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30/4/13

Acaba la agonía


San Antonio cierra la serie (4-0) y sepulta el fracasado proyecto de Lakers / El intento de reunir a cuatro grandes estrellas acaba de nuevo de la peor manera posible



Faltaban tres minutos para el final del partido y Mike D'Antoni, que había tirado la toalla quizá antes incluso del salto inicial, decidió retirar a Pau Gasol para dar entrada a otros jugadores de las profundidades del banquillo. El cuarto partido de la primera ronda del play off por el título estaba sentenciado. Ya no había nada que hacer. En realidad, jamás lo hubo. El público del Staples Center se puso en pie y dedicó una sonora ovación al pívot catalán, el único representante del lustroso quinteto titular que dio la cara hasta el final de la agonía de unos Lakers que han protagonizado uno de los fracasos más sonados que se recuerdan en la historia de la NBA. Los Spurs pasaron por encima de la franquicia angelina, infligieron un doloroso correctivo y pusieron fin a una dramática temporada.

El mismo equipo que el pasado verano recuperó los debates sobre la higiene de permitir que varias estrellas se reunieran en un mismo vestuario para pelear por el anillo se despeñó por el abismo al que se dirigía desde que arrancó el curso. Los Spurs, un colectivo sólido, sobrado de recursos y bien trabajado, le sacaron los colores al combinado que dirige un Mike D'Antoni superado por los acontecimientos. Los Lakers no han tenido opción alguna en la serie. El 4-0 (83-102 en el cuarto y definitivo duelo) supone la mayor humillación para el equipo púrpura y oro en casi cuarenta años. Desde 1967, cuando lo consiguieron los San Francisco Warriors, nadie había sido capaz de dejarlos fuera de combate en la primera ronda de play off sin que sumaran una sola victoria.

La imagen de los Lakers, ya pobre a lo largo de la fase regular, ha resultado patética en la eliminatoria ante los Spurs. El conjunto texano ha ganado todos los partidos con diferencias superiores a la decena. Bien es cierto que las lesiones tampoco han acompañado. Aunque por momentos da la impresión de que se esgrimen más como excusa que como explicación de la catástrofe. La rotura del tendón de Aquiles que sufrió hace diez días Kobe Bryant, líder y guía espiritual del cuadro angelino, supuso una losa definitiva. Sin el escolta de Philadelphia, que se había dejado el alma para evitar el ridículo de quedar fuera de los play off, nadie daba un duro por los Lakers. Y con razón.

La madrugada del domingo al lunes, cuando se disputaba el cuarto partido de la serie, D'Antoni disponía de un equipo de circunstancias. Al margen de Kobe, en la lista de lesionados se encontraban Steve Nash, Metta World Peace, Steve Blake y Jodie Meeks. El panorama resultaba desalentador. Pau Gasol y Dwight Howard debían hacerse fuertes para compensar la endeblez de un backcourt compuesto por jugadores de dudosa calidad incluso para el banquillo, como Goudelock, Chris Duhon o Darius Morris. Parecía evidente que no bastaría siquiera para pelear por una victoria que restituyera el maltrecho orgullo. Y no bastó. Sobre todo cuando Howard decidió borrarse del mapa. Recibió dos técnicas, evitables ambas, y de camino a los vestuarios intercambió varias frases subidas de tono con el general manager de la entidad, Mitch Kupchak, que no tardaron en despertar los rumores sobre su salida del equipo en verano, cuando será agente libre.

Kobe también da la cara

Gasol parecía destinado a quedarse solo ante la humillación. Ni siquiera Jack Nicholson, fijo en la banda, quiso aguantar el escarnio. Abandonó su asiento en el tercer cuarto para no volver. Pero entonces Kobe, aún con muletas, irrumpió en escena para sentarse tras el banquillo y dar la cara. La grada olvidó por unos momentos el desalentador resultado que reflejaba el electrónico para ofrecer su cariño a su gran estrella. Al igual que a Gasol, que concluyó el partido con 16 puntos, 8 rebotes, 5 asistencias y 2 tapones que no valieron de nada, le agradecieron la fidelidad a los colores, los dos anillos, el orgullo que mostraron por tratar de evitar lo inevitable. Pero ni siquiera ese apoyo del público garantiza el futuro del catalán, que podría ser utilizado para soltar lastre salarial.

“Quiero ganar otro anillo con los Lakers, pero no depende de mí”, manifestó Gasol al término del partido, consciente de que podía ser el último con esa camiseta. Ahora mismo hay pocas cosas claras. El futuro de Howard, a quien se consideraba la base sobre la que construir a largo plazo, puede determinar el de las demás piezas del rompecabezas. Nash tiene contrato, como Gasol y Bryant, pero lo que más dudas genera es la figura del entrenador. D'Antoni parece, de largo, uno de los grandes damnificados del drama en el que se han visto inmersos estos Lakers desdibujados y decepcionantes.

Lo peor de todo es que en Los Ángeles ya había un precedente que alertaba sobre el posible fracaso y se ignoró. En la temporada 2003/2004, cuando Kobe y Shaquille compartían foco como grandes referentes de unos Lakers que sumaron tres anillos, la directiva californiana decidió incorporar a dos hall of famers en declive como Gary Payton y Karl Malone. Todo el mundo pensó que aquel equipo barrería al resto y se llevaría el título sin esfuerzo. Fracasaron. El anillo se lo quedaron los Pistons, aunque aquellos Lakers, a diferencia de los actuales, alcanzaron las finales. Estos casi ni entran en play off. El único consuelo para sus seguidores, a los que les aguarda ahora un convulso verano, es que su lenta agonía ya ha terminado.

17/4/13

El último desafío de Kobe

La estrella de los Lakers se enfrenta al reto de volver a las canchas tras sufrir una rotura del tendón de Aquiles / A sus casi 35 años, muchos piensan que jamás podrá a ser el mismo, pero su genética de competidor lo empuja a reducir plazos para volver a la carga



Lo había hecho cientos de veces antes. Miles. Marca de la casa. Encara a su defensor, dribla hacia un lado y carga con fuerza todo el peso hacia la pierna contraria. Normalmente, deja al rival sentado. También en esta ocasión habría superado a Harrison Barnes. Buscó el contacto con el defensor, apoyó su hombro en el pecho del rival, encontró el espacio y trazó la salida hacia la izquierda. Un movimiento casi automático que suele concluir en canasta, pero esta vez se escuchó un chasquido, un sonido seco, funesto, y Kobe se desplomó.

