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27/2/12

Bienvenidos al siglo XXIII

La NBA atraviesa un cambio neurálgico y mientras las estrellas que recuperaron el brillo de la liga comienzan a echarse a un lado, una nueva estirpe de jugadores descarados y ambiciosos amenaza con saltarse a una generación que, pese a su incuestionable talento, todavía no ha sabido reclamar su cuota de gloria



El concepto lo acuñó el maestro Montes, quizá en unos años de cierta oscuridad en la NBA, en un periodo en el que la competición estadounidense buscaba referentes, nuevos ídolos para abandonar el agujero en el que cayó tras la marcha definitiva de los últimos grandes genios del siglo XX. El baloncesto parecía algo menos poético cuando desaparecieron Magic Johnson, Michael Jordan, Larry Bird, Charles Barkley, Hakeem Olajuwon o Clyde Drexler. Hacía frío y se extendía la oscuridad. Hasta que apareció una nueva generación de estrellas que se resiste a ceder el cetro de la liga y que ahora sí definitivamente parece preparada para echarse a un lado.

"¡Bienvenidos al siglo XXI!", vociferaba en aquellas ya lejanas madrugadas Montes, en las que junto a Antoni Daimiel ayudó a que la NBA recuperara brilló a este lado del charco. Eran tiempos en los que comenzaba a despuntar Kevin Garnett, donde los Celtics estaban gobernados por Paul Pierce y el ahora caído en el olvido y la ruina Soldado Universal Antoine Walker. Se respiraba el comienzo de una nueva era, el advenimiento del reinado de jugadores como Dirk Nowitzki, Kobe Bryant o Tim Siglo XXI Duncan. Una era que se ha prolongado casi tres lustros y que, tras saltarse una generación de estrellas sin premio, parece por fin abocada a su final.

Puede resultar chocante que se hable de un cambio de ciclo en la NBA apenas unos meses después de que los Mavericks recogiesen el premio a los muchos méritos acumulados a lo largo de esta última etapa. El propio Nowitzki, Shawn Marion, Jason Terry o Jason Kidd, héroes sin gloria, recibieron una recompensa que otros célebres representantes de esta generación, como el otrora líder de este equipo Steve Nash, echarán en falta cuando tomen el camino de la jubilación. Cada vez quedan menos resquicios de esperanza para los estandartes de la estirpe que devolvió la grandeza a una NBA deprimida. Una nueva raza de jugadores ha llegado. Una nueva hornada de estrellas descaradas y hambrientas llama a la puerta. No piden permiso, si acaso perdón, mientras elevan la espada de Damocles sobre los pescuezos de otro grupo de jugadores que parecían llamados a colmarse de anillos pero que por ahora siguen esperando su turno, atrapados entre dos torbellinos de ambición. Los irreverentes representantes de la nueva estirpe han aterrizado en la competición con la idea clara de saltarse una generación. No hacen prisioneros. Se han conjurado para desafiar al tiempo, a la lógica, para arrebatar cualquier resquicio de esperanza a los estandartes de una generación que parecía llamada a marcar una época pero que casi una década después ha seguido instalada en la sombra de los clásicos.

La maldición del draft de 2003

Lebron James representa el rostro más reconocible de esa generación que no ha podido todavía desterrar a los viejos y corre el riesgo de verse fagocitada por los jóvenes. Los Nowitzki, Bryant, Pierce, Garnett, Kidd, Ginobili y Duncan morirán en la cama, abdicaran sin golpes de estado traumáticos. Lebron y sus coetáneos fueron incapaces de tumbarles mientras las fuerzas físicas y mentales ofrecían cierta impresión de equilibrio. Y ahora todo ha cambiado. Se abre una lucha por el poder en la que nadie atiende a conceptos como relevo natural o transición pacífica. Los nuevos tienen mucho hambre. Demasiado.



