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30/4/13

Acaba la agonía


San Antonio cierra la serie (4-0) y sepulta el fracasado proyecto de Lakers / El intento de reunir a cuatro grandes estrellas acaba de nuevo de la peor manera posible



Faltaban tres minutos para el final del partido y Mike D'Antoni, que había tirado la toalla quizá antes incluso del salto inicial, decidió retirar a Pau Gasol para dar entrada a otros jugadores de las profundidades del banquillo. El cuarto partido de la primera ronda del play off por el título estaba sentenciado. Ya no había nada que hacer. En realidad, jamás lo hubo. El público del Staples Center se puso en pie y dedicó una sonora ovación al pívot catalán, el único representante del lustroso quinteto titular que dio la cara hasta el final de la agonía de unos Lakers que han protagonizado uno de los fracasos más sonados que se recuerdan en la historia de la NBA. Los Spurs pasaron por encima de la franquicia angelina, infligieron un doloroso correctivo y pusieron fin a una dramática temporada.

El mismo equipo que el pasado verano recuperó los debates sobre la higiene de permitir que varias estrellas se reunieran en un mismo vestuario para pelear por el anillo se despeñó por el abismo al que se dirigía desde que arrancó el curso. Los Spurs, un colectivo sólido, sobrado de recursos y bien trabajado, le sacaron los colores al combinado que dirige un Mike D'Antoni superado por los acontecimientos. Los Lakers no han tenido opción alguna en la serie. El 4-0 (83-102 en el cuarto y definitivo duelo) supone la mayor humillación para el equipo púrpura y oro en casi cuarenta años. Desde 1967, cuando lo consiguieron los San Francisco Warriors, nadie había sido capaz de dejarlos fuera de combate en la primera ronda de play off sin que sumaran una sola victoria.

La imagen de los Lakers, ya pobre a lo largo de la fase regular, ha resultado patética en la eliminatoria ante los Spurs. El conjunto texano ha ganado todos los partidos con diferencias superiores a la decena. Bien es cierto que las lesiones tampoco han acompañado. Aunque por momentos da la impresión de que se esgrimen más como excusa que como explicación de la catástrofe. La rotura del tendón de Aquiles que sufrió hace diez días Kobe Bryant, líder y guía espiritual del cuadro angelino, supuso una losa definitiva. Sin el escolta de Philadelphia, que se había dejado el alma para evitar el ridículo de quedar fuera de los play off, nadie daba un duro por los Lakers. Y con razón.

La madrugada del domingo al lunes, cuando se disputaba el cuarto partido de la serie, D'Antoni disponía de un equipo de circunstancias. Al margen de Kobe, en la lista de lesionados se encontraban Steve Nash, Metta World Peace, Steve Blake y Jodie Meeks. El panorama resultaba desalentador. Pau Gasol y Dwight Howard debían hacerse fuertes para compensar la endeblez de un backcourt compuesto por jugadores de dudosa calidad incluso para el banquillo, como Goudelock, Chris Duhon o Darius Morris. Parecía evidente que no bastaría siquiera para pelear por una victoria que restituyera el maltrecho orgullo. Y no bastó. Sobre todo cuando Howard decidió borrarse del mapa. Recibió dos técnicas, evitables ambas, y de camino a los vestuarios intercambió varias frases subidas de tono con el general manager de la entidad, Mitch Kupchak, que no tardaron en despertar los rumores sobre su salida del equipo en verano, cuando será agente libre.

Kobe también da la cara

Gasol parecía destinado a quedarse solo ante la humillación. Ni siquiera Jack Nicholson, fijo en la banda, quiso aguantar el escarnio. Abandonó su asiento en el tercer cuarto para no volver. Pero entonces Kobe, aún con muletas, irrumpió en escena para sentarse tras el banquillo y dar la cara. La grada olvidó por unos momentos el desalentador resultado que reflejaba el electrónico para ofrecer su cariño a su gran estrella. Al igual que a Gasol, que concluyó el partido con 16 puntos, 8 rebotes, 5 asistencias y 2 tapones que no valieron de nada, le agradecieron la fidelidad a los colores, los dos anillos, el orgullo que mostraron por tratar de evitar lo inevitable. Pero ni siquiera ese apoyo del público garantiza el futuro del catalán, que podría ser utilizado para soltar lastre salarial.

Quiero ganar otro anillo con los Lakers, pero no depende de mí”, manifestó Gasol al término del partido, consciente de que podía ser el último con esa camiseta. Ahora mismo hay pocas cosas claras. El futuro de Howard, a quien se consideraba la base sobre la que construir a largo plazo, puede determinar el de las demás piezas del rompecabezas. Nash tiene contrato, como Gasol y Bryant, pero lo que más dudas genera es la figura del entrenador. D'Antoni parece, de largo, uno de los grandes damnificados del drama en el que se han visto inmersos estos Lakers desdibujados y decepcionantes.