El tiempo se detuvo en el Staples Center. El hombre que se había atado a los Lakers a la cintura y los ha conseguido arrastrar a unos playoffs que tenían ya casi asegurados se retiraba con gesto de dolor. El cielo se nubló. Un manto de negros nubarrones se cernió sobre el cielo de Los Ángeles. Y las pruebas médicas a las que fue sometido confirmaron los peores augurios. Tenía el tendón de Aquiles roto. Pronóstico claro: entre seis y nueve meses de baja.

Aún tuvo tiempo de prestar un último servicio a una causa para la que ha luchado casi en solitario. Lanzó dos tiros libres y se marchó al vestuario. A Kobe se le acababa de romper el tendón de Aquiles; a los Lakers, el alma. Buena parte de las esperanzas de la franquicia angelina -si no todas- se marcharon por el retrete cuando se confirmaron los presagios más pesimistas. Sin su gran estrella, la franquicia angelina tendrá muy pocas opciones en las eliminatorias por el título. No tardaron mucho en aparecer los agoreros. En cuestión de horas ya había quien se atrevía a hablar de retirada anticipada. Sin duda, gente que pasa por alto el genotipo competitivo de un hombre que se ha mostrado capaz de superar todos los retos y que, tras la rabia inicial, se ha fijado el objetivo de superar uno más, uno mayúsculo.

“Cuando sucede algo como esto, todo el mundo quiere saber por qué, pero no siempre hay una razón o un porqué. Algunas veces es sólo mala suerte”, manifestó a las pocas horas de conocerse la lesión Gary Vitti, el preparador físico del equipo de Mike D’Antoni. Sin embargo, a veces la mala suerte se busca. En ocasiones se flirtea con la desgracia. Un organismo puede llevarse al límite. Kobe, y los técnicos de los Lakers que se aferraban a su fe como un clavo ardiendo, lo han hecho estas últimas semanas.

El tendón de Aquiles saltó por los aires ante los Warriors. Pudo haberlo hecho mucho antes. The Black Mamba, en su afán por evitar el escarnio que habría supuesto quedar fuera de las eliminatorias por el título, estaba asumiendo un esfuerzo sobrehumano. Estaba a punto de completar su octavo cuarto consecutivo sin descanso. Los siete anteriores había interpretado su papel de salvador. Dos días antes, frente a los Blazers, superó su mejor marca anotadora del curso (47 puntos). Antes de caer lesionado, en los primeros 45 minutos del choque ante los Warriors, añadió otros 34 para completar una trayectoria que le ha valido un título póstumo de mejor jugador de la semana en la Conferencia Oeste. Pero todo tiene un precio. Y aunque su lesión pueda achacarse a la fatalidad, quizá también haya podido influir el hecho de que en los siete últimos partidos promedió casi 46 minutos sobre el parqué.

Un drama en púrpura y oro

El fatal desenlace de esta cruzada en la que el escolta de Philadelphia se había embarcado no hace más que rematar la trágica travesía por el desierto que han soportado los Lakers desde que arrancó la temporada. Lo que en verano se apreciaba como un plantel diseñado para ganarlo todo, con cuatro grandes estrellas reunidas en un mismo vestuario y el mayor presupuesto en salarios de la competición, ha terminado por convertirse en un drama. Lo que de inicio se antojaba un gran equipo sin ensamblar, percepción que le costó la cabeza a Mike Brown, ha acabado por transformarse en una fatalidad palpable. Los Lakers, más allá del infortunio de las lesiones, no han acabado en ningún momento de funcionar como equipo. Y la llegada de D'Antoni, el tercer técnico del curso tras la aseada labor como interino de Bernie Bickerstaff, no sirvió de antídoto a los males. Más bien al contrario.

Ni el más malicioso de los guionistas de Hollywood habría sido capaz de diseñar una temporada tan aciaga. El mismo equipo que generó debates en verano en torno a la conveniencia de reunir a tantas figuras en una misma plantilla por el desequilibrio que podía generar en una liga que tiende siempre a evitar este tipo de desniveles, confeccionado para plantar cara a los Heat de Lebron, Wade y Bosh, se convirtió en una caricatura, en una fuente inagotable de desgracias, casi todas en forma de lesiones.

Bryant es en realidad el último que ha caído. Antes que él han ido desfilando por la enfermería el resto de puntales del equipo. Pau Gasol, que ha padecido varios problemas físicos, se ha perdido un total de 33 partidos. Nash, que sigue en la lista de bajas, 30. Dwight Howard, que empezó la temporada a medio gas tras su intervención quirúrgica en la espalda, también faltó de manera intermitente a raíz de unos problemas en un hombro. Y Metta World Peace, a pesar de su biónica velocidad de recuperación, tampoco se ha librado del descanso forzado. Además, un par de problemas musculares han mantenido a Steve Blake fuera de las canchas durante 37 encuentros y Jordan Hill continúa de baja desde hace casi tres meses

Con el traje de superhéroe

Kobe se enfundó el traje de superhéroe para combatir todas estas penurias. Quiso ser padre y madre. Se impuso la obligación de cubrir las ausencias y pensó que su talento y ambición bastarían para ocultar los evidentes problemas de adaptación y juego que ha mostrado el plantel angelino. Quería guiar a los Lakers a los playoffs. The Black Mamba aceptó el reto de enfrentarse al destino, a la fatalidad, a los golpes que habían convertido lo que parecía un proyecto ganador, una plantilla confeccionada para ganar el anillo, en una dramática broma de mal gusto. Eternamente comparado, muchas veces despreciado injustamente, el jugador más competitivo que ha conocido el baloncesto en la última década, se conjuró para evitar el ridículo que habría supuesto quedar fuera de los ocho mejores equipos de la Conferencia Oeste.

Camino de los 35, edad que alcanzará en agosto, Kobe deberá permanecer al menos hasta el arranque del próximo curso en el dique seco. Su edad ha propiciado que los agoreros, los haters a los que él mismo desafió a través de su cuenta de twitter, salieran a la palestra para preconizar su retirada, para aventurar que jamás volverá a ser el que fue, el que ha sido, el que es y el que será. Sin embargo, la edad no resulta un argumento de peso para un tipo que hace gala como muy pocos deportistas en este planeta de una capacidad inhumana para competir, para superar los retos, para mantenerse en la brecha. Los números de esta campaña, la decimoséptima para él en la élite, así lo refrendan. Ha mejorado casi todas sus estadísticas con respecto a los anteriores cursos. Tan sólo en puntos (27,3 por los 27,9 de la 2011/2012) está por debajo. Ha crecido en asistencias (6 por partido), robos (1,4) y rebotes (5,6), y lo ha hecho además con mejores porcentajes tanto de dos (46,3%) como de tres (32,4%).