The Chosen One, gobernante sin reino por el momento, encabezó la que muchos han señalado como la mejor hornada de la década, la que parió el draft de 2003. Pero algo olía a podrido, y no fue el hecho de que Darko Milicic fuera escogido por los Pistons con el número dos en una de las decisiones más insostenibles que se recuerdan, pues Carmelo Anthony, tercero, Chris Bosh, cuarto, o Dwyane Wade, quinto, quedaron relegados por el serbio. Aquel ramillete de estrellas y sus contemporáneos, muchos de ellos de enorme talento, se exponían a una maldición que todavía pervive. Han quedado condenados a vagar por el desierto. Aunque es cierto que aún tienen tiempo para saldar su cuenta con los anillos, con su destino, no será fácil. Y la sensación que queda es que han perdido mucho tiempo.

De todos los jugadores llegados a la NBA con vitola de poder marcar una época que ahora mismo están entre los 27 y los 31 años, tan sólo Dwyane Wade ha probado las mieles del éxito, aunque su caso tiene que cogerse con todos los alfileres que aconseja el hecho de que para lograrlo tuvo que contar a su lado a uno de los grandes exponentes de la generación precedente, un Shaquille O’Neal todavía dominador en aquella gloriosa temporada de 2006 en la que Miami tocó el cielo de la mano del genial Pat Riley. El resto sigue esperando.

La nómina de estos nobles sin tierras resulta llamativa, pues se nutre de muchos de los jugadores que, siquiera desde un punto de vista individual, han gobernado la competición en los últimos años. Empezando por el propio Lebron (1984 / 1ª elección del draft de 2003), la sucesión resulta dolorosamente brillante. Carmelo Anthony (1984 / 3ª 2003), Chris Bosh (1984 / 4ª 2003), Deron Williams (1984 / 3ª 2005), Dwight Howard (1985 / 1ª 2004), Rudy Gay (1986 / 8ª 2006), Yao Ming (1980 / 1ª 2002), Amar’e Stoudamire (1982 / 9ª 2002), David West (1980 / 18ª 2003), Josh Smith (1985 / 17ª 2004), Joe Johnson (1981 / 10ª 2001), Devin Harris (1983 / 5ª 2004), Andre Iguodala (1984 / 9ª 2004), Andrew Bogut (1984 / 1ª 2005), Chris Paul (1985 / 4ª 2005), Lamarcus Aldridge (1985 / 2ª 2006), Andrea Bargnani (1985 / 1ª 2006) o Brandon Roy (1984 / 6ª 2006) han pasado por o siguen en la liga sin haber tenido la ocasión de reivindicar el descomunal talento para el baloncesto que se les atribuye con la consecución de un título. De no ser por Wade, habría motivos para hablar de una generación perdida. Pero el presente y el futuro inmediato les ofrecen todavía una oportunidad para la redención. Y en esa batalla se encuentran inmersos, en una temporada atípicamente corta e intensa, donde parece poco probable que los viejos rockeros de la liga puedan protagonizar una sorpresa como la del pasado curso y, salvo hecatombe, los Heat de James, Wade y Bosh tendrán como grandes rivales a dos equipos marcados a fuego por el descaro juvenil de algunos de los principales exponentes de la nueva estirpe de jugadores, los Bulls de Derrick Rose y los Thunder de Kevin Durant.

Durantula interpreta en esta película el papel del héroe, la némesis de un Lebron que como medida desesperada optó por reunirse con otras dos grandes estrellas en los Heat y abandonar el equipo de su tierra, los Cavaliers, ante la dolorosa confirmación de que por sí solo no sería capaz de cambiar el orden natural de la competición. Muchos pensaron que El Elegido podría conducir a Cleveland al título. Seguramente él mismo estaba convencido. Pero al final dio su brazo a torcer y se embarcó en una aventura que, al margen de resultar un fracaso en su primer intento de asaltar el campeonato, le granjeó mayores cotas de impopularidad y el desprecio público de grandes iconos del baloncesto estadounidense como Larry Bird, Magic Johnson y Michael Jordan, que censuraron su decisión de reunirse con Wade y Bosh, sus compañeros de promoción, en la franquicia de Florida. Durant, menos egocéntrico, más hermético, menos dado a la teatralidad, encarna los valores de una nueva hornada donde el baloncesto puro y duro tiene mucho más peso que la notoriedad. Derrick Rose va en la misma línea. El All Star de Orlando ofreció una imagen tan fugaz como ilustrativa que refleja la diferente concepción del negocio que tienen los referentes de cada una de las generaciones que pelean ahora por ocupar el poder: cuando el speaker presentó el quinteto del Este y las figuras irrumpieron con música en el escenario que ocupaba la cancha del Amway, James, Howard y Carmelo Anthony ejecutaron entre risas un baile ridículo ante la respetuosa indiferencia de Wade y el rostro de reprobación manifiesta del base de los Bulls, quien por cierto ya el pasado año se apropió del MVP de la competición.

