The chosen one en su cuenta de Twitter cuando concluyó el encuentro que supuso el estreno del base en la liga estadounidense. Fue ante los pujantes Thunder de Kevin Durant y Russell Westbrook y los Wolves cayeron derrotados (104-100), algo bastante habitual en los últimos tiempos, aunque esta vez ofrecieron una imagen bien distinta a la que tenían acostumbrada a su hinchada.

La llegada de Ricky ha provocado una espectacular mutación en la franquicia de Minnesota. El peor equipo de la pasada campaña –sólo logró 22 victorias en los 82 partidos de la fase regular– ha ganado en brillo y futuro. Se ha transformado en un conjunto atractivo para el espectador, sobre todo cuando el catalán pisa el parqué. En los tres primeros duelos de esta abreviada campaña dieron la cara, aunque hincaron la rodilla, incluso ante rivales que pelearán por el anillo como los Heat y los Thunder. Pero lo mejor estaba aún por venir. El Target Center, que hacía muchos años que no registraba los llenos que está presentando este año –seguramente desde la época en la que Kevin Garnett era el jugador franquicia–, pudo disfrutar del primer triunfo de la temporada la noche del domingo. La víctima no podía resultar más apetecible: los Mavericks de Dirk Nowitzki, los defensores del título, claudicaron ante esta nueva versión de Minnesota, que carbura al ritmo que marca Ricky. Sólo 24 horas después llegaría el segundo triunfo. Otro equipo tejano con pedigrí, los Spurs, besaron la lona en su visita a Minneápolis.

El otro base de la mejor selección española de la historia, José Manuel Calderón, ha tardado poco en sumarse a la nómina de adoradores del jugador catalán: "Es un grandísimo jugador que lo único que quiere es disfrutar jugando al baloncesto. Quien dudara de él ahí lo tiene", aseguró el timonel formado en la cantera del Baskonia, a quien el propio Ricky siempre ha señalado como un espejo en el que mirarse. Calderón no tuvo reparos a la hora de analizar el aparente salto de calidad que ha experimentado el juego de Ricky de una temporada a otra. "Son baloncestos muy diferentes. Hay jugadores que siendo estrellas en la NBA no podrían jugar en Europa y al contrario. A Ricky este juego se le da mejor y ya está. Es un jugador grandioso que nos va a hacer disfrutar mucho", reiteró el director de juego de los Raptors.

Pau Ribas: "Su juego encaja con el que se practica en la NBA"

No es el único amigo de la nueva estrella de los Timberwolves que ha hecho hincapié en este asunto. Hace un par de semanas tuve la ocasión de entrevistas a Pau Ribas, el tercer componente de aquella mítica Triple R del Joventut junto a Rubio y Rudy, y no tuvo duda alguna al aventurar un próspero futuro a su antiguo compañero de cambiador. "El juego de Ricky encaja a la perfección con el que se practica en la NBA. Estoy seguro de que le va a ir muy bien. Hay muy pocos jugadores en el mundo que sepan leer el baloncesto como lo hace él", aseveró el escolta catalán tres días antes de que arrancara la temporada oficial en la competición estadounidense. Obviamente, Ribas no se equivocaba. Aunque ni él ni casi nadie podía imaginar hasta qué punto podía llegar el impacto que iba a tener el wonder boy al otro lado del Atlántico. Este martes, sin ir más lejos, la edición digital de los deportes de ESPN, una de las páginas de referencia en Estados Unidos, incluía al base del Masnou en la portada de la página en la que desarrolla las informaciones de la NBA. En un fotomontaje, Ricky aparecía junto a otros dos jugadores: Dwyane Wade y Kevin Durant. Casi nada.

Arropado por dos de los pesos pesados de la plantilla, Kevin Love y el recién llegado Juan José Barea, y por un técnico curtido en mil batallas como Rick Adelman, que lo mantiene como reserva pero le concede más minutos y protagonismo que al titular Luke Ridnour, Ricky ha abandonado en algún punto del Atlántico al jugador apagado y dubitativo que tantas críticas recibió en su última campaña con el Barça. Incluso en su lanzamiento exterior, faceta que debe aún trabajar, está brillando en este arranque de la temporada. En un equipo sobrado de juventud y músculo, él pone el talento. Y en las Twin Cities se ha vuelto a hablar en clave de baloncesto. La afición del Target Center se rinde a Ricky. “Rubio, Rubio...”, corean desde la grada. Y esto es sólo el principio.