Todo por evitar el ridículo de quedar fuera de los playoffs. Todo por ahorrarse esa sensación de mediocridad que tan poco encaja con él y que ya experimentó en una ocasión. Fue en la campaña 2004-2005. Shaquille se había marchado de Los Ángeles y Kobe se quedó solo ante el peligro. La franquicia californiana contaba con una plantilla de medio pelo, con Chuky Atkins, Caron Butler, Lamar Odom y un Vlade Divac de 37 años rumbo a la retirada. Eran los Lakers de Medvedenko. Entonces Kobe, que jugó más de 40 minutos por cita para evitar lo inevitable, se conjuró para que no volviera a suceder.

Quizá por eso le resultó imposible contener las lágrimas cuando entró al vestuario. Sabía que, pasara lo que pasara en los últimos partidos, él se quedaría fuera. Se volvería a perder los playoffs. Lloraba la rabia, la impotencia, el agotamiento de varios meses de pelea casi en solitario contra el mundo.

"En general, este tipo de atletas de primer nivel atraviesan un periodo inicial de rabia", exponía Vitti en declaraciones a Los Angeles Times. "Pero no dura mucho. En seguida, cuando lo superan, comienzan a preguntar cuál es el camino más rápido para poder estar de vuelta". A Kobe no le costó demasiado alcanzar este segundo estadio. No quiso perder tiempo. Pasó por quirófano tan pronto como fue posible. Cuanto antes iniciara el proceso de recuperación, antes volvería a las canchas. Su mente funciona así. En ningún momento pasó por su cabeza la idea de la retirada. No van con él lo de arrojar la toalla. "Hablamos de un espíritu competitivo único. Es un jugador excepcional", manifestaba Jeff Van Gundy, antes entrenador y ahora comentarista de la CNN.

Kobe Bryant, el chico que dio el salto desde el instituto a la NBA cuando casi nadie lo hacía, el tipo que anotó 81 puntos -segunda mejor marca de la historia tras los 100 de Wilt Chamberlein- ante los Raptors, el primero en cargar la pesada losa del heredero, afronta ahora un nuevo reto. Y eso le pone. Aunque sólo sea por cerrar algunas bocas, volverá. Se enfrenta a su último desafío.

27/2/12

Bienvenidos al siglo XXIII

La NBA atraviesa un cambio neurálgico y mientras las estrellas que recuperaron el brillo de la liga comienzan a echarse a un lado, una nueva estirpe de jugadores descarados y ambiciosos amenaza con saltarse a una generación que, pese a su incuestionable talento, todavía no ha sabido reclamar su cuota de gloria



El concepto lo acuñó el maestro Montes, quizá en unos años de cierta oscuridad en la NBA, en un periodo en el que la competición estadounidense buscaba referentes, nuevos ídolos para abandonar el agujero en el que cayó tras la marcha definitiva de los últimos grandes genios del siglo XX. El baloncesto parecía algo menos poético cuando desaparecieron Magic Johnson, Michael Jordan, Larry Bird, Charles Barkley, Hakeem Olajuwon o Clyde Drexler. Hacía frío y se extendía la oscuridad. Hasta que apareció una nueva generación de estrellas que se resiste a ceder el cetro de la liga y que ahora sí definitivamente parece preparada para echarse a un lado.

"¡Bienvenidos al siglo XXI!", vociferaba en aquellas ya lejanas madrugadas Montes, en las que junto a Antoni Daimiel ayudó a que la NBA recuperara brilló a este lado del charco. Eran tiempos en los que comenzaba a despuntar Kevin Garnett, donde los Celtics estaban gobernados por Paul Pierce y el ahora caído en el olvido y la ruina Soldado Universal Antoine Walker. Se respiraba el comienzo de una nueva era, el advenimiento del reinado de jugadores como Dirk Nowitzki, Kobe Bryant o Tim Siglo XXI Duncan. Una era que se ha prolongado casi tres lustros y que, tras saltarse una generación de estrellas sin premio, parece por fin abocada a su final.

Puede resultar chocante que se hable de un cambio de ciclo en la NBA apenas unos meses después de que los Mavericks recogiesen el premio a los muchos méritos acumulados a lo largo de esta última etapa. El propio Nowitzki, Shawn Marion, Jason Terry o Jason Kidd, héroes sin gloria, recibieron una recompensa que otros célebres representantes de esta generación, como el otrora líder de este equipo Steve Nash, echarán en falta cuando tomen el camino de la jubilación. Cada vez quedan menos resquicios de esperanza para los estandartes de la estirpe que devolvió la grandeza a una NBA deprimida. Una nueva raza de jugadores ha llegado. Una nueva hornada de estrellas descaradas y hambrientas llama a la puerta. No piden permiso, si acaso perdón, mientras elevan la espada de Damocles sobre los pescuezos de otro grupo de jugadores que parecían llamados a colmarse de anillos pero que por ahora siguen esperando su turno, atrapados entre dos torbellinos de ambición. Los irreverentes representantes de la nueva estirpe han aterrizado en la competición con la idea clara de saltarse una generación. No hacen prisioneros. Se han conjurado para desafiar al tiempo, a la lógica, para arrebatar cualquier resquicio de esperanza a los estandartes de una generación que parecía llamada a marcar una época pero que casi una década después ha seguido instalada en la sombra de los clásicos.

La maldición del draft de 2003

Lebron James representa el rostro más reconocible de esa generación que no ha podido todavía desterrar a los viejos y corre el riesgo de verse fagocitada por los jóvenes. Los Nowitzki, Bryant, Pierce, Garnett, Kidd, Ginobili y Duncan morirán en la cama, abdicaran sin golpes de estado traumáticos. Lebron y sus coetáneos fueron incapaces de tumbarles mientras las fuerzas físicas y mentales ofrecían cierta impresión de equilibrio. Y ahora todo ha cambiado. Se abre una lucha por el poder en la que nadie atiende a conceptos como relevo natural o transición pacífica. Los nuevos tienen mucho hambre. Demasiado.



The Chosen One, gobernante sin reino por el momento, encabezó la que muchos han señalado como la mejor hornada de la década, la que parió el draft de 2003. Pero algo olía a podrido, y no fue el hecho de que Darko Milicic fuera escogido por los Pistons con el número dos en una de las decisiones más insostenibles que se recuerdan, pues Carmelo Anthony, tercero, Chris Bosh, cuarto, o Dwyane Wade, quinto, quedaron relegados por el serbio. Aquel ramillete de estrellas y sus contemporáneos, muchos de ellos de enorme talento, se exponían a una maldición que todavía pervive. Han quedado condenados a vagar por el desierto. Aunque es cierto que aún tienen tiempo para saldar su cuenta con los anillos, con su destino, no será fácil. Y la sensación que queda es que han perdido mucho tiempo.