Habrá quien diga que los exponentes de esta generación del Siglo XXIII, que recién aterrizada en la liga quiere apropiarse del poder, disponen de menos glamour publicitario que sus incapaces predecesores. No lo voy a negar. Hay más de baloncesto y menos de vallas publicitarias entre los jugadores salidos de los drafts que vienen desde 2007, cuando Durant irrumpió como número dos (Oden fue en este caso el que le usurpó un merecidísimo número uno), al presente. Pero la lista incluye a grandísimos jugadores, algunos de los cuales van a poder pelear por el anillo sin haber llegado a cumplir los 24 años. Sin duda, Durant (1988 / 2ª elección del draft de 2007), Rose (1988 / 1ª 2008) y Blake Griffin (1989 / 1ª 2009) resultan las estrellas que más brillan en un firmamento que todavía está en parte por explorar. Pero puede elaborarse una nómina de estos jóvenes rebeldes y obtener una idea de la patente amenaza que se les presenta a sus mayores si no se ponen las pilas. John Wall (1990 / 1ª 2010), Russell Westbrook (1988 / 4ª 2008), Roy Hibbert (1986 / 17ª 2008), Paul George (1990 / 10ª 2010), James Harden (1989 / 3ª 2009), Kevin Love (1988 / 5ª 2008), Stephen Curry (1988 / 7ª 2009), Kyrie Irving (1992 / 1ª 2011) Kemba Walker (1990 / 9ª 2011) y Brandon Knight (1991 / 8ª 2011) están llamados a cargar con el peso del cambio de régimen. Algunos, incluso, parecen capacitados para convertir franquicias con escasa tradición u opciones de título en potenciales campeones, justo lo que se le reclamaba a Lebron y no pudo conseguir.

Desde que arrancó el nuevo milenio, ese siglo XXI del que hablaba Montes y que vio la luz con Tim Ducan como uno de los grandes exponentes de la nueva estirpe de jugadores, sólo seis equipos han tocado la gloria. Han sido, en su mayoría, franquicias con cierta tradición, como Lakers, Celtics, Spurs y Pistons, a las que se han sumado los Heat, en la ya citada temporada 2005/2006 y los Mavericks, que tras mucho buscarlo al fin hallaron el pasado año su recompensa. En cualquier caso, se ha mantenido un cierto status quo que esta nueva hornada de estrellas pretende quebrar.


Los Thunder de Oklahoma City, donde confluyen tres de los grandes exponentes de esta estirpe de futuros campeones (Durant, Westbrook y Harden), van a competir este mismo año por el anillo. Por el momento, gobiernan con puño de hierro la Conferencia Oeste, y no son pocos los periodistas especializados de Estados Unidos que les conceden opciones. Para ello, claro está, deberán librar la batalla definitiva por el poder, al margen de con los Bulls, con el equipo que ahora mismo mejor encarna esa necesidad de redención que se apodera de los grandes iconos de la generación del Siglo XXII, la que debería haber tomado el testigo.

