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6/6/13

Último escalón al anillo

Una capacidad de trabajo inhumana y una fortaleza mental al alcance de pocos han permitido a Tiago Splitter superar cada uno de los retos que se ha ido encontrando en su carrera. Los que lo conocen bien, técnicos, jugadores con los que ha compartido vestuario y amigos, destacan la grandeza del primer 'vitoriano' que va a pelear por el anillo de la NBA. Esta madrugada arrancan las Finales en Miami


“Hace no mucho lo veía por la tele y en unos días voy a poder jugar a su lado. Es como si fuera un sueño”. Han pasado menos de tres años desde que Tiago Splitter pronunció estas palabras. El poste brasileño, MVP y líder de un Baskonia que acababa de adjudicarse contra todo pronóstico su tercer título liguero, se disponía a saltar el Atlántico para incorporarse a la disciplina de los Spurs. Allí tendría la oportunidad de conocer a su ídolo, Tim Duncan, el hombre por el que, con gusto, abandonó el número 21 que había lucido a la espalda en el conjunto baskonista y con el que ahora, tres años después, conforma la pareja titular de pívots de San Antonio.

El tiempo ha pasado y Splitter ha sabido exprimirlo al máximo. Sin prisas, a su ritmo, el jugador nacido en Joinville pero criado en Vitoria ha logrado hacerse un hueco en uno de los equipos más poderosos de la NBA. En los Spurs, territorio de un Popovich que no regala nada, Splitter ha vuelto a recorrer un camino que conoce bien. Cuando aterrizó en tierras tejanas, tras haberlo sido todo en Europa, supo asumir su nuevo rol secundario, una ración de banquillo desmesurada. Pero el paso del tiempo, como siempre, le ha dado la razón. Esta noche (03.00 horas) saltará de inicio en el quinteto con el que los Spurs emprenderán la complicada misión de destronar a los Heat de Lebron, Wade y compañía en las Finales de la NBA. Splitter será el primer jugador criado en la cantera del Baskonia que va a pelear por un anillo. Afronta el último escalón de una larga travesía ascendente en la que su descomunal capacidad de trabajo le ha permitido colarse entre los mejores, llegar a unas cotas que todo el mundo le auguraba hace mucho tiempo, cuando emprendió el camino.

Fue en enero del año 2000, recién cumplidos los 15 años, cuando abandonó su Brasil natal y siendo todavía un adolescente recaló en Vitoria de la mano de Alfredo Salazar, el gran cazatalentos del Baskonia. “Desde que llegó se vio muy claro que podía llegar muy lejos. Ya entonces se veía que era un jugador especial”, recuerda Sergi Vidal, que también ficho por el equipo azulgrana ese año. “La primera imagen que tengo de Tiago es de cuando llegué a Vitoria, en un entrenamiento de pretemporada. Estábamos en Mendizorroza y vi a un chaval muy alto pero con pinta de adolescente en la grada. Estaba con su madre. Después, se marchó a Bilbao, pero esa imagen la tengo grabada”, señala Vidal, que después entablaría una buena amistad con él tras un lustro juntos en el vestuario.

Un adolescente descarado

Splitter tardó poco en llamar la atención. En principio, se le hizo un hueco en el equipo de EBA, pero tuvo ocasión de darse a conocer ante los que entonces eran los grandes referentes del conjunto vitoriano. Fue en un entrenamiento con la plantilla del primer equipo. “En cuanto tenía ocasión la metía para abajo”, relata Javi Buesa, que compartía entonces equipo en las categorías inferiores. “Recuerdo que todos (Oberto, Scola...) se quedaban mirando asombrados, como diciendo: ‘Vaya cómo viene el chaval’. Pero la cuestión es que no se achantaba nunca ante nadie”, adhiere Buesa. Sigue sin hacerlo. Ni en la ACB, ni en la Euroliga, ni ahora en la NBA. Tampoco lo hizo en Bilbao, adonde Josean Querejeta decidió enviarlo ante la evidencia de que la EBA se quedaba pequeña para exprimir su evolución.

Txus Vidorreta, ahora técnico del Estudiantes y entonces hombre orquesta en el recién nacido club vizcaíno, tuvo un peso importante en aquella decisión. Fue en una liga de verano en Fuenlabrada donde se enamoró del brasileño, que a orillas de la Ría pasaría dos años fundamentales para entender su crecimiento como jugador. “Me llamó Alfredo (Salazar) para decirme que tenían a un jugador con gran futuro que nos podría interesar y que fuera a verlo a Fuenlabrada. En el primer partido estuvo bien, ya casi me convenció, pero el segundo fue fantástico. Recuerdo que se tenía que emparejar con Martín Ferrer, que era uno de los tipos más duros de la LEB. Si era capaz de pegarse con Martín Ferrer, podía hacerlo con cualquiera en LEB2. Y aunque no tenía papeles y ocupaba plaza de extracomunitario, apostamos por él. Cuando dejamos Fuenlabrada ya estaba segurísimo”, desvela Vidorreta, que no tenía dudas sobre el futuro que aguardaba al gran jugador que acababa de caer en sus manos. “Estaba convencido de que estábamos ante una estrella. No sé si tanto como para decir que iba a ser importante en la NBA, pero sí sabía que podía marcar época en el Baskonia y ser muy importante en Europa”.

Splitter pasó dos años en el Bilbao Basket. Llegó al equipo en LEB2 y lo abandonó en LEB y ya con la vista puesta en la ACB. Su aportación en aquellos años, en los que pese a su juventud se convirtió en una de la estrellas de la competición, ayudó a devolver la ilusión por el baloncesto a una ciudad que acudía los viernes por la tarde a La Casilla para ver a un tipo imberbe y a un base nativo y eléctrico con el que se entendía de fábula. Era Javi Salgado, ahora en el Lagun Aro. “Tenía que fajarse con tipos muy duros, algunos que incluso luego han jugado en la ACB. No se arrugaba. Suplía su desventaja de peso con su capacidad física y la facilidad que tiene para hacerlo todo bien, además de con su inteligencia”, desgrana el timonel de Santutxu “Era nuestro jugador americano con 16 o 17 años. Fue una apuesta muy importante de Txus y creo que las dos partes salieron muy beneficiadas”, añade Salgado. “Tiago prosperó mucho, el Baskonia recibió un jugador que dos años antes no estaba tan hecho y nosotros ascendimos de categoría y también crecimos como equipo”, concede Vidorreta.

Los que han seguido su trayectoria siempre han destacado ante todo su descomunal capacidad de trabajo. Y en aquellos años demostró una claridad de ideas y  un espíritu de sacrificio impropios de un joven de su edad. “Era una esponja”, afirma rotundo Roberto Calvo, periodista de Deia. “Tenía una gran capacidad para aprender, y voluntad, que es algo muy importante. Recuerdo que estudiaba en los Escolapios, entrenaba por las tardes con el Bilbao Basket y muchas mañanas se desplazaba a Vitoria para realizar trabajo específico de tecnificación. Era muy currante”, añade el periodista bilbaíno.

Ese trabajo constante, que no abandonó al ingresar en el estrellato, volvió a abrirle las puertas del Baskonia. En la temporada 2003/2004 pasaba a engrosar una de las plantillas más lujosas con las que ha contado el cuadro azulgrana. El niño se hacía mayor. Abandonaba las categorías de la FEB para estrenarse en ACB y Euroliga, como parte de un vestuario en el que se reunían figuras de la talla de José Manuel Calderón, Pablo Prigioni, Arvydas Macijauskas, Sergi Vidal, Kornel David, Andrés Nocioni, Luis Scola o Andrew Betts.