De todos los jugadores llegados a la NBA con vitola de poder marcar una época que ahora mismo están entre los 27 y los 31 años, tan sólo Dwyane Wade ha probado las mieles del éxito, aunque su caso tiene que cogerse con todos los alfileres que aconseja el hecho de que para lograrlo tuvo que contar a su lado a uno de los grandes exponentes de la generación precedente, un Shaquille O’Neal todavía dominador en aquella gloriosa temporada de 2006 en la que Miami tocó el cielo de la mano del genial Pat Riley. El resto sigue esperando.

La nómina de estos nobles sin tierras resulta llamativa, pues se nutre de muchos de los jugadores que, siquiera desde un punto de vista individual, han gobernado la competición en los últimos años. Empezando por el propio Lebron (1984 / 1ª elección del draft de 2003), la sucesión resulta dolorosamente brillante. Carmelo Anthony (1984 / 3ª 2003), Chris Bosh (1984 / 4ª 2003), Deron Williams (1984 / 3ª 2005), Dwight Howard (1985 / 1ª 2004), Rudy Gay (1986 / 8ª 2006), Yao Ming (1980 / 1ª 2002), Amar’e Stoudamire (1982 / 9ª 2002), David West (1980 / 18ª 2003), Josh Smith (1985 / 17ª 2004), Joe Johnson (1981 / 10ª 2001), Devin Harris (1983 / 5ª 2004), Andre Iguodala (1984 / 9ª 2004), Andrew Bogut (1984 / 1ª 2005), Chris Paul (1985 / 4ª 2005), Lamarcus Aldridge (1985 / 2ª 2006), Andrea Bargnani (1985 / 1ª 2006) o Brandon Roy (1984 / 6ª 2006) han pasado por o siguen en la liga sin haber tenido la ocasión de reivindicar el descomunal talento para el baloncesto que se les atribuye con la consecución de un título. De no ser por Wade, habría motivos para hablar de una generación perdida. Pero el presente y el futuro inmediato les ofrecen todavía una oportunidad para la redención. Y en esa batalla se encuentran inmersos, en una temporada atípicamente corta e intensa, donde parece poco probable que los viejos rockeros de la liga puedan protagonizar una sorpresa como la del pasado curso y, salvo hecatombe, los Heat de James, Wade y Bosh tendrán como grandes rivales a dos equipos marcados a fuego por el descaro juvenil de algunos de los principales exponentes de la nueva estirpe de jugadores, los Bulls de Derrick Rose y los Thunder de Kevin Durant.

Durantula interpreta en esta película el papel del héroe, la némesis de un Lebron que como medida desesperada optó por reunirse con otras dos grandes estrellas en los Heat y abandonar el equipo de su tierra, los Cavaliers, ante la dolorosa confirmación de que por sí solo no sería capaz de cambiar el orden natural de la competición. Muchos pensaron que El Elegido podría conducir a Cleveland al título. Seguramente él mismo estaba convencido. Pero al final dio su brazo a torcer y se embarcó en una aventura que, al margen de resultar un fracaso en su primer intento de asaltar el campeonato, le granjeó mayores cotas de impopularidad y el desprecio público de grandes iconos del baloncesto estadounidense como Larry Bird, Magic Johnson y Michael Jordan, que censuraron su decisión de reunirse con Wade y Bosh, sus compañeros de promoción, en la franquicia de Florida. Durant, menos egocéntrico, más hermético, menos dado a la teatralidad, encarna los valores de una nueva hornada donde el baloncesto puro y duro tiene mucho más peso que la notoriedad. Derrick Rose va en la misma línea. El All Star de Orlando ofreció una imagen tan fugaz como ilustrativa que refleja la diferente concepción del negocio que tienen los referentes de cada una de las generaciones que pelean ahora por ocupar el poder: cuando el speaker presentó el quinteto del Este y las figuras irrumpieron con música en el escenario que ocupaba la cancha del Amway, James, Howard y Carmelo Anthony ejecutaron entre risas un baile ridículo ante la respetuosa indiferencia de Wade y el rostro de reprobación manifiesta del base de los Bulls, quien por cierto ya el pasado año se apropió del MVP de la competición.

Habrá quien diga que los exponentes de esta generación del Siglo XXIII, que recién aterrizada en la liga quiere apropiarse del poder, disponen de menos glamour publicitario que sus incapaces predecesores. No lo voy a negar. Hay más de baloncesto y menos de vallas publicitarias entre los jugadores salidos de los drafts que vienen desde 2007, cuando Durant irrumpió como número dos (Oden fue en este caso el que le usurpó un merecidísimo número uno), al presente. Pero la lista incluye a grandísimos jugadores, algunos de los cuales van a poder pelear por el anillo sin haber llegado a cumplir los 24 años. Sin duda, Durant (1988 / 2ª elección del draft de 2007), Rose (1988 / 1ª 2008) y Blake Griffin (1989 / 1ª 2009) resultan las estrellas que más brillan en un firmamento que todavía está en parte por explorar. Pero puede elaborarse una nómina de estos jóvenes rebeldes y obtener una idea de la patente amenaza que se les presenta a sus mayores si no se ponen las pilas. John Wall (1990 / 1ª 2010), Russell Westbrook (1988 / 4ª 2008), Roy Hibbert (1986 / 17ª 2008), Paul George (1990 / 10ª 2010), James Harden (1989 / 3ª 2009), Kevin Love (1988 / 5ª 2008), Stephen Curry (1988 / 7ª 2009), Kyrie Irving (1992 / 1ª 2011) Kemba Walker (1990 / 9ª 2011) y Brandon Knight (1991 / 8ª 2011) están llamados a cargar con el peso del cambio de régimen. Algunos, incluso, parecen capacitados para convertir franquicias con escasa tradición u opciones de título en potenciales campeones, justo lo que se le reclamaba a Lebron y no pudo conseguir.

Desde que arrancó el nuevo milenio, ese siglo XXI del que hablaba Montes y que vio la luz con Tim Ducan como uno de los grandes exponentes de la nueva estirpe de jugadores, sólo seis equipos han tocado la gloria. Han sido, en su mayoría, franquicias con cierta tradición, como Lakers, Celtics, Spurs y Pistons, a las que se han sumado los Heat, en la ya citada temporada 2005/2006 y los Mavericks, que tras mucho buscarlo al fin hallaron el pasado año su recompensa. En cualquier caso, se ha mantenido un cierto status quo que esta nueva hornada de estrellas pretende quebrar.