Lo peor de todo es que en Los Ángeles ya había un precedente que alertaba sobre el posible fracaso y se ignoró. En la temporada 2003/2004, cuando Kobe y Shaquille compartían foco como grandes referentes de unos Lakers que sumaron tres anillos, la directiva californiana decidió incorporar a dos hall of famers en declive como Gary Payton y Karl Malone. Todo el mundo pensó que aquel equipo barrería al resto y se llevaría el título sin esfuerzo. Fracasaron. El anillo se lo quedaron los Pistons, aunque aquellos Lakers, a diferencia de los actuales, alcanzaron las finales. Estos casi ni entran en play off. El único consuelo para sus seguidores, a los que les aguarda ahora un convulso verano, es que su lenta agonía ya ha terminado.

27/6/11

Metta World Peace


Hace unos días Ron Artest, el polémico alero de Los Ángeles Lakers, volvió a ser noticia fuera de las canchas. Ahora le ha dado por cambiarse el nombre. Emulando a otras figuras de la NBA, pretende que se le conozca como Metta World Peace, una denominación con la que trata de confirmar el radical giro que ha adoptado su carrera en los últimos años. Artest, uno de los mejores defensores de la competición estadounidense, premiado en 2004 como el mejor, ha optado por un nombre tan rimbombante como cabría esperar en un personaje tan capacitado para la controversia.

Metta significa bondad para los budistas, mientras que World Peace, en inglés, quiere decir Paz Mundial. Dos términos que chocan frontalmente con algunos de los pasajes más célebres en la carrera del neoyorquino, uno de los principales protagonistas de aquella increíble batalla campal que vivió el Palace de Auburn Hills en 2004 durante un partido entre los Pistons y los Pacers.

Artest ha cambiado. O al menos quiere hacer ver que ha cambiado. El personaje que llegó a confesar que bebía alcohol en los descansos de los partidos durante su etapa en los Bulls, el equipo con el que inició su carrera profesional, ha dejado paso al filántropo que subasta por internet uno de sus anillos de campeón y después dona el dinero obtenido para que los adolescentes puedan contar con un psicólogo en cada uno de los colegios de Estados Unidos. Así es Artest, puro extremismo. Para lo bueno o para lo malo, Metta World Peace se ha abierto un hueco en el almanaque de especímenes que salpimentan el baloncesto americano. Un alivio para una competición necesitada de iconos, de figuras extravagantes, tanto o más importantes que las estrellas para vender camisetas y mantener el magnetismo.

No quiero entrar a debatir en exceso el cambio de nombre que pretende asumir el alero de los Lakers. Ya ha presentado la documentación pertinente y en unas semanas puede hacerse efectivo. Bueno, no lo voy a debatir porque, básicamente, me parece una astracanada, un nuevo giro de tuerca en la carrera de un jugador que, lo quiera o no, será más recordado por sus salidas de tono que por haber sacado partido al excelente físico que posee y que le ha permitido, cuando ha estado centrado o sobrio, firmar soberanas exhibiciones defensivas ante algunas de las principales figuras que han pasado por la NBA en los últimos años.

Un soberbio defensor

Su llegada al Staples Center vino avalada por la labor de desgaste que le aplicó a Kobe Bryant durante la semifinal de Conferencia Oeste de 2009. A pesar de que los Lakers conquistaron el anillo, y de la más que aceptable aportación a la causa de Trevor Ariza, la directiva del combinado angelino reaccionó para reclutar al tipo que peor se lo había hecho pasar a su principal estrella. El verano siguiente, el pasado, repetirían operación: Matt Barnes, otro exterior que había sacado chispas a sus duelos con Kobe, acabaría cambiando las playas de Florida por las de California. Barnes es un Artest en potencia, pero le queda mucho camino por recorrer. Para empezar, le queda haber vivido una juventud plagada de alcohol y drogas, que ni siquiera la paternidad que llega demasiado pronto, con apenas 19 años, pudo frenar.

"Cuando era joven salía mucho de fiesta. Y lo de ser padre tan joven... ¡Wow! En aquel entonces todo era marihuana y alcohol, vivía al límite. Ahora también salgo, aunque no con tanta frecuencia", le reconocía el futuro Metta World Peace a la revista Sporting News en una entrevista. "Solía salir de fiesta todas las noches", remachaba sin pelos en la lengua.

Hennessy, un caro cognac francés, es lo que bebía en los descansos durante su etapa en Chicago. Con otros hábitos, quizá su carrera podría haber podido seguir otra trayectoria. Aun así, entró en el segundo mejor quinteto de rookies y firmó una temporada más que aceptable en su estreno (12 puntos y 4,3 rebotes por duelo). A pesar del mimo con el que lo trataron los rectores de los Bulls, ya por aquel entonces comenzaron a aparecer en la prensa sus primeros actos de indisciplina: escapadas nocturnas que poco a poco fueron abriéndole la puerta de salida de un equipo que, en cualquier caso, atravesaba una crisis de identidad, se encontraba en plena reconstrucción tras la segunda retirada de un Jordan que aún impartiría sus últimas lecciones de baloncesto en Washington.