En aquel equipo también estaba Javi Buesa, con quien compartió muchas charlas de banquillo y que de alguna manera se convirtió en nexo entre Splitter y la ciudad que lo adoptó. “Entonces éramos como uña y carne”, sonríe Buesa. En aquella esquina del banquillo se fraguó una relación que trascendía los límites de la cancha. “Cuando salíamos de entrenar, compartíamos coche para ir a casa. Bueno, me llevaba él a mí. Además de mi amigo, era mi chófer”, bromea el vitoriano, que no tiene reparos en destacar el especial cariño con el que acogieron a Splitter los pesos pesados de la plantilla. “Era uno más. Muy joven aún, pero uno más. Luis lo tenía apadrinado, pero todos le tenían gran aprecio”, completa Buesa. “Es que era un tío que se hacía querer. Siempre tenía una sonrisa”, apunta Vidal.

Un vitoriano más

Sin embargo, Tiago tenía vida más allá de las cuatro paredes del cambiador del Buesa Arena. Su forma de ser le granjeó  una especie de segunda familia y una cuadrilla con la que podía soltar tensión y olvidarse por momentos del baloncesto. Fue Iñaki Iriarte, el técnico que pasó cientos de horas junto a él desarrollando un valioso trabajo de perfeccionamiento, quien lo puso en contacto con unos vitorianos que en los próximos días van a sufrir un déficit de sueño para poder seguir en directo las evoluciones de Tiago en la pelea por el anillo. “Se integró desde el primer momento. El Iri, que es como su padre adoptivo, quería que hiciera una vida más normal, nos lo presentó y no tardó en ser uno más”, afirma Mikel Gorbea, uno de los componentes de esa cuadrilla que descubrió a Tiago placeres tan maravillosos como las cenas en la sociedad. “Se solía apuntar siempre que podía. Pero había un problema, porque al principio era menor y debíamos tener cuidado cuando salíamos por ahí”, evoca Gorbea.

El problema, sin embargo, no era tal. La rectitud del poste brasileño lo distanciaba del resto en determinadas cosas. “Hay que reconocer que Tiago era formal. Desde que lo conocí siempre ha sido muy maduro”, concede. “Además, como muy pronto se comprometió, como digo yo, se echó novia, aún lo fue más”, bromea Gorbea, para quien no existen dudas, más allá de su origen y del amor que pueda profesar a su país, sobre la relación de Splitter con la capital alavesa. “Tiago ha querido ser siempre un vitoriano más y lo sigue siendo”, asevera. Lo que no resultaba en absoluto sencillo era que un tipo conocido, de 2,13 y jugador del Baskonia, pasara desapercibido cuando salía con el resto de sus amigos “Llamaba mucho la atención. Además, como siempre ha tenido buen cartel entre el público femenino...”, revela con picardía.

Fundamental en los títulos

En ese contexto, como un vitoriano más fuera de la cancha, Tiago siguió creciendo. Comenzaron a llegar los títulos y su peso en el equipo empezó a aumentar, siempre impulsado por ese inhumano espíritu de trabajo que lo ha acompañado siempre. “Puede que haya muchos jugadores con más talento o facultades, pero no hay muchos que tengan esa cabeza, esa fe en uno mismo y esa capacidad de trabajo. Su principal virtud ha estado siempre dentro de su cabeza”, opina Ibon Navarro, ahora segundo de Velimir Perasovic en Valencia y entre 2007 y 2010 asistente de Neven Spahija y Dusko Ivanovic en el Baskonia. “Tiago siempre está tranquilo”, expone el técnico vitoriano. “Nunca ha parado de crecer. Nunca. Cuando llegó a Bilbao, todavía era muy joven pero hizo todo lo que estuvo en su mano para aprovechar la oportunidad y crecer. Luego en Vitoria lo mismo. Al principio no era tan importante, era muy joven, y aprendió muchísimo de Luis. Pero una vez más, poco a poco fue creciendo y se hizo importante. Se llevaba muy bien con Pablo, se entendía con él en el campo, algo que no es difícil para ningún pívot”, explica Sergi Vidal, que compartió celebraciones en la Virgen Blanca en muchos de los éxitos que fue cosechando Splitter como jugador baskonista.

El poste nacido en Joinville fue pieza fundamental en los triunfos coperos de 2006 y 2009, así como en los títulos de ACB de 2008 y 2010, su última muesca en el revólver antes de que le llegara la oportunidad de cumplir su sueño, antes de que se embarcara en el proyecto de los Spurs junto a Duncan, Ginóbili y Tony Parker. A partir de esta noche, que seguro será larga en Vitoria, peleará por un nuevo título, por un anillo de la NBA. Ningún jugador formado en el Baskonia ha disputado antes unas Finales. Tampoco ningún otro vitoriano. Y en este momento clave, justo cuando se encuentra frente al último escalón de una escalera tan prolongada como plagada de éxitos y sinsabores, manchada por el sudor y el sacrificio, el hombre que lo ayudó y aún ayuda a ser mejor lo contempla desde Vitoria con una enorme ilusión. “Me alegro muchísimo por él. Se lo ha ganado con su trabajo. Tiago es la demostración de que un jugador con talento, si se esfuerza, puede llegar a jugar una final de la NBA”, apunta Iñaki Iriarte, que prefiere echarse a un lado como un padre orgulloso, pero que no puede negar que seguirá “con mucha atención” todo lo que haga Tiago en la eliminatoria que arranca hoy en el American Airlines Arena.

El poder coral de San Antonio

Como Iriarte, todos los que se han cruzado en su camino, en uno u otro punto de esa escalera, le desean lo mejor y confían en que el poder coral de San Antonio, donde cada pieza es importante, resulte suficiente para frenar el descomunal poderío físico de Lebron y sus Heat. “Tiene algo especial que tienen muy pocos jugadores. Se adapta a cualquier entorno con estrella. La dupla que forman Duncan y Tiago puede hacer daño a Miami si ambos están bien físicamente”, opina Txus Vidorreta. “Todo el mundo coincide en que Miami es favorito. Habrá que ver cómo ha gestionado San Antonio este periodo de inactividad. Tiago a nivel individual puede ofrecer ventajas a los Spurs, pero los interiores de los Heat, jugando tan abiertos, siempre ponen en problemas a sus pares. Deberá tener cuidado”, aconseja Ibon Navarro, que volvió a reencontrarse con él durante el lockout en Valencia.

“Va a ser complicado. Miami es favorito. Son los campeones y tienen a la bestia, pero San Antonio tiene opciones por la fortaleza que presenta como grupo. Atacan bien, defienden bien y son un equipo”, señala Salgado. “Yo no daría por muertos nunca a los Spurs”.

De uno u otro modo, lo que hace poco menos de tres años parecía un sueño, se ha convertido en una realidad. Un vitoriano, uno de los jugadores que más ha ofrecido a la afición del Buesa Arena, va a pisar el parqué de Miami con el objetivo de ganar un anillo. Es el último escalón de la escalera para un tipo cuyo secreto ha sido querer siempre trepar más alto. Su constancia, su humildad y su sacrificio lo han guiado hasta donde muy pocos pueden llegar.