Los Thunder de Oklahoma City, donde confluyen tres de los grandes exponentes de esta estirpe de futuros campeones (Durant, Westbrook y Harden), van a competir este mismo año por el anillo. Por el momento, gobiernan con puño de hierro la Conferencia Oeste, y no son pocos los periodistas especializados de Estados Unidos que les conceden opciones. Para ello, claro está, deberán librar la batalla definitiva por el poder, al margen de con los Bulls, con el equipo que ahora mismo mejor encarna esa necesidad de redención que se apodera de los grandes iconos de la generación del Siglo XXII, la que debería haber tomado el testigo.

Anillos seniles

Lebron y compañía tienen tiempo todavía para colmar sus dedos de anillos antes de la jubilación. De no haber irrumpido en escena estos irreverentes mocosos, seguramente no deberían tener ningún problema para lograrlo. En realidad, muchos de ellos están todavía en la edad de obtener su primer título de la NBA, una empresa que sólo unos pocos han podido gozar con extrema precocidad. Salvando a Kobe Bryant y Magic Johnson, que lograron el primero de sus cinco anillos con apenas 21 años, a Tim Duncan, que se aprovechó de la presencia del Almirante David Robinson para conquistar el primero de sus cuatro títulos con 23, y a leyendas como Larry Bird, que lo consiguió con 25 (lograría otros dos más), otras grandes figuras recientes del torneo estadounidense tuvieron que aguardar hasta la madurez baloncestísica para colmarse de gloria. Es más, King James puede consolarse con el hecho de que el aclamado mejor jugador de todos los tiempos, Michael Jordan, no pudo conducir a los Bulls al título hasta los 28 años que la estrella de los Heat no cumplirá hasta el próximo 30 de diciembre. Y no es el único caso. Ahí están, sin ir más lejos, Shaquille O'Neal, que se retiró con cuatro títulos pero no ganó el primero hasta que cumplió los 28, y otros grandes jugadores como Paul Pierce, Ray Allen y Kevin Garnett, que en 2008 se impusieron en las Finales a los Lakers con 31, 32 y 33 primaveras.

Lebron y el resto de estrellas de su generación, por tanto, no deben preocuparse todavía, o al menos no en exceso, de lo que han hecho, de lo que queda atrás. Sus desvelos deberían centrarse en lo que les viene por delante, en esa nueva generación que no entiende de ciclos ni de respeto y que desde ya mismo les ha declarado la guerra. El siglo XXI ya es historia. El XXII podría serlo en breve. Y sí, todavía se puede escribir algo sobre la NBA sin hablar de Jeremy Lin.

6/10/11

La mamba verde


Hoy quiero dar un giro de tuerca y, para variar, extenderme poco con las letras. Dejaré que hablen las imágenes. Como seguimos de lockout, y apetece poco darle vueltas a una negociación que tarde o temprano se resolverá (aunque creo que entrañará la suspensión de parte de la temporada regular), me apetecía escribir unas líneas sobre la NBA, y más concretamente sobre uno de los jugadores que más alegrías nos ha proporcionado a los aficionados de los Lakers. Kobe Bryant, amado y repudiado, señalado desde que aterrizó en la competición estadounidense a causa del sambenito de sustituto que algunos le colgaron, está estos días en boca de todos. En Bolonia sueñan aún con la posibilidad de que el escolta del equipo angelino acepte la oferta de contrato que le han puesto sobre la mesa los dirigentes de la Virtus. En un principio, Kobe iba a embolsarse algo más de tres millones de dólares por permanecer cuarenta días con la escuadra boloñesa, pero la retincencia -lógica, me permito apuntar- de varios clubes de la Lega a modificar todo el calendario para que la Virtus pudiera enfrentarse en ese periodo de tiempo a los mejores equipos de torneo, ha variado las coordenadas del asunto.

Ahora la propuesta incluye sólo la disputa de un partido. Uno solo. Pero ver a Kobe ataviado con la zamarra negra del histórico club transalpino no le saldrá en absoluto barato al ya célebre Claudio Sabatini, el visionario presidente de la Virtus. El diario La Repubblica habla de que el salario que podría recibir Bryant por jugar el mencionado partido ante otro equipo legendario, la Benetton de Treviso, podría rondar el millón de dólares. El rotativo turinés La Stampa, por el contrario, incrementa la cifra hasta los dos millones. ¿Mucho? ¿Poco? Para un jugador habituado a convertir en oro todo lo que toca, puede no resultar excesivo.

Un fijo en el Top Ten de deportistas mejor pagados del planeta

La Mamba Negra, sobrenombre con el que se conoce a la figura de los Lakers, ha mutado de color gracias a su talento para sacar partido a su imagen y a sus excelentes relaciones con actores, empresarios y directores. No obstante, vive muy cerca de Hollywood. La mamba ya no es negra, es verde. Del color del dólar. Incluido en el top ten de los deportistas mejor pagados del mundo cada año durante la última década, Sabatini es consciente del beneficio en imagen e ingresos publicitarios que puede generar para la Virtus, un grande algo venido a menos, el fichaje de Kobe, sea por el tiempo que sea. El propio Bryant ha convertido en un arte su habilidad para ganar dinero fuera de las canchas. Aunque pasa por ser el jugador mejor pagado de la NBA (su sueldo firmado para la temporada en suspenso superará los 27 millones de dólares), ha habido temporadas en las que las cantidades percibidas por publicidad y otras actividades relacionadas con su imagen han llegado incluso a aproximarse a los sueldos que le abonaba la franquicia californiana.

Su tremendo caché, unido al poderío económico de las marcas que se han asociado a su figura, ha permitido además que Kobe se haya convertido en protagonista de algunos de los anuncios más espectaculares de cuantos han contado con deportistas en su cartel. En este post os voy a ofrecer algunos ejemplos, pero se cuentan por decenas. He escogido cinco ejemplos y luego he dejado para el final la obra maestra, el cortometraje que la estrella de los Lakers protagoniza, entre otros, con Bruce Willis, Danny Trejo y Robert Rodíguez, dirigida por el compañero de fatigas de Tarantino, y que lleva por título precisamente La Mamba Negra.

Milano Kalibro

Para comenzar, he incluido el más reciente, grabado además en Italia. Aprovechando el tirón y todo el revuelo que se está montando en el país transalpino, que el jugador conoce bien porque allí pasó parte de su infancia (su padre, Joe, jugó entre 1984 y 1991 en varios equipos de la Lega), Nike lo ha reunido con el también NBA Marco Belinelli y varios jugadores del Calcio para rodar un spot inspirado en una exitosa y célebre película policiaca. El filme en el que se inspira el anuncio, dirigido en 1972 por Fernando di Leo, llevaba por título Milano calibro 9, y estaba basado en una novela homónima de Giogio Scerbanenco. La historia giraba en torno a la figura de un mafioso que abandona la cárcel con la intención de enderezar su vida mientras sus antiguos secuaces siguen convencidos de que guarda en su poder el botín de su último golpe.