Anillos seniles

Lebron y compañía tienen tiempo todavía para colmar sus dedos de anillos antes de la jubilación. De no haber irrumpido en escena estos irreverentes mocosos, seguramente no deberían tener ningún problema para lograrlo. En realidad, muchos de ellos están todavía en la edad de obtener su primer título de la NBA, una empresa que sólo unos pocos han podido gozar con extrema precocidad. Salvando a Kobe Bryant y Magic Johnson, que lograron el primero de sus cinco anillos con apenas 21 años, a Tim Duncan, que se aprovechó de la presencia del Almirante David Robinson para conquistar el primero de sus cuatro títulos con 23, y a leyendas como Larry Bird, que lo consiguió con 25 (lograría otros dos más), otras grandes figuras recientes del torneo estadounidense tuvieron que aguardar hasta la madurez baloncestísica para colmarse de gloria. Es más, King James puede consolarse con el hecho de que el aclamado mejor jugador de todos los tiempos, Michael Jordan, no pudo conducir a los Bulls al título hasta los 28 años que la estrella de los Heat no cumplirá hasta el próximo 30 de diciembre. Y no es el único caso. Ahí están, sin ir más lejos, Shaquille O'Neal, que se retiró con cuatro títulos pero no ganó el primero hasta que cumplió los 28, y otros grandes jugadores como Paul Pierce, Ray Allen y Kevin Garnett, que en 2008 se impusieron en las Finales a los Lakers con 31, 32 y 33 primaveras.

Lebron y el resto de estrellas de su generación, por tanto, no deben preocuparse todavía, o al menos no en exceso, de lo que han hecho, de lo que queda atrás. Sus desvelos deberían centrarse en lo que les viene por delante, en esa nueva generación que no entiende de ciclos ni de respeto y que desde ya mismo les ha declarado la guerra. El siglo XXI ya es historia. El XXII podría serlo en breve. Y sí, todavía se puede escribir algo sobre la NBA sin hablar de Jeremy Lin.

8/11/11

El último truco del mago

Magic Johnson, que hace veinte años conmocionó al mundo al anunciar que había contraído el VIH, pudo despedirse de amigos y rivales en un entrañable All Star que acogió Orlando pocos meses antes de compartir aventura en el mítico Dream Team



Escribo estas líneas con el corazón encogido y los ojos vidriosos. He emprendido un viaje al pasado para buscar los argumentos con los que condimentar lo que pretende ser un homenaje al tipo que más me ha permitido disfrutar del baloncesto y, tras bucear en los recuerdos, desempolvar revistas viejas y zambullirme en vídeos históricos, he concluido que nada de lo que diga va a poder siquiera expresar una mínima porción del sentimiento que me gustaría imprimirle a este post. Podría contaros quién o quiénes fueron las personas que despertaron mi vocación periodística. Algún día puede que lo haga. Muchos de ellos han acabado por decepcionarme. Magic fue quien me enamoró para el baloncesto. Él alimentó mis sueños, me regaló el amor por este maravilloso deporte. Y aún hoy sigo pensando, le duela a quien le duela, que ha sido el mejor jugador de todos los tiempos. Se cumplen veinte años desde aquella fatídica rueda de prensa en la que anunció su enfermedad, desde el momento en el que hizo pública su infección por VIH y proclamó su retirada. Recuerdo la sensación que me embargó aquel día, la conmoción que sacudió al universo del baloncesto ante lo que parecía ya no sólo el adiós definitivo del eterno 32 de los Lakers, sino también su inminente desaparición. Entonces VIH equivalía a sida. La enfermedad, por cuya normalización tanto han hecho Magic y su fundación, se asociaba a drogadictos, prostitutas, habitantes de los países más pobres del continente africano y homosexuales. Significaba muerte y pánico al contagio. Había mucho desconocimiento. Magic, sonrisa eterna, pase inverosímil, dinamitó los muros del prejuicio y peleó por rescatar del olvido a los marginados.

Fue un 7 de noviembre cuando compareció ante el mundo para desvelar su condición de seropositivo. Ha llovido mucho. Aunque años más tarde volvería a pisar durante unos meses las canchas de la NBA, la enfermedad puso fin a la carrera de un jugador irrepetible. Podrán seguir surgiendo genios de la canasta, réplicas más o menos fieles de Jordan capaces de enchufarlas de todos los colores, pívots dominadores que siembren terror bajo los tableros, jugadores letales en el lanzamiento exterior y bases capaces de leer el juego con maestría. Pero nunca habrá otro Magic. Fue un funambulista, un bailarín, un base embutido en el corpachón de un pívot que convertía en fantasía cada jugada. Y lo hacía para ganar. Se retiró con cinco anillos, tres premios de MVP de la temporada regular, otros tres de las Finales y dos más del All Star Game. Y es precisamente en un partido de las estrellas donde se sitúa la historia que hoy quiero contar, el recuerdo de una madrugada en la que el mago desempolvó su barita, se reunió con algunos de los mejores jugadores que el baloncesto ha regalado a la historia y se despidió como merecía, sobre el parqué.