8/4/13

Un clásico con poso agridulce

CSKA y Baskonia se han medido en 17 ocasiones en la actual Euroliga, con 13 victorias para los rusos / En su último enfrentamiento, hace tres años, los moscovitas dejaron al Caja Laboral de Dusko Ivanovic sin Final Four


Se ha convertido en un clásico, en un choque de trenes de primer nivel continental. El duelo entre el CSKA de Moscú y el Caja Laboral que acogerán los cuartos de final de la Euroliga a partir del miércoles pasa por ser, sin discusión, uno de los enfrentamientos más atractivos que a lo largo de la última década ha podido verse en esta competición. Aunque no siempre, o más bien casi nunca, el regusto que ha dejado en el paladar del baskonismo ha sido demasiado agradable. Podría decirse que todo lo contrario. Las estadísticas no acompañan las ansias de gloria del equipo de Zan Tabak, que busca una nueva campanada, si bien existen precedentes positivos que han quedado grabados a fuego en la retina de la hinchada azulgrana.


Aquella semifinal en la Final Four de Moscú o el triunfo en la primera visita al Universal Sports Hall de la capital rusa contrastan con otras instantáneas del pasado en las que la mueca reflejaba tristeza, decepción o rabia. En realidad, los números son muy claros. Baskonia y CSKA se han enfrentado desde el nacimiento de la Euroliga en 17 ocasiones y el balance sonríe a los rusos, que se han llevado la victoria en 13 de esos encuentros.
Desde el primer duelo entre ambos equipos, en marzo de 2002, hasta el precedente más fresco, en los cuartos de final de hace tres años, la mayor parte de las ocasiones en las que el combinado del Ejército Rojo se ha cruzado en el trayecto del Baskonia hacia los títulos la resaca ha resultado más bien agridulce. Jugadores como Holden, Siskauskas, Trajan Langdon o Teo Papaloukas, el único de todos ellos que sigue en la plantilla de Ettore Messina, se convirtieron en verdugos de las esperanzas de algunas de las plantillas más brillantes de la historia del club vitoriano.
Un superviviente del primer duelo
De aquel primer duelo, celebrado en el Buesa Arena, sólo queda un superviviente. Un imberbe Andrés Nocioni formaba parte del roster que cayó derrotado en el pabellón de Zurbano por un CSKA en el que por aquel entonces brillaban Turkcan, McCants, Pashutin, el exbaskonista Rubén Wolkowysky y un Gordan Giricek que finiquitó con sus 25 puntos al equipo azulgrana. Junto a Nocioni, en un plantel muy corto de efectivos pero sobrado de talento, formaron Bennett, Scola, Foirest, Sconochini, Tomasevic, Oberto y Corchiani. Un equipazo que en el partido de vuelta de ese Top 16 se cobró la revancha y consiguió la que es, hasta la fecha, la única victoria que ha obtenido el combinado alavés en el Universal Sports Hall moscovita. Lo hizo además con contundencia (73-90), aunque a la postre no bastó para obtener una plaza en la Final Four de Bolonia.
Tendrían que pasar dos temporadas para que se reprodujera el enfrentamiento entre ambos, de nuevo en el Top 16. El primer choque volvió a vivirse en el Buesa Arena. El CSKA, ya con Papaloukas, Monya, Khryapa, Marcus Brown, Holden y el exbaskonista Victor Alexander, se apuntó la victoria. Pero aquel TAU, que contaba con la que muchos señalan como la mejor plantilla de su historia (Prigioni, Calderón, Macijauskas, Vidal, Nocioni, Kornel David, Scola, Splitter y Betts), también quería devolver el golpe en Moscú. No pudo hacerlo. En un partido marcado por la fatalidad, el cuadro ruso fue capaz de remontar los cinco puntos de ventaja con los que contaba el Baskonia a falta de 50 segundos para el final, sumar el triunfo y colarse en la final a cuatro de Tel Aviv. El gesto de Teo Papaloukas, autor del robo y la canasta decisivos, rebanándose el cuello con dedicatoria a la afición vitoriana forma parte también de la lista de hitos de este rosario de duelos.
El TAU tuvo un año después ocasión de disfrutar de la vendetta. Y en esta ocasión resultó especialmente dulce. En la campaña 2004/05 el destino los cruzó en la primera fase, donde el CSKA cumplió con la tradición y se apuntó la victoria tanto en Moscú (88-83) como en Vitoria (81-85), y también en la Final Four. Los cuatro mejores equipos de Europa se citaban en la capital rusa, por lo que el equipo adiestrado por Dusan Ivkovic reforzaba su condición de favorito. La humillación resultó más dolorosa. Un espectacular TAU asaltó el Olímpico y acalló a los miles de aficionados rusos que confiaban en disfrutar del primer título continental del CSKA en más de tres décadas. Macijauskas y Kornel David lideraron a un Baskonia que volvía a una final. No pudo sin embargo con el Maccabi de Baston, Vujcic, Anthony Parker y un Jasikevicius descomunal.
Semifinal en Praga
En la 2005/06, la temporada en la que Velimir Perasovic ocupó el banquillo baskonista, ambos equipos volvieron a cruzarse en el Top 16. Una victoria para cada uno. El CSKA ganó en su cancha y el TAU en el Buesa. Ambos acabarían jugando la Final Fouren Praga. Y esta vez los rusos sí lograron, 35 años después, volver a levantar el trofeo.
Aún se enfrentarían de nuevo en la 2007/08. Ese curso, que se cerró con el CSKA de nuevo como campeón y el Baskonia en la Final Four de Madrid, los rusos se llevaron el triunfo tanto en los dos duelos de la primera fase como en la semifinal. El miércoles volverán a verse las caras. Será la segunda vez que lo hagan en una eliminatoria de cuartos. La anterior tuvo lugar hace tres años, en el último precedente. El CSKA, que había vencido en fase regular tanto en Moscú como en Vitoria, se apuntó la serie tras ganar los dos primeros partidos en casa, caer en el tercero y volver a vencer en el cuarto, celebrado en el Buesa Arena. El irregular Baskonia de Tabak tiene en su mano la ocasión de cambiar el destino y lograr que el poso de estos duelos abandone su tono amargo.
Link a la noticia completa, publicada en Diario de Noticias de Álava

18/9/12

Un francotirador en Brooklyn


Mirza Teletovic, el penúltimo icono que abandonó el Buesa Arena rumbo a la NBA, el último capitán azulgrana, lo tiene todo para triunfar en su nueva aventura con los Nets



Quedan menos de dos semanas para que arranquen de manera oficial los Training Camps de las franquicias de la NBA y en Brooklyn ya calientan motores para estrenar la nueva era de unos Nets que, a simple vista, pintan muy bien. El excéntrico multimillonario ruso Mijail Prójorov se ha salido con la suya. Se ha llevado a la franquicia a Nueva York y ha despilfarrado sin rubor y sin miedo al impuesto de lujo que fija la NBA. De hecho, el equipo del mujeriego empresario ruso, que llegó a retar a Vladimir Putin en las urnas, dispone de la segunda plantilla más cara de la competición, con un montante en salarios de 84,8 millones de dólares, sólo superados por los cerca de 100 millones que costarán los nuevos Lakers de Kobe, Pau, Howard y Nash. Projórov ha puesto en manos del técnico Avery Johnson a un plantel plagado de jugadores de primer y segundo nivel, pocos de relleno, que lideran estrellas de la liga de la talla de Deron Williams, Brook López, Joe Johnson y Gerald Wallace, secundados por piezas tan valiosas o útiles para completar el roster como Josh Childress, Kris Humphries, Marshon Brooks, Keith Bogans, Andray Blatche, Reggie Evans, CJ Watson o el eterno Jerry Stackhouse. Y en ese vestuario plagado de veteranos, con carreras más o menos lustrosas, van a entrar dos novatos europeos con historias ligadas al baloncesto ACB. El primero, Tornique Shengelia, un jugador que me encantó cuando le vi disputar con la elástica del Valencia Basket en el viejo pabellón de Mendizorroza el Campeonato de España Junior (donde brillaron también Augusto Lima o Josep Franch, entre otros). Y el segundo, el penúltimo estandarte en abandonar el Buesa Arena, el último capitán, un Mirza Teletovic que ansía vivir su sueño americano.