La nueva versión, la de Bryant, tira de un juego de palabras poco brillante: Milano Kalibro Kobe. Al margen de los dos jugadores de la NBA resulta curioso comprobar hasta qué punto se creen sus papeles los futbolistas que aparecen: Pazzini (Inter), Gattuso (Milan), Aquilani (Milan), Marchisio (Juventus) y el ya retirado Marco Materazzi, a quien pese a su altura no se ve demasiado hábil para el basket pero para quien confío en que alguien tenga guardado algún papel de matón de cine. No estaría mal que siguiera el camino marcado por otro ilustre leñero como Vinnie Jones.


El siguiente anuncio también juega con la mezcla de deportes. Aquí Bryant comparte cartel, entre otros, con Rafa Nadal o el boxeador filipino Manny Pacquiao.


Este es uno de mis preferidos. Sobre todo porque refleja la capacidad que tienen las estrellas del deporte americano para salirse de los corsés y reírse de sí mismos. Está claro que lo cobran bien, pero viendo los anuncios que nos regalan nuestras estrellas, uno llega a sentir cierta envidia. ¿Nadie recuerda el "Me siento seguro" de Casillas o las más que discretas actuaciones de los jugadores de la selección española durante el pasado Eurobasket? Kobe se lanza en este spot de Guitar Hero con el micrófono. Y lo mejor de todo es la banda que lo secunda: el excepcional nadador Michael Phelps y el jugador de los Yankees Alex Rodríguez a las guitarras y un mito como Tony Hawk a la batería.


Os dejo dos ejemplos más como aperitivo antes del plato fuerte. Representan dos épocas bien distintas de la carrera de Kobe y creo que ambos llegué a verlos en la tele, lo que ya no sé es si se estrenaron en España o si los vi en algún canal norteamericano durante la emisión de algún partido de la NBA. El primero, de 2001, refleja a un Bryant pueril, todavía carente del desparpajo de sus últimas apariciones en anuncios. El segundo, una historia graciosa, es bastante más reciente.




Y como colofón, la joya de la corona de los anuncios en los que ha aparecido Kobe. The Black Mamba. Robert Rodríguez, Danny Trejo, Bruce Willis y Kanye West. Un lujazo.

27/6/11

Metta World Peace


Hace unos días Ron Artest, el polémico alero de Los Ángeles Lakers, volvió a ser noticia fuera de las canchas. Ahora le ha dado por cambiarse el nombre. Emulando a otras figuras de la NBA, pretende que se le conozca como Metta World Peace, una denominación con la que trata de confirmar el radical giro que ha adoptado su carrera en los últimos años. Artest, uno de los mejores defensores de la competición estadounidense, premiado en 2004 como el mejor, ha optado por un nombre tan rimbombante como cabría esperar en un personaje tan capacitado para la controversia.

Metta significa bondad para los budistas, mientras que World Peace, en inglés, quiere decir Paz Mundial. Dos términos que chocan frontalmente con algunos de los pasajes más célebres en la carrera del neoyorquino, uno de los principales protagonistas de aquella increíble batalla campal que vivió el Palace de Auburn Hills en 2004 durante un partido entre los Pistons y los Pacers.

Artest ha cambiado. O al menos quiere hacer ver que ha cambiado. El personaje que llegó a confesar que bebía alcohol en los descansos de los partidos durante su etapa en los Bulls, el equipo con el que inició su carrera profesional, ha dejado paso al filántropo que subasta por internet uno de sus anillos de campeón y después dona el dinero obtenido para que los adolescentes puedan contar con un psicólogo en cada uno de los colegios de Estados Unidos. Así es Artest, puro extremismo. Para lo bueno o para lo malo, Metta World Peace se ha abierto un hueco en el almanaque de especímenes que salpimentan el baloncesto americano. Un alivio para una competición necesitada de iconos, de figuras extravagantes, tanto o más importantes que las estrellas para vender camisetas y mantener el magnetismo.

No quiero entrar a debatir en exceso el cambio de nombre que pretende asumir el alero de los Lakers. Ya ha presentado la documentación pertinente y en unas semanas puede hacerse efectivo. Bueno, no lo voy a debatir porque, básicamente, me parece una astracanada, un nuevo giro de tuerca en la carrera de un jugador que, lo quiera o no, será más recordado por sus salidas de tono que por haber sacado partido al excelente físico que posee y que le ha permitido, cuando ha estado centrado o sobrio, firmar soberanas exhibiciones defensivas ante algunas de las principales figuras que han pasado por la NBA en los últimos años.

Un soberbio defensor

Su llegada al Staples Center vino avalada por la labor de desgaste que le aplicó a Kobe Bryant durante la semifinal de Conferencia Oeste de 2009. A pesar de que los Lakers conquistaron el anillo, y de la más que aceptable aportación a la causa de Trevor Ariza, la directiva del combinado angelino reaccionó para reclutar al tipo que peor se lo había hecho pasar a su principal estrella. El verano siguiente, el pasado, repetirían operación: Matt Barnes, otro exterior que había sacado chispas a sus duelos con Kobe, acabaría cambiando las playas de Florida por las de California. Barnes es un Artest en potencia, pero le queda mucho camino por recorrer. Para empezar, le queda haber vivido una juventud plagada de alcohol y drogas, que ni siquiera la paternidad que llega demasiado pronto, con apenas 19 años, pudo frenar.

"Cuando era joven salía mucho de fiesta. Y lo de ser padre tan joven... ¡Wow! En aquel entonces todo era marihuana y alcohol, vivía al límite. Ahora también salgo, aunque no con tanta frecuencia", le reconocía el futuro Metta World Peace a la revista Sporting News en una entrevista. "Solía salir de fiesta todas las noches", remachaba sin pelos en la lengua.

Hennessy, un caro cognac francés, es lo que bebía en los descansos durante su etapa en Chicago. Con otros hábitos, quizá su carrera podría haber podido seguir otra trayectoria. Aun así, entró en el segundo mejor quinteto de rookies y firmó una temporada más que aceptable en su estreno (12 puntos y 4,3 rebotes por duelo). A pesar del mimo con el que lo trataron los rectores de los Bulls, ya por aquel entonces comenzaron a aparecer en la prensa sus primeros actos de indisciplina: escapadas nocturnas que poco a poco fueron abriéndole la puerta de salida de un equipo que, en cualquier caso, atravesaba una crisis de identidad, se encontraba en plena reconstrucción tras la segunda retirada de un Jordan que aún impartiría sus últimas lecciones de baloncesto en Washington.