14/6/11

El martirio del cobarde



La madrugada del domingo al lunes me quedé dándole vueltas a la actitud que mostraron en la victoria y la derrota cada uno de los héroes que tomaron parte en las Finales de la NBA. Disfruté al ver a un tipo como Jason Kidd, al borde del adiós, ponerse un anillo que hace justicia a una carrera espectacular. Caí rendido ante un Nowitzki que se confirmó (por si no lo había hecho aún) como el mejor jugador europeo de la historia. Ignoré como todo el mundo ignora a un Chris Bosh que solo o acompañado se revela como un fraude, un jugador con muy poco hambre. Admiré la entereza de Dwyane Wade mientras felicitaba a todos y cada uno de los jugadores de Dallas. Y volví a quedar decepcionado con la falta de juicio de Lebron.


Su inoportuna incapacidad para escoger las opciones correctas y leer el timing de los partidos se traslada también a su forma de comportarse fuera de las canchas. Es un desastre, una amenaza para sí mismo, cuando se trata de gestionar su imagen pública. Desde luego, como todos los grandes, deambula con la condena de saber que cualquiera de sus gestos se verá magnificado. Y eso hace que todo sea más complicado. Aunque también por este motivo debería vigilar con más mimo cualquier movimiento. El mutis por el foro que protagonizó en el American Airlines Arena justo cuando los Mavericks explotaban para festejar el primer título de su historia me impulsó a escribir este artículo en el periódico en el que trato de condensar las reflexiones que me asaltan ante lo que parece una situación irreconducible. Lebron se ha forjado una leyenda negra, un aura de tipo egocéntrico que quizá no se corresponda del todo con la realidad. Muchos le estaban esperando. Su fracaso ha satisfecho a mucha gente.