Después de dos irregulares temporadas en los Bulls, acabaría siendo traspasado a Indiana mediado el curso 2001-2002. En los Pacers, franquicia sin mácula, tradición beata durante tantas décadas, terminó por formar parte de un vestuario muy complicado, plagado de jugadores rebotados, y mucha anarquía. Pero mejoraron sus números. Al menos hasta que llegó la batalla campal de Detroit, que le costaría una sanción ejemplar y cortaría una temporada en la que había arrancado como una moto, con casi 25 puntos de media. Artest, pese a sus esfuerzos, y la evidente mejoría que ha experimentado en cuanto a disciplina, jamás logró sacudirse ese estigma.

Una carrera marcada por el escándalo

A la vuelta de su lesión, los Pacers se aprovecharon del excelente inicio de campaña que estaba firmando y se libraron de él. Lo enviaron a unos decadentes Sacramento Kings. El cambio de aires no truncó su aparente crecimiento. Artest parecía haber enmendado en cierto modo su disoluto modo de vida y se hizo importante en un equipo desnortado. ¿Quiere decir esto que fue en Sacramento donde se gestó este nuevo Metta World Peace? Me permito ponerlo en duda. El escándalo lo siguió hasta la capital de California. Cómo no. Un juez procesó al ahora jugador de los Lakers por agresión a su esposa, a la que las crónicas de la época -hablamos de 2007- aseguran que además privó de libertad en su domicilio conyugal. Fue la gota que colmó el vaso, y quizá el último golpe mortal de necesidad a una carrera que ya jamás volvería a señalarlo como un jugador ofensivamente decisivo. Los Kings, visto lo visto, también se lo quitaron de encima apenas unos meses después.

Existe una conexión con el baskonismo (aunque no lo parezca ni haga falta que la haya) en toda esta historia. El traspaso múltiple que dio con sus huesos en los Rockets, allá por agosto de 2008, implicaba a un jugador que posteriormente se enfundaría la elástica del ya Caja Laboral: el temporero Sean Singletary. En la ciudad texana, por otro lado, se encontró con un Luis Scola que comenzaba a coger galones. Artest, de hecho, sufrió su mutación definitiva en los Rockets. Fue donde comenzó a asimilar un rol mucho más secundario, un papel de especialista defensivo que a la postre lo conduciría a los Lakers y, por ende, a coronar una carrera tan jalonada por la polémica con un anillo que otros muchos jugadores añorarán tras la jubilación. Incluso sus formas (salvando alguna que otra bronca sin demasiada importancia) comenzaron a serenarse.

Vida o muerte en las canchas

A partir de ahí, ya se ha contado. Se mudó a Los Ángeles y comenzó esta campaña de lavado de imagen que convence a una minoría. Porque si algo se puede esperar de Ron Artest es, justamente, lo inesperado. Así es como él aprendió a entender la vida, tan próxima a la muerte, desde que nació. Por eso no sorprende que cuando recogió el trofeo de campeón, mientras todos sus compañeros se acordaban de sus familias en las dedicatorias, a él le viniera a la mente su barrio, la gente con la que se crió en la calle, antes incluso que su mujer y sus hijos.

Su infancia en una de las zonas más conflictivas de Queens, en Nueva York, le enseñó a jugarse el pellejo por cada pelota. Literalmente. En una entrevista concedida a la célebre reportera de la televisión estadounidense Doris Burke, el alero de los Lakers relataba cómo cuando era niño llegó a presenciar el asesinato de uno de sus vecinos en una cancha de baloncesto. "Era todo tan competitivo que un chico rompió una de las patas de una mesa y se la clavó a otro directamente en el corazón", rememoraba con su habitual frialdad. "Murió prácticamente en el acto, allí, en la misma cancha donde jugábamos cada día".

Sólo un tipo que ha crecido en la conciencia absoluta de que hay que ganarse cada segundo de vida puede permitirse el lujo de lucir los peinados más estrambóticos que se recuerdan desde la retirada de Denis Rodman, emprender una carrera musical sin futuro alguno pero que promociona henchido de orgullo o lanzarse a puñetazos contra la hinchada de Detroit en aquella mítica noche de noviembre de 2004. Jamás se ha mostrado realmente arrepentido por aquello. "No veo nada de lo que sucedió que ahora haría de otra manera. No fue mi culpa", aseguró en otra entrevista. Ése es Metta World Peace, un hombre arrepentido que lucha por cambiar. La pregunta es: ¿podrá algún día conseguirlo?

Os dejo el vídeo de la pelea que protagonizó en el Palace de Auburn Hills junto a sus compañeros Jermaine O'Neal y Stephen Jackson y el rocoso Ben Wallace, entre otros muchos. Un clásico básico de las tánganas deportivas.