El rookie que hizo olvidar a Jabbar

Quiso el destino que tres meses después del doloroso momento de su adiós la NBA organizara el All Star en Orlando, capital de Florida y sede curiosamente de los Magic, una franquicia recién nacida que aún tendría que esperar hasta el draft de junio para escoger en el número uno a un Shaquille O'Neal que cambiaría su historia para siempre. Pero no nos desviemos del tema. Earvin Effay Johnson Junior (Lansing, Michigan, 14 de agosto de 1959) fue invitado a participar en un duelo con el que la NBA pretendía honrar su maravillosa carrera. El partido debía servir como broche de oro a la trayectoria de un jugador que comenzó a escribir su leyenda sin apenas tiempo para asimilar su aterrizaje en la NBA. Con Kareem Abdul-Jabar fuera de combate por una lesión en el tobillo, los Lakers encaraban el sexto partido de las Finales de 1980 muy mermados ante unos Sixers brutales. El conjunto de Philadelphia, que jugaba como local, contaba con un plantel temible, con Julius Erving a la cabeza, pero también con Darryl Gorila Dawkins o Bobby Jones y con tres bases, que se turnaron para frenar a Magic durante la serie, que los aficionados de la NBA reconocerán ahora vestidos de traje: Lionel Hollins, uno de los técnicos que coincidieron con Pau Gasol en los Grizzlies, Henry Bibby, padre del base de los Heat Mike, y Maurice Cheeks, actual segundo entrenador de los Oklahoma Thunder de Kevin Durant y Serge Ibaka. Aquella célebre noche en The Spectrum, se produjo uno de esos acontecimientos mágicos que jalonaron la carrera de Johnson. La ausencia de Kareem dejaba al conjunto californiano muy tocado en el juego interior. Así que Magic sacó la chistera, convenció a su entrenador, Paul Westhead, de que podía actuar de pívot y se echó al equipo a las espaldas para sumar una victoria que valía un anillo y que muchos consideran como el mejor partido de su carrera. Los números que firmó en aquella final en la que el mismísimo Doctor J se rindió a sus pies hablan por sí solos: 42 puntos, 15 rebotes y 7 asistencias. Nunca antes un rookie se había hecho con el MVP de unas Finales de la NBA. Nadie lo ha logrado después. Sólo Magic, que te mataba con una sonrisa, que también en Orlando, doce años después, sembró magia y alegría en su despedida.

Aún recuerdo aquella fría madrugada de All Star como si no hubiera pasado el tiempo. Fue un 9 de febrero y, si no me falla la memoria, fue el fin de semana de los carnavales. Aún puedo revivir aquellas noches de adolescente ilusión. Yo tenía doce años. Cedric Ceballos se hizo con el concurso de mates y Craig Hodges se impuso por tercer año consecutivo en el de triples, en el que por cierto participó un tipo llamado Drazen Petrovic. Pero el plato fuerte de aquel fin de semana era otro. Me quedé despierto para esperar aquel partido. Lo vi en directo, pero luego lo revisé una y mil veces. Me acuerdo que lo tenía grabado en una de esas cintas de VHS que acababan rayadas por el uso. En el Orlando Arena se dieron cita algunos de los mejores jugadores de la historia del baloncesto. Aquella edición del All Star de 1992 representaba un cruce de caminos entre dos generaciones gloriosas. Junto a Magic, en el equipo de la Conferencia Oeste que gestionaba desde el banquillo Don Nelson estaban Karl Malone, Chris Mullin, David Robinson, Clyde Drexler, Hakeem Olajuwon, Jeff Hornacek, Otis Thorpe, James Worthy, John Stockton, Dan Majerle y Dikembe Mutombo. El base que los aficionados designaron como titular a través de sus votos fue el eléctrico Tim Hardaway, que se sumó a la fiesta y cedió su puesto al que sería protagonista indiscutible de aquella maravillosa madrugada.