El martirio del cobarde


Cuando Lebron James anunció que iba a hacer pública la decisión sobre su futuro en un programa de televisión creado ad hoc algunos de los que aún lo consideraban como el Elegido comenzaron a cuestionarse si aquel corpulento tipo que irrumpió en la NBA como un elefante en una cacharrrería no sería más un excelente producto de marketing que un jugador llamado a marcar época. Un año después, consumada su trama para reunirse en un mismo equipo con otras dos megaestrellas de la competición y asaltar el anillo que tanto se le había resistido, la popularidad de Lebron James se encuentra bajo mínimos; y el debate sobre su talento ha alcanzado cotas insospechadas.
Tildado de "cobarde" por el legendario Magic Johnson, King James huyó del parqué del American Airlines Arena antes incluso de que el bocinazo final confirmara como campeones a los Mavericks. Hundido por el estrepitoso desmoronamiento de un proyecto que algunos pensaron que podía incluso adulterar la competición, se perdió por el túnel de vestuarios mientras las cámaras buscaban la celebración del equipo texano, la sonrisa de liberación de Jason Kidd y las incipientes lágrimas de un Dirk Nowitzki que se sabía liberado de la vitola de eterno perdedor.
Lebron no quiso dejar pruebas gráficas del desastre. Por eso escapó del escenario del crimen mientras los aficionados de los Heat trataban de entender qué había podido suceder para que ese equipo diseñado con ingeniería genética y talonario hubiese sucumbido. Lo único que quería James, cuyo nivel de popularidad cayó en picado cuando decidió dejar en la estacada a los Cavaliers, el equipo de su tierra, para buscar el ansiado título con la franquicia de Florida, era huir de los flashes. Y en parte lo logró. Aunque, como casi todo cuando se trata de él, tampoco esta estrategia arrojó los frutos deseados.
Mientras las imágenes de la ABC americana mostraban a un respetuoso y deportivo Dwyane Wade felicitando a sus rivales, el plano fijo de la cámara ubicada junto a la puerta del vestuario reflejaba la estampa de un Lebron solitario, derrotado, una vez más acobardado. A sus 26 años, el jugador que recibió el sobrenombre de The Chosen One cuando aún jugaba en el equipo de su instituto, el hombre al que muchos comparaban con el mito Jordan, sigue sin oler un anillo. Y lo peor para él es que tras su cambio de equipo, ha aumentado en número su legión de críticos, han dejado de valorarse sus vitudes -que son muchas- y cada vez se le considera más como un jugador egoísta y arrogante, a pesar de que en estas Finales ha sido capaz de firmar actuaciones en las que repartía más de una decena de asistencias a sus compañeros.
Mientras Chris Bosh ha quedado relegado a un segundo plano mediático, la opinión pública comenzó a establecer debates en torno a quién debería, si Lebron o Wade, ejercer como líder de Miami. Y de esas discusiones han salido siempre dañados tanto el equipo como el jugador de Ohio.
Lebron, como el emperador Cómodo en Gladiator, sale siempre malparado en las comparaciones con el ídolo local, con el MáximoWade, que debería asumir como mínimo la misma cuota de responsabilidad en la debacle. Sin embargo, nadie se la exige. Todas las miradas se centran ahora en el Rey cobarde, que en sus ocho temporadas en la NBA ha disputado dos veces la final.
Lebron, que no es tan cruel ni tan mezquino como el personaje que interpretaba Joaquin Phoenix en aquella película, supo al menos dar la cara cuando tocó hablar ante la prensa y admitir la decepción que le asaltaba tras el sexto y último encuentro de la serie ante Dallas: "Cuando te sientes en la cima de una montaña y caes es un fracaso personal", admitió el jugador, que tuvo en cualquier caso un mensaje para sus detractores. "Duele, pero no me colgaré por ello. Todos los que querían ver mi fracaso, al final del día tendrán que irse a dormir y cuando se despierten mañana tendrán la misma vida que antes. Yo voy a seguir teniendo mi propia vida e intentaré ser feliz", se descolgó. El Elegido volvió a escoger mal su camino hacia la redención.

Enlace a la noticia publicada en Diario de Noticias de Álava

31/5/11

La redención de los señalados

Lebron, Wade y Bosh, odiados y envidiados, pueden cerrar muchas bocas / 'Robin Hood' y sus Mavericks aspiran a saldar una vieja deuda con la historia

Hace un año Lebron James tomó una ruta que iba a suponer un cambio radical de rumbo para su popularidad. El Elegido, en una decisión que algunos no entendieron pero que casi todo el mundo esperaba, optó por abandonar el equipo en el que había militado desde que comenzó su carrera, los Cleveland Cavaliers, para buscar un proyecto más ambicioso en alguna franquicia en la que por coordenadas contractuales pudiera reunirse con una o dos superestrellas más de la NBA con las que buscar de la mano el anillo que tanto ansía. El fichaje por los Heat no se resolvió de la noche a la mañana, sino que se dedicó a deshojar la margarita y dejarse querer por unos y otros durante semanas. Al final, además, lo anunció por televisión, en un programa en directo creado ad hoc en la ESPN que se bautizó como The decision. Tuvo una audiencia bestial y ofreció pingües beneficios a todos los implicados. Pero dejó herida de muerte la imagen pública del jugador.

La escena se desarrolla en Nueva York, finales de septiembre, a pocas semanas para el arranque de la temporada en la NBA. Se celebra la fiesta de San Gennaro en las calles de Little Italy, un dulce barrio fagocitado por la voracidad de sus vecinos chinos y su legión de negocios todos iguales. Cae una tormenta de agua como no he visto una igual, con granizo y rayos que dejó hasta muertos en Queens, y nos cobijamos en un soportal. Un adolescente rubito se guarece también de la lluvia, Lleva una camiseta dorada de los Cavaliers con el número 23. Le pregunto por ella, por si le gusta Lebron. "Lebron sucks" ("Lebron apesta"), espetó, sin acritud, el chico moreno con la cara trufada de espinillas que le acompañaba. "Antes sí me gustaba pero ahora, después de lo que ha hecho..., no tanto", me responde el rubio. Se estaba cocinando un clima de repulsa hacia el que hasta entonces parecía la gran esperanza de la afición americana para cubrir el insondable hueco que dejó tras su retirada el eterno Michael Jordan. No fue la única muestra de repulsa hacia el camino escogido por King James con la que me topé aquellos ocho días que pasé en la Gran Manzana.