Después de dos irregulares temporadas en los Bulls, acabaría siendo traspasado a Indiana mediado el curso 2001-2002. En los Pacers, franquicia sin mácula, tradición beata durante tantas décadas, terminó por formar parte de un vestuario muy complicado, plagado de jugadores rebotados, y mucha anarquía. Pero mejoraron sus números. Al menos hasta que llegó la batalla campal de Detroit, que le costaría una sanción ejemplar y cortaría una temporada en la que había arrancado como una moto, con casi 25 puntos de media. Artest, pese a sus esfuerzos, y la evidente mejoría que ha experimentado en cuanto a disciplina, jamás logró sacudirse ese estigma.

Una carrera marcada por el escándalo

A la vuelta de su lesión, los Pacers se aprovecharon del excelente inicio de campaña que estaba firmando y se libraron de él. Lo enviaron a unos decadentes Sacramento Kings. El cambio de aires no truncó su aparente crecimiento. Artest parecía haber enmendado en cierto modo su disoluto modo de vida y se hizo importante en un equipo desnortado. ¿Quiere decir esto que fue en Sacramento donde se gestó este nuevo Metta World Peace? Me permito ponerlo en duda. El escándalo lo siguió hasta la capital de California. Cómo no. Un juez procesó al ahora jugador de los Lakers por agresión a su esposa, a la que las crónicas de la época -hablamos de 2007- aseguran que además privó de libertad en su domicilio conyugal. Fue la gota que colmó el vaso, y quizá el último golpe mortal de necesidad a una carrera que ya jamás volvería a señalarlo como un jugador ofensivamente decisivo. Los Kings, visto lo visto, también se lo quitaron de encima apenas unos meses después.

Existe una conexión con el baskonismo (aunque no lo parezca ni haga falta que la haya) en toda esta historia. El traspaso múltiple que dio con sus huesos en los Rockets, allá por agosto de 2008, implicaba a un jugador que posteriormente se enfundaría la elástica del ya Caja Laboral: el temporero Sean Singletary. En la ciudad texana, por otro lado, se encontró con un Luis Scola que comenzaba a coger galones. Artest, de hecho, sufrió su mutación definitiva en los Rockets. Fue donde comenzó a asimilar un rol mucho más secundario, un papel de especialista defensivo que a la postre lo conduciría a los Lakers y, por ende, a coronar una carrera tan jalonada por la polémica con un anillo que otros muchos jugadores añorarán tras la jubilación. Incluso sus formas (salvando alguna que otra bronca sin demasiada importancia) comenzaron a serenarse.

Vida o muerte en las canchas

A partir de ahí, ya se ha contado. Se mudó a Los Ángeles y comenzó esta campaña de lavado de imagen que convence a una minoría. Porque si algo se puede esperar de Ron Artest es, justamente, lo inesperado. Así es como él aprendió a entender la vida, tan próxima a la muerte, desde que nació. Por eso no sorprende que cuando recogió el trofeo de campeón, mientras todos sus compañeros se acordaban de sus familias en las dedicatorias, a él le viniera a la mente su barrio, la gente con la que se crió en la calle, antes incluso que su mujer y sus hijos.

Su infancia en una de las zonas más conflictivas de Queens, en Nueva York, le enseñó a jugarse el pellejo por cada pelota. Literalmente. En una entrevista concedida a la célebre reportera de la televisión estadounidense Doris Burke, el alero de los Lakers relataba cómo cuando era niño llegó a presenciar el asesinato de uno de sus vecinos en una cancha de baloncesto. "Era todo tan competitivo que un chico rompió una de las patas de una mesa y se la clavó a otro directamente en el corazón", rememoraba con su habitual frialdad. "Murió prácticamente en el acto, allí, en la misma cancha donde jugábamos cada día".

Sólo un tipo que ha crecido en la conciencia absoluta de que hay que ganarse cada segundo de vida puede permitirse el lujo de lucir los peinados más estrambóticos que se recuerdan desde la retirada de Denis Rodman, emprender una carrera musical sin futuro alguno pero que promociona henchido de orgullo o lanzarse a puñetazos contra la hinchada de Detroit en aquella mítica noche de noviembre de 2004. Jamás se ha mostrado realmente arrepentido por aquello. "No veo nada de lo que sucedió que ahora haría de otra manera. No fue mi culpa", aseguró en otra entrevista. Ése es Metta World Peace, un hombre arrepentido que lucha por cambiar. La pregunta es: ¿podrá algún día conseguirlo?

Os dejo el vídeo de la pelea que protagonizó en el Palace de Auburn Hills junto a sus compañeros Jermaine O'Neal y Stephen Jackson y el rocoso Ben Wallace, entre otros muchos. Un clásico básico de las tánganas deportivas.


5/6/11

Una vuelta al baloncesto original


No son pocos los nexos de unión entre el baloncesto y la cultura del hip hop. Ambos mundos han discurrido por trayectorias tangenciales durante las últimas décadas. En Estados Unidos son muchos los raperos que han incluido menciones a las principales figuras de la NBA en sus temas. Gente como Kayne West, Jay Z (un habitual del Madison Square Garden), Bow Wow, Snoop Dog o Sean Diddy Combs han expresado su extrema afición por el basket en su producción musical. Incluso algunos jugadores de prestigio han hecho sus pinitos. Ya hablé de Shaquille, que llegó a publicar media docena de álbumes. Pero hubo más, y algunos de ellos tan ilustres como Kobe Bryant, Allen Iverson o el francés Tony Parker. Desde luego, ninguno de ellos lleva camino de cambiar las canchas por los escenarios, pero al menos han grabado algún tema.

En España también se encuentran muchos ejemplos que ligan baloncesto y rap. Incluso en Vitoria germinó hace unos meses un himno para el Baskonia, Veinte mil ojos te mira del combo gasteiztarra Rhekiehm, que aún  no ha pegado como se esperaba cuando se gestó la idea..

En cualquier caso, de todos los MC's nacionales que flirtean con el mundo de la canasta, de largo el que más ama y entiende este deporte es el sevillano Tote King. Aficionado y jugador habitual, siempre ha adornado sus temas con referencias al basket, muchas de ellas a la NBA. Hace unos años, justo antes del Mundial de Japón, compuso un tema para La Sexta (Al rojo vivo), que no estaba muy allá, pero en su último disco (La cara oscura de Ghandi) ha incluido uno que me ha devuelto al pasado, a aquellas noches en las que la melodía del Faith de George Michal y Ramón Trecet nos acercaban a las estrellas, que entonces parecían más distantes y brillaban más.