Teletovic, que ayer cumplió 27 años, lo tiene todo para triunfar en la NBA. Está predestinado. Seguramente nunca llegará a convertirse en un jugador franquicia. Puede que jamás se haga con una plaza de titular en un equipo con aspiraciones. Pero no le faltarán contratos. Tiene un sinfín de virtudes que pueden llegar a convertirlo en un complemento de lujo para cualquier equipo, en un especialista con mayúsculas. Porque Teletovic representa la evolución del típico cuatro blanco con muñeca que se ha hecho de oro estos últimos años en la liga. Es mucho más y, aunque jamás ha sido santo de mi devoción, eso también tengo que reconocerlo, no tengo ninguna duda de que le aguarda el éxito al final de la ruta que ha escogido.

No creo haberme excedido nunca en cuanto los elogios hacia Mirza. De hecho, siempre le he achacado su incapacidad para asumir el rol de gran referente del Baskonia cuando le llegó la hora. A mi juicio, no ejerció como líder, ni dentro ni fuera del campo, al mismo nivel que sus predecesores, Tiago Splitter o Luis Scola, por poner sólo dos ejemplos, que cuando se echaron a las espaldas al equipo azulgrana siempre lo situaron cerca de los títulos. Seguramente la comparación resulte injusta, trucada. Porque no todo gira en torno al gran líder, y porque los gregarios con los que han contado unos y el otro también diferían en cuanto a calidad. Pero lo cierto es que desde que Splitter se marchó a los Spurs, con el dulce sabor de la histórica final ante el Barça aún fresco en el paladar, el conjunto vitoriano no ha vuelto a estar cerca de trofeo alguno. Es una opinión personal sobre un jugador que, pese a todo, puso siempre todo su corazón, su salud y su voluntad al servicio del equipo y al que, al margen de que lo deseo, le vaticino aun así un brillante futuro en su nueva etapa.

Los argumentos de los críticos

Los críticos más feroces del bosnio se apresurarán a glosar todos sus vicios baloncestísticos. Sí, tiene cosas por pulir. Pero los Nets no lo han reclutado por esos detalles, algunos con más fácil solución que otros. Teletovic no siempre toma la decisión más acertada, su selección de tiro es cuestionable, siempre he pensado que su capacidad de concentración es en ocasiones limitada y además hay quien censura sus carencias tácticas a la hora de defender y acudir a las ayudas. Ya digo que nunca he sido un gran defensor de cierta parte de su juego. Y sin embargo considero que todos esos detalles, ya digo que algunos podrá mejorarlos y otros se irán con él a la tumba, quedan relegados a un segundo plano para el encargo que Avery Johnson o cualquier técnico debería encomendarle en la NBA.



Teletovic no es un rookie cualquiera. Los Nets lo saben. Y también lo sabían las otras franquicias que durante el verano se pusieron en contacto con su agente. Por eso llega a la liga cobrando más de 3 millones de dólares en la primera de las tres temporadas que ha firmado (percibirá cerca de 10 millones por las tres). Es su primera ventaja. Sin llegar al extremo de Prigioni, novato a los 35, Teletovic se ha curtido en mil batallas, ha estado fogueándose en la élite del baloncesto europeo, peleando por títulos en la ACB y en la Euroliga, y casi siempre ofreciendo un excelente rendimiento en cuanto a números. Los aficionados de la nueva franquicia de Brooklyn también son conscientes. En un equipo completamente renovado, que destila reflejos dorados por todos los rincones del vestuario, los hinchas ya consideran a Teletovic como una de las grandes atracciones que les aguardarán en el nuevo y reluciente Barclays Center. "El viene para ayudarnos. Tiene algo así como 28 años, no es un rookie de 21. Lleva ya años jugando al máximo nivel", bendecía su llegada Deron Williams, gran estrella del equipo.

Al margen de su experiencia en competiciones importantes, bosnio dispone de otras muchas armas que pueden hacerle encajar con facilidad. Es un francotirador. Habrá habido pocos jugadores en el Viejo Continente con ese instinto asesino desde más allá de la línea de tres en estos últimos años. Y en Estados Unidos, los que se recuerdan o siguen jugando (Scalabrine, Novak, Bonner...) no pueden considerarse ni de lejos tan completos como él en otras facetas del juego. Porque Mirza no es sólo un cuatro tirador. Representa la evolución de una especie. Está armado de unas piernas prodigiosas, que le conceden muchas ventajas en el uno contra uno ante pares más espigados y lentos, amén de una tremenda potencia de salto, que en ocasiones disfraza sus faltas de concentración u oficio en el rebote. A poco que Avery Johnson sepa sacarle partido, puede convertirse en un arma accesoria excepcional para la ofensiva de los Nets, sobre todo en lo que se percibe como una segunda unidad más dotada de músculo que de talento anotador.

Los hinchas quieren ver a 'Teletubby'

La cuenta oficial de twitter de los Nets lanzó ayer una pregunta al aire a sus aficionados. Y quedó reflejada la pasión con la que un importante porcentaje aguarda el aterrizaje del bosnio. "¿A qué nuevo jugador de los Nets tenéis más ganas de ver en acción?", cuestionaba la franquicia a través de la red social. El refuerzo que recibía mayor número de respuestas, como es lógico, era Joe Johnson, otro jugador que nunca llegó a asumir por completo su rol de estrella en Atlanta. Pero sorprendentemente había muchos que se expresaban en otro sentido. "Sin duda, Teletovic", afirmaba una aficionada. "Probablemente Teletubby o Toko (Shengelia)", se manifestaba otro. Había decenas que se referían al bosnio, que llegará a su nueva casa después de haber promediado más de 24 puntos y casi 11 rebotes por cita en el pasado Preeuropeo, donde condujo a Bosnia a la clasificación para el Eurobasket de Eslovenia como primera de grupo. En realidad, nadie puede reprocharle nada en cuanto a números a lo largo de su carrera. Abandona la ACB tras haber anotado 502 triples en los 239 encuentros que ha disputado con la camiseta baskonista, lo que ofrece un promedio de 2,1 por cita. Entre los históricos en la especialidad, en este apartado sólo se ve superado por Andy Toolson (3,05), Mark Simpson (2,73), Velimir Perasovic (2,49),  Linton Townes (2,15), Igor Rakocevic (2,14) y Tyrone Ellis (2,14). Huelga decirlo, todos ellos jugadores exteriores.

"Tenía muchas ganas de venir a jugar a la NBA, pero quería escoger el mejor equipo para hacerlo", manifestó Teletovic en su presentación oficial. "Y creo que los Nets son la mejor opción", añadió el bosnio, que dispuso de ofertas tanto de los Jazz como de los Cavaliers al margen de la que puso sobre su mesa Prójorov. "Lo que quería era jugar para un equipo que quisiera hacer grandes cosas. Para un equipo que quisiera ganar el anillo", se soltó ambicioso, visceral, quizá irreflexivo, como es él, para lo bueno y para lo malo. Los Nets tienen ahora entre manos un arma letal, un caballo de carreras con un fusil milimétrico al que deberán domar y colocar sobre un campanario. Por ahí puede comenzar a edificarse una sólida carrera en tierras americanas. Por cómo era, generoso en la entrega, sincero y baskonista, pese a todo lo que he podido rajar en estos años, se lo deseo de corazón.