A James se le castiga por su incapacidad para ser lo que dijeron que iba a ser, porque no lo es. Algunos lo repudian por haber abandonado al equipo de su tierra, Ohiao, por haber tirado la toalla con sólo unas Finales en el zurrón a pesar de que la franquicia hizo esfuerzos por tratar de conseguirle secundarios que lo ayudaran a conquistar el título. Son muchos, y ésta es una sensación que ha cruzado fronteras y océanos, los que lo acusan de haber tomado el camino fácil. Su reunión con Dwyane Wade y Chris Bosh, amigos y compañeros de promoción, ha abierto un debate sobre las normativas que velan por la equitativa distribución de estrellas entre los equipos. A David Stern le han fallado, y esta vez de manera además estrepitosa, el mecanismo del draft, el tope salarial... Los Heat, los Beach Boys, los Heatles -porque de nombres han andado sobrados todo el año- han pasado a ser un equipo señalado, odiado por muchos. James, de hecho, se convirtió a los pocos días de su teatral aparición televisiva en el sexto deportista profesional estadounidense más odiado, según una encuenta de la compañía Q Scores Company.

Se les acusaba de producto, de equipo poco fiable, se cuestionó la capacidad de las tres figuras para compartir minutos y balones, incluso Magic tildó al Elegido de "cobarde" por buscar cobijo en otras estrellas en su carrera hacia el anillo, pero a la hora de la verdad han respondido. Se han metido en las Finales, en las que se verán las caras con Dallas. Cuando se separa el polvo de la paja se han mostrado, de largo, como el plantel más solvente del Este. Despacharon sin agobios  a los 76ers en una eliminatoria muy física, evidenciaron que a los Celtics comienzan a faltarles piernas para citas de determinada exigencia y han acabado con los Bulls del MVP Rose tras una serie apasionante, en la que se ha jugado un baloncesto de tremendo nivel y con muchos finales apretados, de esos en los que los grandes jugadores se alzan sobre los buenos jugadores. Los Heat se han conjurado para ganar un anillo porque se saben observados, criticados, censurados. Y parten, por plantilla, como favoritos.

Con un banquillo reforzado con la resurrección de Mike Miller, el retorno del lesionado Udonis Haslem y los minutos de calidad que aporta Chalmers en la dirección de juego, el Big Three alcanza la cita en un estado óptimo para que la del 2011 sea, por fin, la final que encumbra definitivamente a un King James que todavía no ha reinado y ya va a cumplir los 27. El problema para The chosen one es que en el bando contrario también milita un eterno aspirante al anillo que lleva más años a la cola.

Las Finales medirán la rabia de los Heat, su necesidad de sacudirse las críticas y cerrar muchas bocas, y el deseo de un equipo plagado de veteranos, muchos de ellos quizá demasiado como para soñar con volver a estar ahí. Los Mavericks disponen de una última bala en el cargador. Y en base a un eficiente juego colectivo, marcadamente coral, con gran aportación de jugadores de banquillo que han supuesto el salto de calidad, pretende agotar su postrero proyectil. Dos estilos chocarán de manera frontal en la eliminatoria que arranca este martes en el American Airline Center de Miami. Aunque pocos habrían apostado por este duelo cuando arrancaron los play off, ambos se han ganado el billete por méritos propios. Se han confirmado como los dos mejores equipos de la fase decisiva de la competición.