4/6/11

El adiós del más grande


Aunque la NBA ha visto arrancar esta semana una de las finales más interesantes de los últimos tiempos, un duelo con tintes maniqueos (el bien de Robin Hood Nowitzki y sus Mavericks contra el mal del diabólico Lebron y sus Beach Boys), he sentido la necesidad de dedicar un pequeño espacio de este rincón de reflexiones a un hombre que me ha hecho disfrutar mucho del baloncesto en las dos últimas décadas. El miércoles se hizo oficial la retirada de Shaquille O'Neal, que a sus 39 años y decepcionado tras una temporada casi en blanco ha decidido dejarlo. Supongo que cada uno tendremos nuestra historia, nuestro puñado de recuerdos en el zurrón. Yo de Shaquille tengo muchos.

Me conquistó desde el mismo momento en el que Orlando lo escogió como primera elección del draft de 1992. Pasé aquel verano, con apenas trece años, en Estados Unidos. Y la suya fue la primera camiseta de la NBA que tuve. Fue el inicio de una historia de frikismo que perdura hasta hoy y en la que sus cambios de equipo han tenido reflejo. En cualquier caso, gracias a él, me hice un poco de los Magic, como con Pau Gasol aprendí a coger cariño a los Grizzlies. Por suerte, ambos acabaron donde debían.

Se marcha el más grande. Literalmente. No existe ni ha existido otro físico así en la NBA. Sus 216 centímetros y cerca de 150 kilos han marcado época. Sin duda, Shaq es el pívot más determinante que yo he visto. Seguramente habrá sido el más determinante de la historia. Porque acepto que ha habido otros jugadores más hábiles, más dotados técnicamente, más talentosos, más rápidos o con mejor conocimiento del juego. Pero Shaquille ha sido siempre imparable. Nadie podía hacerle frente. Su brújula siempre estuvo fija en el aro. Y no había obstáculo que lo detuviese. Obligó a los fabricantes a reforzar los tableros, porque su irrupción en la competición supuso que más de uno volara por los aires

Los que lo criticaban en sus inicios, que son más o menos los mismos que censuran a Lebron James por sacar partido a su físico (sería una estupidez no hacerlo), tuvieron que rendirse a la evidencia cuando abandonó los Magic y fichó por los Lakers. Eran entonces una franquicia tan mítica como decadente. El equipo californiano había perdido todo su glamour. Aunque contaba con la mayor perla del torneo, un Kobe Bryant aún en ciernes, necesitaron de su llegada para recuperar la gloria. Su matrimonio con Kobe, no siempre bien avenido, alumbró tres anillos (2000, 2001, 2002). Hacía una década que el equipo angelino no cataba título. Y Shaq recibió el MVP de esas tres Finales de los Playoffs. Pero aun así siguió habiendo quienes le ponían en duda. Y le puso remedio. Se marchó a los Heat y, asociado con Dwyane Wade, se apoderó de su cuarto anillo.

La carrera de Shaquille en la NBA podría alabarse desde la perspectiva de los números. Rookie del año, MVP en 2000, mejor jugador del All-Star Game en tres ocasiones, oro olímpico en Atlanta, campeón del mundo... Pero se resume con una frase que acuñó tras convertirse en uno de los cinco jugadores que superaba la barrera de los 28.000 puntos. "Si hubiera metido los tiros libres, habría logrado muchos más", bromeó. Fue ésa, su desesperante incapacidad para mejorar desde la línea de personal, una de las grandes condenas para él y sus entrenadores. Los técnicos rivales hicieron del Hack-a-Shaq el mejor (¿quizá único?) recurso para pararle. Pero a él, por lo que decía, le daba un poco igual. "Hago lo que me gusta, tengo la mujer que quiero tener y más dinero del que podré gastar. ¿Crees que me importa fallar los tiros libres?", se sinceró en una entrevista. Razón no le faltaba.

Porque así es Shaq, un tipo genial que se ha tomado a broma estos casi veinte años en la élite. Una figura que trasciende a las estadísticas, a su relevancia sobre el parqué. Con su marcha, la NBA pierde a uno de los jugadores más carismáticos de la última era. Y aunque en la pista han llegado a la competición figuras que permiten relevar con garantías al gigante de New Jersey, existen más dudas sobre quién asumirá ese papel de entrañable enfant terrible que ha interpretado desde que desembarcó en la liga.

Sus célebres salidas de tono, sus bailes, sus declaraciones contra contrincantes, algunas menos hirientes que otras, han ayudado a forjar la leyenda. Hace una semana elaboré un post en torno a aquella vez en la que ridiculizó a Chris Bosh, al que afeó su tibieza defensiva comparándolo con el Drag Queen Rupaul. Pero ha habido otras muchas. Fueros sonadas sus palabras tras recibir el trofeo al mejor jugador de la NBA en 2000, nada más llegar a los Lakers: "A partir de ahora quiero que me llamen El Gran Aristóteles", se descolgó. "Porque Aristóteles dijo una vez que el hacer las cosas bien no es una casualidad, sino un hábito. Eres lo que haces constantemente", zanjó. Big Aristoteles ha sido uno de las decenas de apodos que se ha ganado durante una carrera extremadamente productiva tanto dentro como, sobre todo, fuera de las canchas.

En cualquier caso, lo que parece claro es que la grandeza de Big Cactus, capaz de mofarse de su propia sombra, quedó reflejada en el impacto mediático y en el atractivo que desde que abandonó la Universidad de Louisiana State tuvo para las grandes marcas. De hecho, aún la tiene. Varias cadenas de televisión americanas han anunciado ya su intención de contratarle como comentarista para los partidos de la NBA. Es lógico. Su personaje tiene muchísimo gancho. Shaquille ha sabido explotar su perfil de showman polivalente para convertirse en un icono. Más allá de que pueda considerarse como el jugador más imparable de la historia del baloncesto, ha sido y aún es una marca muy rentable. Ha sacado a la venta cinco álbumes de rap y un recopilatorio de sus grandes éxitos, ha participado como protagonista o secundario en varias películas y ha servido de excusa para una docena de videojuegos.

Su introducción en el mundo del twitter sirvió como espaldarazo definitivo a esta red social. Cuando casi nadie sabía de qué iba eso, el pívot se dedicaba a lanzar mensajes desde el banquillo. Shaquille, que llegó a protagonizar también su propio reality show en la ABC americana (Shaq vs.), dispone de más de cuatro millones de seguidores. No es de extrañar, por tanto, que utilizara ese canal para anunciar su adiós. Con un vídeo ñoño, que combinaba imágenes y una música cursi al límite, confirmó oficialmente su retirada, algo que ya hizo una vez pero no cumplió. Esta vez parece que va en serio. El baloncesto está de luto. La NBA llora la marcha de una figura irrepetible. Se va Shaq, aunque seguro que seguirá haciendo ruido. Una reverencia para el más grande.