Os dejo un vídeo que he rescatado en el que se reflejan algunos de los motivos por los que creo que Teletovic puede llegar a disfrutar de una próspera carrera en la NBA. Echando la vista atrás, nos ha hecho disfrutar del baloncesto. Good luck Mirza!




21/6/12

El Benjamin Button de Río Tercero

Pablo Prigioni, pretendido por New York Knicks, podría convertirse a sus 35 años en el rookie más veterano en la historia de la NBA



Decía Pablo Picasso, que supo sorberle todo el jugo a la vida desde todos los puntos de vista, que cuando alguien le decía que era demasiado viejo para hacer algo, procuraba hacerlo enseguida. Otros no tienen tanta prisa. Algunos disfrutan el trayecto al que se supone que es su destino final. Y de repente, cuando menos lo esperan, aparece ante sus ojos la oportunidad que creían ya perdida. A Pablo Prigioni le ha sucedido cuando ya enfilaba el camino a las cocheras. El tren que para la mayoría pasa en los años mozos, al timonel argentino le ha sorprendido cuando enfilaba lo que muchos entendían como los últimos coletazos de una carrera marcada por ese espíritu ambicioso y combativo que lo ha mantenido siempre en primera línea de fuego. Cumplidos ya los 35, al base argentino se le han abierto las puertas de la NBA. Y aunque todavía no existe una oferta firme de los Knicks sobre la mesa (las franquicias de la competición norteamericana no pueden negociar oficialmente con los agentes libres hasta el 1 de julio ni firmar con ellos hasta el 11 ningún contrato), hay posibilidades de que en unos meses cambie la taquilla del vestuario del Buesa Arena, donde siempre ha ejercido como capitán general, por una en el Madison Square Garden, para convertirse en el novato más veterano que debuta en la NBA desde que, en 1976, adquirió su actual formato tras sumarse los principales equipos de la ABA. El Benjamin Button de Río Tercero, que ha acabado por convertirse en pieza fundamental de un Caja Laboral al que llegó con el cartel de jugador en la recta final de su carrera, está preparado para volver a dinamitar los pronósticos. Tiene en su mano la oportunidad de seguir haciendo historia.

Prigioni, que lo ha ganado casi todo en el baloncesto desde que cruzó el charcó en el verano de 1999, todavía tiene sed de aventura. Quiere más. Como cualquier niño que se calza por vez primera unas zapatillas de baloncesto, soñó algún día con pisar el parqué del Garden, con jugar en Los Ángeles, con tener la oportunidad de medirse con los mejores de los mejores. Y al final podría llegarle. Poco le ha importado a los Knicks lo que marca su carné de identidad, que dice poco de un tipo que en mayo cumplirá los 36. De hecho, la franquicia neoyorquina, que ve en él un tutor de lujo para moldear al fenómeno Jeremy Lin, tiene muy claro lo que está buscando en el mercado. Prigioni aparece en su lista de futuribles como la alternativa al verdadero objetivo, que no es otro que el eterno Steve Nash, tres años mayor que él. Si finalmente se frustra la opción de la estrella de los Suns, el argentino inscribirá con tinta indeleble su nombre en los almanaques de una competición en la que ningún jugador ha portado la etiqueta de rookie a una edad tan avanzada.

Un debut con ¡¡¡46 años!!!

Sólo existen dos casos en la historia del baloncesto norteamericano que podrían poner en duda esa condición de novato más anciano que ostentaría Prigioni. Pero los norteamericanos no los tienen en cuenta porque se remontan a los primeros años de la NBA, que se fundó como competición en 1946, y los jugadores en cuestión ya contaban con dilatada experiencia profesional en las ligas que le dieron origen. Uno de ellos, además, ni siquiera era jugador. Nat Hickey, que había hecho carrera en la BAA y la NBL desde finales de la década de los años 20, era el entrenador de los Providence Steamrollers en la campaña 1948/1949. En enero, sólo dos días antes de cumplir los ¡¡¡46 años!!!, decidió inscribirse como jugador para disputar un partido y tratar de ayudar a un equipo que cerró la temporada con un pésimo bagaje de victorias (4-25). El otro referente en cuanto a longevidad en un debut es Charley Shipp, que disputó su primer partido NBA con 36 años. El base se estrenó con los Waterloo Hawks en la campaña 1949/1950, aunque también este caso se coge con alfileres porque no había parado de jugar en la NBL desde 1937. Además, Shipp, en la que ya era su última temporada en activo, dirigía a los Hawks dentro y fuera de la cancha, puesto que también ejercía como entrenador del equipo.

Al margen de estos dos episodios cogidos por alfileres, casi descartados por todos, no existe jugador que pudiera hacer sombra a esa condición de rookie senil que podría adquirir Prigioni. La mayor parte de los analistas norteamericanos incluso comparten ciertas dudas en torno al considerado novato más veterano de la historia de la NBA, puesto que también contaba con cierta experiencia previa en alguna de las competiciones paralelas que se disputaban en Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX. En cualquier caso, Ben Goldfaden, que se disputó con 33 años dos partidos con los Washington Capitols en 1946 pudo presumir en vida de ser considerado por la mayoría como el más longevo en estrenarse en la mejor liga del mundo. La diferencia entre este y los dos citados anteriormente estriba básicamente en que Goldfaden contaba con experiencia en la ABL, y no en la NBL o la BAA, las consideradas como pioneras reales de la NBA.

Una oportunidad postrera para el 'Magic' francés

A partir de ahí, la mayor parte de los rookies más veteranos han sido casi siempre jugadores extranjeros que, como Prigioni, contaban con un lustroso palmarés en competiciones de otros países antes de saltar el charco. No es nada nuevo. Puede darse con jugadores españoles, como Jorge Garbajosa, que contaba con 28 años cuando se estrenó con los Raptors, o Juan Carlos Navarro, 27 cuando probó suerte con los Grizzlies, en una nómina que en todo caso encabeza el exjugador del Valencia Basket Antoine Rigaudeau. El jugador galo, al que cuando comenzó su carrera en el Cholet bautizaron como el Magic Blanco, pero que nunca llegó a satisfacer todas las expectativas depositadas en él, se estrenó con los Mavericks apenas dos meses antes de celebrar su trigésimo segundo cumpleaños. No tuvo mucho recorrido. En Dallas sólo jugó 11 partidos (1,5 puntos, 0,7 rebotes y 0,5 asistencias por cita) antes de ser traspasado, en verano de 2003, a los Golden State Warriors, donde no llegó siquiera a debutar.


Otro argentino, también exbaskonista y amigo de Prigioni, entró no hace tanto en las posiciones altas de la lista. Fabricio Oberto, también de vocación NBA tardía, se estrenó con los Spurs a los 30. Otros jugadores que hicieron el camino desde el Buesa Arena fueron un poco más precoces. Luis Scola firmó con los Rockets a los 27; Tiago Splitter se marchó a otra franquicia texana, los Spurs, a los 25; la misma edad que tenía Arvydas Macijauskas cuando abandonó el viejo TAU para fichar por los Hornets. José Manuel Calderón, en las filas baskonistas desde los 13 años, atendió la llamada de los Raptors una década después, sin haber cumplido aún los 24, mientras que Andrés Nocioni se marchó a los Bulls cuando aún le restaban unos meses para llegar a los 25.