Kidd y la batalla en la pintura

Dallas debería tener sus opciones en este duelo, y las tendrá. Sus dos principales figuras, dos viejos rockeros de la NBA, sostendrán al equipo. Jason Kidd apura sus últimos años en la liga con la misma brillantez e influencia en el juego que ha mostrado desde su debut. Accedió a sus primeras Finales cuando Lebron aún jugaba en el instituto, en 2002, y un año después, casi al mismo tiempo que el draft en el que los iconos de los Heat fueron seleccionados, volvió a jugarlas. En ambos casos se ahogó en la orilla. Los New Jersey Nets a los que capitaneaba entonces cayeron derrotados ante los Lakers (4-0) y los Spurs (4-2). El director de juego, que regresó hace tres años al equipo en el que empezó, quiere sacarse la espina en la que puede ser su última oportunidad.

Kidd deberá imponer el ritmo del juego para que los Mavericks ganen opciones. Si los texanos, que también saben correr, reducen las transiciones rápidas del rival equilibrarán las fuerzas. A priori, el equipo texano parte con desventaja en los duelos de perímetro. Stevenson y Stojakovic sufrirán para defender a Wade. Incluso Terry, más rápido, puede sufrir en el uno contra uno ante Flash. Los exteriores de Dallas, en cualquier caso, han exhibido un acierto terrorífico en el lanzamiento de larga distancia. Además, el panorama cambia en la pintura. Tyson Chandler llega a la final como un toro. Los interiores de Miami, salvo el veterano Ilgauskas cortos de talla, pueden sufrir en el rebote. Y luego está el otro problema, la presencia del un jugador que ha destapado el tarro de las esencias en la final del Oeste. Dirk Nowitzki ha mostrado su mejor versión ante los inexpertos Thunder. Y parece la gran amenaza de los Mavs.

¿Quién se encargará de la defensa de Robin Hood? Desde luego, Spoelstra tendrá que alternar defensores y programar ayudas, porque la opción de Chris Bosh se antoja como una broma. El germano le ha hecho la pascua a todos sus pares durante los play off. Serge Ibaka, Lamarcus Aldrigde o el alicaído Pau Gasol han salido retratados en sus duelos personales. Sus exhibiciones en los últimos partidos han avivado la llama de la esperanza en el seno de la afición texana. Rick Carlisle dispone de uno de los planteles más compensados de la liga, muy equilibrado en cuanto a músculo, talento y conocimiento del juego. Además la historia le debe una a la franquicia de Mark Cuban. El azar le debe una segunda oportunidad a su estrella.

El destino se despachó con crueldad con Nowitzki cuando tenía todo de cara para asaltar el título. La estrella de los Mavs sólo ha jugado una vez las Finales, y fue también ante los Heat. Sucedió en 2006, la temporada en la que Shaquille aterrizó en Florida y dejó en evidencia a Kobe. El alemán, en plena madurez, marcaba diferencias por aquel entonces en la competición. Tanto es así, que la siguiente temporada recibió el reconocimiento como mejor jugador de la fase regular. Aquel verano de 2007 las apuestas apuntaban al combinado texano como posible campeón. Pero el futuro le tenía reservado un severo mazazo al jugador alemán. Los Golden State Warriors de Don Nelson, con Stephen Jackson, Monta Ellis y Sarunas Jasikevicius en sus filas, se cargó al mejor equipo de la NBA en la primera ronda de play off. El octavo clasificado dejaba en la cuneta al primer cabeza de serie. Fue un mazazo muy duro para Nowitzki, que jamás se volvió a ver ante una de esas. Hasta ahora. La vida, y no lo hace siempre, les ha deparado una segunda oportunidad, seguramente la última. Robin Hood, como Kidd, tiene ante sí una revancha con la historia.

24/5/11

La resurrección de Rupaul

"You can call me he. You can call me she. You can call me Regis and Kathie Lee; I don't care! Just as long as you call me".

La madrugada del pasado domingo, perdiendo sueño para disfrutar del tercer partido de la final de la Conferencia Este, me vinieron a la cabeza unas declaraciones de hace un par de años de Shaquille O'Neal en las que se mofaba de un jugador que se está ganando el respeto de la NBA con su actuación en los presentes playoffs. Big Cactus, por aquel entonces en las filas de los Suns, puso en tela de juicio la hombría de Chris Bosh, al que acababa de enchufarle 45 puntos. A O'Neal, ya veterano y poco habituado a ofrecer exhibiciones de ese calibre, le molestó que Bosh se escudara en la labor arbitral cuando los periodistas le asaltaron para que ofreciera una explicación. "Las cosas habrían sido diferentes si los árbitros hubieran pitado algo cada vez que se ha pasado más de tres segundos en la zona", protestó. Y el Gran Aristóteles no se cortó en la réplica. Fue a hacer daño. Y firmó una de las acusaciones más humillantes que me vienen a la cabeza al comparar al exjugador de los Raptors con un famoso Drag Queen, actor y cantante al que muchos recordarán por haber compartido varios vídeos musicales con Elton John.