Podría decirse que aquel equipo debía considerarse imbatible de no ser por lo que tenía enfrente. Phil Jackson, el señor de los anillos, todavía sin canas, también tenía un arsenal a su disposición. Vestidos de blanco, en el equipo de la Conferencia Este formaron Scottie Pippen, Charles Barkley, Pat Ewing, Michael Jordan, Mark Price, Brad Daugherty, Joe Dummars, Dennis Rodman, el malogrado Reggie Lewis (el prometedor exterior de los Celtics falleció un año más tarde por un ataque al corazón mientras se entrenaba), Kevin Willis, Michael Adams y faltaron, por lesión, otros dos mitos como Larry Bird y Dominique Wilkins. Pero al frente de todos ellos, incluso de su divinidad del aire, aquella noche estaba la némesis de Magic, su gran rival e íntimo amigo Isaiah Thomas, el líder de los Bad Boys ante los que Magic y sus Lakers vivieron algunos de los duelos más épicos que se recuerdan.

Magia contra los Bad Boys

Apenas tengo vagos recuerdos de los enfrentamientos en las Finales entre Celtics y Lakers. Todo lo que he visto ha sido a posteriori. Y no puede negarse que aquellos partidos ante los Bird, McHale, Parish, Dennis Johnson, Ainge y compañía deben ocupar un lugar de honor en la crónica de las grandes rivalidades de la competición estadounidense. Sin embargo, en este pequeño rincón de reflexiones muchas veces -si no todas- me dejo guiar por el sentimiento, y no puedo por más que reconocer que aprendí a amar el baloncesto con las encarnizadas batallas que libraron Lakers y Pistons en el tramo final de la década de los ochenta. Fue ahí donde Magic comenzó a conquistarme con un baloncesto democrático que no todas las estrellas han sabido -o podido- interpretar y que hacía de él un tipo especial.

La vista a un lado, el balón a otro. Y canasta. De él vivieron grandes jugadores. Porque Magic, más allá de su capacidad para resolver, tenía algo que sólo tienen los más grandes: hacía mejores a sus compañeros. Siempre fue un líder solidario, más Xavi que Cristiano, más Indurain que Armstrong. Jugaba al basket con la sonrisa incorporada. Se divertía y divertía. Era pura magia, su apodo le hacía justicia. De su capacidad para asistir se alimentaron e hicieron grandes carreras jugadores como Byron Scott, James Worthy, AC Green o Michael Cooper, el tipo de los calcetines hasta las rodillas. Todos ellos han reconocido tras su retirada que sus vidas habrían sido mucho peores, mucho más anodinas y grises, de no haber existido Magic. La mía también. Isaiah, que en ese último All Star le mostró todo el cariño y la cercanía que necesitaba alguien que a los ojos del mundo estaba poco menos que contaminado, comandó un equipo que supo asimilar la derrota y regalar una amarga despedida a Kareem en las Finales de 1989. El menudo timonel de Chicago, escoltado por Joe Dummars, el microondas Vinnie Johnson, Mark Aguirre y una recua de tipos duros entre los que destacaban Bill Laimbeer, John Salley, Ricky Mahorn, Dennis Rodman y James El Chino Edwards, se cruzó en la vereda que seguía el conjunto angelino para conseguir el sexto anillo desde el desembarco de Magic en la liga. En aquellas inolvidables Finales de 1989, los Bad Boys se cobraron la venganza de la temporada anterior y dejaron con la miel en los labios a un Magic que había sumado su segundo MVP de la temporada y que, sin la referencia de Jabbar, tendría que resignarse a colgar las botas, enfermedad mediante, con los cinco anillos de campeón que había recolectado en una década gloriosa para los Lakers.