Sin duda, esa parece la edad idónea, el punto justo de maduración para probar fortuna en la NBA, aunque algunos, como Mirza Teletovic, que en septiembre hará los 27 y parece encaminado a acabar en los renovados y relucientes Nets de Brooklyn, decidan esperar más. Erazem Lorbek, a quien se señala como futuro compañero de Splitter en San Antonio, entraría a sus 28 años a formar parte de la lista de los más rookies más veteranos, en la que también se encuentra otro ilustre trotamundos como Sarunas Jasikevicius, que había alcanzado los 29 cuando debutó con los Pacers, su primer equipo en la competición norteamericana. O incluso una leyenda como Arvydas Sabonis, de quien habría sido curioso saber dónde se encontraba su techo de no haber llegado ya a los 30 y con demasiado kilometraje en las rodillas. Sin embargo, nadie se acerca a Prigioni. Incluso por esto parece querer competir. Y ganar.

¿La recta final?

El tipo que se marchó al Madrid a buscar títulos, para luego volver con las manos vacías a Vitoria, el tipo que se enemistó con la grada del Buesa Arena tildando a la afición azulgrana de mediocre, para luego volver a metérsela en el bolsillo con su capacidad para sostener a un equipo desmoronado, se ha ganado el derecho a disfrutar de una bola extra. Josean Querejeta no tuvo reparos en reconocer cuando el Caja Laboral quedó eliminado en las semifinales de la ACB que le encantaría que el timonel de Río Tercero siguiera una campaña más en el equipo vitoriano. El entorno del jugador, a través de su agente, se manifestó en la misma línea. Pero nadie contaba con los Knicks. Había interés por ambas partes, y lo seguirá habiendo si se frustra su posible asalto a la NBA, esa posibilidad de convertirse en el abuelo de los novatos.

En un par de semanas se desvelará si el argentino puede disfrutar de este tren que ya nadie, ni él, esperaba o si por el contrario prolonga un año más su estancia en Vitoria. Lo que parece claro es que sería de estúpidos pensar que, pese a su edad, escoja el camino que escoja la próxima será su última campaña en la élite. Devoto de su físico, hasta el punto de que esta campaña ha sido capaz de superar la media hora sobre el parqué por partido, Prigioni ha evidenciado que aún le queda cuerda para rato. Como Benjamin Button, parece cada día más joven. Y más si acaba por marcharse a una competición en la que no son pocos los jugadores que prolongan sus carreras hasta límites insospechados, como a lo largo de los años han hecho estrellas de la talla de Kevin Willis (44), Robert Parish (43), Kareem Abdul-Jabaar (42), Dikembe Mutombo (42), Bob Cousy (41), John Stockton (41), Karl Malone (41), Michael Jordan (40), Ricky Mahorn (40), James El Chino Edwards (40), Cliff Robinson (40), Charles Oakley (40) o los aún activos Grant Hill (39), Jason Kidd (39), Steve Nash (38), Marcus Camby (38), Derek Fisher (37), Ray Allen (36) o Kevin Garnett (36). Con estos precedentes y su insaciable apetito competitivo, Prigioni podría tomarse sin agobios su periodo de adaptación. Quién sabe. Quizá el Benjamin Button de Río Tercero pueda plantearse el reto de batir otra marca de longevidad. Pero esa es otra historia y todo esto, por el momento, sólo el cuento de la lechera.

22/5/12

Nieve, verano, nostalgia y la sonrisa de Monchito

Aunque estamos inmersos en un play off en el que el Baskonia se ha propuesto escribir una nueva página dorada en su historia, tratando de reproducir el milagro que hace sólo dos años condujo al tercer título ACB, quiero compartir con vosotros una ventana al recuerdo que he rescatado por encargo de los responsables de la revista del club '5+11'. El director de comunicación del Caja Laboral, Nacho Goicoechea, me pidió que le remitiera unas líneas con algún momento que se me hubiera quedado grabado en la retina, y no tuve dudas: la Copa del Rey de 2004, que se celebró en Sevilla, pasa por ser el momento álgido, desde mi perspectiva, de la era dorada de un equipo que contaba por aquel entonces con un elenco de jugadores seguramente irrepetible. Echemos la vista atrás ocho años.


Nieve, verano, nostalgia y la sonrisa de Monchito


Sucedió en Sevilla, en un mes de febrero que fue verano. Y en Vitoria, donde febrero siempre es febrero pero aquel resultó especialmente gélido. Ni siquiera la nieve logró evitar que el baskonismo festejara el único título que pudo alzar la que, a mi juicio, ha sido la mejor plantilla que ha tenido el club azulgrana en toda su historia, la de la campaña 2003/2004. En el Municipal de San Pablo, en una ciudad anegada de baloncesto, los héroes que despertaron ese espíritu nostálgico tan propio de una afición que no acaba de pensar en clave de presente, que se aferra al recuerdo, se conjuntaron para crear un equipo que la NBA fue desmembrando con el paso de los años y conquistar el cuarto título copero en la historia del club gasteiztarra.

Sol y hielo. Norte y sur. Recuerdo que escapé de la nieve, no sin algún susto, cuando las máquinas casi ya no podían hacer nada por limpiar la autovía. El miércoles comenzaron los problemas. Era la antesala de aquellos dos días de caos en los que algunos conductores llegaron a quedar atrapados durante 17 horas entre Armiñón y Burgos y que a la larga acabaría con una histórica sentencia contra las empresas gestoras de la vía. En Sevilla, con temperaturas que llegaron a superar los 30 grados a lo largo de ese fin de semana, aquellos fríos polares que cubrieron con un manto blanco la Llanada parecían un sueño distante.

Una plantilla de ensueño

En aquel Baskonia no faltaba nadie. Dusko Ivanovic disponía de un plantel de ensueño: Prigioni, Calderón, Macijauskas, Vidal, Nocioni, Scola, Kornel David, Betts,Splitter...y Javi Buesa, a quien me encontré poco después de bajar del AVE (había dejado el coche en el parking de Atocha, que dos semanas después se teñiría de terror con los atentados del 11M). Estaba en el hall del hotel donde se hospedaban los equipos, muy cerca tanto de la estación como del pabellón de San Pablo. Le recogí unas declaraciones para el programa de mediodía, porque acudí a aquel torneo como enviado especial de Radio Álava. "Vamos a ganar seguro", me dijo cuando ya había apagado el minidisc. Y se le escapó una sonrisa tan sincera, tan pícara, tan tranquilizadora, que se me disipó cualquier duda. "Tengo que cuidarme la voz porque vamos a tener que estar cantando canastas hasta el domingo", recuerdo que pensé. A duras penas pude cumplirlo. Fueron días muy largos, noches muy intensas. Era la Copa. Y conforme avanzaban las jornadas la ciudad iba adquiriendo un mayor colorido azulgrana, a pesar de que las noticias que llegaban desde Vitoria resultaban cada vez más desalentadoras en cuanto a lo meteorológico. Todas las salidas estaban bloqueadas por una de las mayores nevadas de las últimas décadas. En Sevilla, lucía el sol. Sobraban las chaquetas aquella semana de finales de febrero.

El primero en caer fue el Estudiantes, que se cobraría la venganza en el cruce liguero de los play off, una dolorosa estocada para un equipo que debió haber sumado algún título más. Fue el viernes, en el segundo turno, y brilló un Nocioni al que le quedaban meses para hacer las maletas y marcharse en busca de gloria a la Ciudad del Viento. Los 24 puntos y 12 rebotes del santafesino, soberbio, arrebatador, arruinaron la excelente actuación de un Felipe Reyes (25/10) que aún no había consumado su traición al club del Ramiro. Al igual que Nocioni, cambiaría de colores el verano siguiente.