"Ya he oído lo que ha dicho Chris Bosh y son palabras muy duras viniendo del Rupaul de los hombres grandes de la NBA", se despachó. Por supuesto, estas declaraciones recorrieron el planeta basket. Y colocaron aún más bajo los focos al ala-pívot texano, eterno sospechoso, siempre perseguido por las incógnitas que ofrecían sus argumentos para hacerse acreedor al contrato que le garantizó Toronto.

He de reconocerme como el primero que ha cuestionado siempre la dureza de Bosh. Dotado de un talento incuestionable, tanto para manejarse en el poste bajo como para jugar de cara a canasta, y con un lanzamiento imparable y muy efectivo desde la media distancia, siempre me ha parecido un tipo demasiado blando, indolente, el Rupaul del que habló Shaq. Es más, en su día pensé que podría considerarse incluso un sacrilegio incluir a Bosh en lo que, tras The Decision, vino a denominarse como el Big Three de los Heat. Como mucho, me parecía el dos y medio de los Beach Boys. Llegué a afirmar que Pat Riley cometía un terrible error al destinar una porción tan importante del pastel salarial a este jugador, tan endeble en la pintura, que es donde de verdad necesitaba reforzarse un equipo que cuenta con un perímetro de lujo. Y sin embargo en los presentes playoffs Bosh nos está cerrando la boca a muchos.

Sigue sin defender demasiado, quién puede negarlo. Seguro que Garnett o Boozer, sus dos últimas parejas de baile, no lo harían. Pero para eso, Spoelstra ya tiene a otros (Joel Anthony o Udonis Haslem, por ejemplo). El caso es que, cuando nadie lo esperaba, Rupaul ha resucitado y ha salido del cascarón para reivindicarse como un jugador capaz de ser importante en los partidos que de verdad cuentan. En los Raptors, cuando era conocido como The Franchise, evidenció una flagrante incapacidad para guiar hacia la gloria a sus compañeros. En las siete temporadas que permaneció en la franquicia de Toronto, sólo disputó dos veces las eliminatorias por el título. Y en ninguna de ellas pasó de la primera ronda. Ahora, agazapado, cobijado en la alargada sombra de Wade y Lebron, el panorama ha cambiado.



CB4 ha mutado. Ha aflorado una intensidad que casi nadie le presuponía y se está convirtiendo en el factor decisivo de una eliminatoria que, salvo hecatombe, parece encaminada a dilucidar el próximo campeón del torneo. En el primer partido del United Center, con derrota para los Heat, mantuvo a su equipo vivo gracias a un sensacional despliegue que se reflejó en la estadística: 30 puntos (con 12 de 17 en tiros de campo y 6 de 6 en libres) y 9 rebotes. Pero lo mejor estaba por llegar. Bosh, que este año sólo había superado la barrera de los 30 puntos en tres ocasiones antes de la serie con Chicago, estalló en el tercer envite de la eliminatoria. Con 34 tantos (13 de 18 en tiros de campo y 8 de 10 desde la línea de personal) selló su mejor actuación en un partido de play off y guió a su equipo al triunfo en un partido árido, embarrado, en el que los Bulls volvieron a exhibir una fe inquebrantable. Bosh sacó el orgullo, se sacudió los miedos y los Heat encauzaron la serie. Una ronda antes, en semifinales de conferencia, ya tuvo ocasión de vengarse del tipo que lo ridiculizó. Shaquille, de traje, lesionado, tuvo que contemplar desde el banquillo la caída de los Celtics ante un equipo que llama con fuerza a las puertas de la final.