"Se puede seguir adelante, continuar viviendo"

La presencia de Magic en el All Star de Orlando supuso un gran atractivo para los medios y los aficionados. La enfermedad que lo acompañaba, la etiqueta, lo convertía en el foco de atención de todas las miradas. Fue de los primeros en llegar a la capital de Florida. “Tengo que estar aquí por mí y por toda esa gente que tiene un problema. Hay que mandar el mensaje de que se puede seguir adelante, continuar viviendo” , declaró en una multitudinaria rueda de prensa la víspera del partido. Magic planeaba dar una última asistencia, una más, y en este caso iba dirigida a la intolerancia.

El partido, como no podía ser de otra manera, se convirtió en una fiesta para el lucimiento de aquel increíble elenco de figuras. Pero sobre todo fue un homenaje a un tipo tan especial que acabó por conquistar a todos con una actuación mágica. Magic, cuyas lágrimas pocas semanas antes habían conmocionado a todo el planeta, rescató su sonrisa eterna y bailó un último baile en el que todos, compañeros y contrincantes, se declararon cómplices. El 32 de los Lakers se apropió de un último MVP. Firmó 25 puntos, 9 asistencias y 5 rebotes con algunas jugadas marca de la casa. No puede decirse que los rivales se dejaran la piel para defenderle. Es cierto. Pero, ¿lo hacen alguna vez en los partidos de las estrellas? ¿Iba a hacerlo Isaiah? Desde luego que no. El jugador de los Pistons, con quien algún tiempo después rompería una amistad que se había prolongado durante sus respectivas carreras, bromeó con Magic, lo retó, lo azuzó e hizo que surgiera una vez más la magia. Las últimas acciones del partido se convirtieron en unos contra uno, siempre con Johnson como protagonista tanto en ataque como en defensa. Primero detuvo a Isaiah. Después a Jordan. Y cerró el partido con tres triples, el último de ellos antológico, para sellar el que sería, ya digo que más allá de su innecesario regreso en 1996, un delicioso broche de oro a su carrera.

Con el final del partido (113-153) Magic recibió el cariño de todos aquellos con los que había compartido sudor y batallas en sus doce temporadas como profesional. Aquella imagen, las estrellas abrazando al apestado, al enfermo, hicieron mucho bien a la lucha por la normalización del sida. Todos se arremolinaron en torno a un hombre que había contribuido a hacer del baloncesto un deporte más divertido. Con muchos de ellos se volvería a encontrar unos meses después en Barcelona, formando parte del equipo que casi con total seguridad puede definirse como el mejor de todos los tiempos, el Dream Team. Porque si Magic se despidió de la NBA aquella gélida madrugada de carnavales en Orlando, fue en los Juegos Olímpicos de 1992 donde ofreció sus últimos respetos al baloncesto. Todavía con las emociones a flor de piel, Johnson fue capaz de reconocer el gesto que habían tenido con él sus compañeros. “Debo agradecer a los jugadores que hayan accedido a jugar conmigo o contra mí”, manifestó cuando el comisionado David Stern le entregó el premio que lo acreditaba como el mejor jugador de aquel All Star. Ni siquiera se olvidó de Hardaway: “Parte de este trofeo tengo que concedérselo a él por dejarme una plaza en el quinteto que merecía”, le reconoció. En cualquier caso, en aquellos tiempos de duda, donde no se tenía ninguna certeza sobre el futuro de su salud, Magic encontró una sonrisa postrera para agradecer el apoyo de su mujer, Cookie, y constatar lo que todos imaginábamos, que siempre disfrutó tanto sobre la cancha como hacía disfrutar al resto. “Quizá nunca me veáis jugar de nuevo, pero me quedo con estos buenos momentos para siempre”, se despidió.


Os dejo dos vídeos. El primero es un pequeño resumen de aquel All Star de Orlando. Merece la pena, sobre todo por ver la complicidad y el cariño con el que muchos de los jugadores allí presentes le regalaron.



El segundo vídeo va dedicado a todos los que son demasiado jóvenes para haber podido gozar de su juego y también para los que quieran discutirme lo que he dicho sobre que es el mejor jugador de la historia. Para mí, y es una opinión personal, hacía cosas que nadie más ha podido o sabido nunca hacer.