El sábado, en semifinales, tocó el anfitrión. Recuerdo el cariz surrealista que adquirían las retransmisiones. Mientras en Sevilla sudábamos la gota gorda, en los estudios centrales nuestros compañeros nos relataban los enormes problemas que estaban generando las nevadas. Vitoria estaba casi incomunicada. Pero el sábado había más bufandas azulgranas que el viernes. Y el domingo, en la final, habría aún más. El Caja San Fernando apenas fue rival para un equipo que ya apuntaba a campeón. El TAU se impuso por 25 puntos, con un Luis Scola descomunal que no concedió opción alguna a la sorpresa. La condición de favorito de aquel equipo conformado por los grandes iconos del baskonismo se agigantaba conforme pasaban los días. Sólo quedaba un escalón más.

La irrupción de Rudy Fernández

La última parada conducía al equipo de Ivanovic ante el DKV Joventut de un descarado Rudy Fernández, que se había cargado al Barça de Navarro y Varejao en semifinales. Cuando llegó la hora de la verdad, resultaba imposible saber cómo, pero Sevilla estaba ya atestada de aficionados baskonistas. Huyeron del invierno para convertir el pabellón de San Pablo en un infierno donde, por compasión, el resto de aficiones (y la mayor parte de la prensa nacional) se puso del lado de la Penya. No sirvió de nada.

Aquel era un Baskonia mayúsculo, histórico, inaccesible para el equipo verdinegro, que aún así recuerdo que llegó a vender muy cara la derrota, sobre todo por culpa de un Rudy que acabaría llevándose –de manera injusta, a mi modo de ver– el trofeo de MVP. Entonces el galardón lo concedíamos los periodistas. La prensa vitoriana dividió sus votos entre Nocioni y Scola, de nuevo los mejores en la final, y el resto buscaba iconos. En cualquier caso, el baskonismo estalló de júbilo en aquella noche veraniega de febrero, que volvió a ser larga, en unas calles de Sevilla en las que se entonó el Celedón con más de cinco meses de antelación. Todavía recuerdo los cánticos, junto a la salida del parking del Municipal de San Pablo, de centenares de hinchas vitorianos que aguardaron hasta que salieron los campeones. Abrazos, lágrimas, sudor, una unión entre jugadores y aficionados que quizá el tiempo ha debilitado. Y, cómo no, la imagen de Javi Buesa, sonrisa de Monchito, con su pequeña reproducción de la Copa. "Ya te lo dije", me guiñó mientras buscaba a su familia entre el gentío, que gritaba al son de la charanga. Como todos aquella noche que ahora se contempla inevitablemente con un halo de nostalgia.

Os dejo un vídeo que he encontrado en la web (no hay muchos, la verdad) en el que se ven los instantes finales de la final. El Baskonia afrontó los dos últimos minutos con un quinteto compuesto por Calderón, el mejor Macijauskas, Nocioni, Scola y Kornel David, que tuvo que dejar la cancha antes de tiempo por personales y su sitio lo ocupó Andrew Betts. En el banquillo, casi nada: Vidal, Splitter, Prigioni, Buesa... Repito, aunque está abierto a debate, a mi modo de ver la mejor plantilla de la que ha dispuesto el club vitoriano en su más de medio siglo de historia.





12/12/11

Sin pívots no hay paraíso

La fragilidad de su juego interior condena al padecimiento a un Caja Laboral que bien entrada la temporada se encuentra todavía demasiado lejos del nivel exigido para pelear con los grandes equipos de la ACB y la Euroliga


Han transcurrido once jornadas de la Liga Endesa y ocho de la Euroliga y el desconcertante nuevo proyecto del Caja Laboral se encuentra en el mismo punto desde el que partió. Más de dos meses después del arranque oficial de la competición, ofrece muchas más dudas que certezas, más allá de que la bonanza del calendario le haya permitido hasta el momento mantener el equilibrio en la carrera de obstáculos en que se ha convertido este primer tramo del curso. Mucho se ha debatido en este tiempo en torno a si la responsabilidad del achacoso devenir del equipo azulgrana debe atribuirse al técnico, incapaz de sacar partido a su plantilla, o a los directivos, que en época de recortes se han visto incapaces de atinar con su habitual habilidad en la confección del proyecto. De un modo u otro, creo que todos tienen su parte de culpa. Por un lado está Ivanovic, entre cuyas virtudes en absoluto figura la ductilidad de carácter, que se ha mantenido inflexible y en cierta manera ha complicado más de lo necesario el ensamblaje de algunas de las nuevas piezas con las que contaba para recomponer un equipo bastante diezmado tras la operación salida (Huertas, Barac, Batista, Logan...) del pasado verano. Por el otro la directiva, atada de manos por las apreturas económicas, perjudicada por imponderables como las lesiones e incapaz de armar un bloque cuando menos aparente, que invite a la afición a soñar, en lugar de un edificio sin cimientos, sin pilares sobre los que apoyarse. A la vista de todos ha quedado el sonrojante rendimiento de los interiores en las últimas citas. Y sin jugadores que sean capaces de dar la cara cerca de los tableros, el baloncesto resulta un deporte muy complicado.

A nadie se le escapa que la situación que atraviesa ahora mismo el conjunto baskonista queda marcada por las decisiones de planificación y los inconvenientes inesperados que llegaron después. En un mercado donde la demanda de cincos superaba con mucho a la oferta, el Baskonia tomó la (¿valiente?, ¿insensata?) decisión de desprenderse de los dos con los que contaba, ante la necesidad de recaudar, y realizó su apuesta. El problema es que Maciej Lampe, uno de los jugadores contratados para formar parte del esqueleto estructural del nuevo proyecto, tenía un grave problema físico (Cosas del labrum) que trastocó -habrá que ver hasta qué punto- todos los planes del club. No puede negarse que de aquellos barros vienen estos lodos. Más allá del parche temporal de Kevin Seraphin, que obligó a Querejeta a incumplir su deseo de no reclutar a jugadores sujetos temporalmente al lockout, todos los movimientos posteriores han despedido un terrible hedor a remiendo. No se ha dado con la tecla, ni mucho menos, para conformar un juego interior de garantías. Ya no digo que marque la diferencia, sino simplemente digno de un equipo que, conviene no olvidarlo, ha contado durante los últimos años en sus filas con varios de los pívots más determinantes del baloncesto europeo: Dejan Tomasevic, Fabricio Oberto, Kornel David, Luis Scola, Tiago Splitter, y si se apura incluso a Barac.

Muy lejos de los grandes

Enumerar a esos referentes del baskonismo moderno y someterlos a una comparación con los actuales inquilinos del frontcourt azulgrana puede dar lugar a insoportables episodios transitorios de nostalgia, enajenación o apatía. La cosa es así de cruda. El Caja Laboral, como ha quedado demostrado en los últimos partidos, está condenado al sufrimiento porque cuenta con una batería de hombres interiores que dista años luz de la que ha tenido en los últimos años y, sobre todo, de la que debe tener cualquier equipo que pretenda considerarse un aspirante a los títulos. La situación resulta así de dura a escasos dos días para que juegue el partido más importante de la temporada, porque ahora mismo da la impresión de que entrar al Top 16, certificar el billete para la Copa y pelear por seguir la estela de los dos grandes en la ACB son los únicos objetivos que pueden contemplarse con cierta sensatez. No sé qué sucederá de aquí a un mes, cuando se espera el retorno de Lampe y la directiva habrá cerrado ya el poste que lleva semanas buscando en el mercado sin excesiva fortuna. Pero en vísperas de encarar el duelo contra el Nancy del que penden todas las esperanzas continentales del Baskonia, el mero hecho de tener que medirse a un equipo que dispone de un pívot bastante aseado como Akingbala, un 2,09 que pasó por Lleida y que está siendo uno de los pilares del equipo francés durante y después del paso de Nico Batum, debe como mínimo inspirar cierto respeto a la afición vitoriana.

La cosa no es para menos. Si ya con Milko Bjelica, al que ahora se añora, había mucha gente que consideraba muy limitado el juego del equipo en la pintura, tras la lesión del montenegrino la situación ha adquirido tintes dramáticos. A quien le parezca que temer la presencia de cualquier pívot decente en el equipo contrario puede resultar exagerado, le invito a recordar simplemente lo que ha sucedido en los últimos compromisos del conjunto gasteiztarra. Ilustres veteranos como Marconato o Papadopoulos desangraron sus opciones de victoria en las dos últimas citas de Euroliga. Aunque lo más grave sucedió en Murcia, donde James Augustine sacó a relucir las facilidades que cualquier interior con cierta solidez puede encontrar en la zona baskonista.

Otra cruz para Joey Dorsey

Ya digo que todo lo que está sucediendo tiene más que ver con la planificación, incluyendo en este apartado las circunstancias desafortunadas que se han producido, que con la gestión de los recursos, pero aun teniendo en cuenta esto pienso que desde el banquillo tampoco se está sacando el máximo rendimiento a lo que hay, que quizá no es demasiado pero podría ser más. Ivanovic le ha puesto la cruz a Joey Dorsey. Esta temporada tenía varias para repartir y el antiguo compañero de José Manuel Calderón en Toronto se ha ganado una. He leído y escuchado muchas críticas en torno a este jugador. He llegado a leer que es uno de los peores americanos de la ACB. No comparto en absoluto esa visión. Tiene muchas, muchísimas limitaciones, tanto técnicas como si se quiere tácticas, pero llegó a Vitoria con una misión y diría que su rendimiento no está tan alejado de lo que muchos creíamos que debía aportar. Llegó para cubrir un hueco salarial bastante reducido, como cuarto pívot, para aportar físico, ayudar en el rebote (es quizá el único que maneja el concepto de cerrarlo), colocar bloqueos y seguir a Prigioni en las continuaciones del pick and roll. Otra cosa es que la situación anómala que se ha producido lo haya convertido en el pívot titular de un equipo como el Baskonia, para lo que no está ni de lejos capacitado. Su rol quedaba claro cuando se supo que fichaba: aportar entre 10 y 15 minutos de intensidad mientras los otros jugadores interiores descansaban o se refugiaban de las faltas en el banquillo. Lo más duro del tema es que, aun con sus evidentes carencias, los mejores momentos del equipo vitoriano en los últimos partidos han llegado con el jugador de Baltimore sobre la cancha. Y es ahí donde creo que Ivanovic se equivoca de plano. Dorsey está en el grupo de jugadores que a la mínima se van al banquillo para no volver. Cosas de Dusko. De nada sirve que tanto en Atenas como en Murcia, ya sin Seraphin, el Caja Laboral más equilibrado que se ha visto haya sido precisamente el que saltó de inicio al parqué. Y no quiero que nadie malinterprete este análisis. No pienso que sea nada del otro mundo, pero desde luego es un jugador que, si asimila el nivel de contacto permitido y adapta algunos automatismos ofensivos con el base argentino, podría ayudar mucho más al equipo en estos momentos de vacas flacas.

No sé si para analizar al resto de jugadores que actúan en las posiciones de cuatro y cinco estas últimas semanas puede valer el concepto de interiores. A Mirza Teletovic poco se le puede criticar desde un punto de vista de entrega y actitud. Tampoco en acierto se le pueden poner pegas. Pero considerarlo como pívot es poco menos que un sacrilegio. El bosnio ayuda en el rebote, más por potencia de salto y por corpulencia que por concepto, pero su capacidad (o más bien incapacidad) defensiva queda reflejada cada partido. Y si forma pareja interior con Nemanja Bjelica, qué se puede decir. Los últimos partidos partidos han retratado la endeblez de una apuesta habitual en un Ivanovic que, incluso teniendo a Seraphin en sus filas, repetía con Milko Bjelica y el bosnio. El Baskonia lleva toda la temporada jugando sin presentar amenaza alguna en la pintura (salvando las contadas ocasiones en las que el poste galo de los Wizards estaba en cancha). El desequilibrio resulta evidente hasta un punto alarmante. Es por ahí por donde se está desangrando el proyecto, que como digo puede aún enderezar el rumbo si Lampe cumple los plazos, se recupera convenientemente de su lesión y finalmente la directiva da con ese pívot que busca en el mercado y que, me temo, acabará forzando con su llegada la rescisión de contrato de Dorsey.

El último en llegar ha sido un Vladimir Golubovic que ya sabemos lo que puede dar de sí: demasiado poco para lo que requiere en estos momentos el equipo. Pero no hay más. Su llegada no hace sino reflejar las complicaciones que presenta ahora mismo el mercado, con muchos equipos europeos buscando recambio a los inmigrantes del lockout que han realizado el camino de vuelta tras el acuerdo entre el sindicato de jugadores americanos y la patronal. A pesar de que su agente se lo ofreció al club vitoriano una semana antes, cuando quedó desligado de su anterior equipo y se supo que Seraphin debía volver a Washington, en un principio fue rechazado. Al final, y mientras se encuentra algo mejor, la coyuntura ha obligado al Caja Laboral a reclutar a un jugador que conoce la casa (formaba parte de la plantilla que ganó el tercer título liguero en 2010) y que goza de la confianza del entrenador. En cualquier caso, no es desde luego el antídoto a los problemas de un equipo que con este juego interior, con todo el dolor de mi corazón, creo que no puede aspirar a nada. Esperemos que al menos Ivanovic sepa ordenar sus piezas y sacar rendimiento al mucho talento con que cuenta en otras posiciones para salvar el match ball del miércoles y asegurar la entrada al Top 16. Si lo logra, el guión de esta película aún puede encontrar muchos giros.

12/9/11

Cualquier tiempo pasado



Lo escribió Jorge Manrique, hace más de cinco siglos, para exponer el dolor que le provocó la muerte de su padre. Pero me vino a la cabeza la madrugada del sábado, mientras gozaba de uno de los partidos más intensos y atractivos que recuerdo en mucho tiempo. Hablo de la semifinal del Preolímpico que disputaron en Mar de Plata las selecciones de Argentina y Puerto Rico. Fue un choque pleno de intensidad, de alma, en el que se pudo paladear un baloncesto sin disfraces, sin cálculos, donde dos equipos radicalmente diferentes se lanzaron a pecho descubierto a por el triunfo, en busca de una plaza en los Juegos de Londres. Al final el triunfo se tiñó de albiceleste, para gozo de los miles de argentinos que auparon a sus ancianos (con todo el cariño) y los llevaron en volandas hacia la victoria. Un equipo en el que sólo dos jugadores bajan de la treintena -Juanpi Gutiérrez (27) y Carlos Delfino (29)- tiró del carácter y las vísceras que han convertido a este grupo de talentos en, sin duda alguna, la mejor selección de la historia de su país y me generó una suerte de nostalgia que me trasladó a Manrique y los tiempos en los que estudiábamos los tópicos de la poesía renacentista, el tempus fugit inexorable. Supongo que a la mayoría le sonarán estos versos.

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

En aquel pabellón de Mar de Plata se concentraban la madrugada del sábado varios de los jugadores que han lucido con mayor orgullo en su pecho el escudo del Baskonia, tipos que sumaron para lograr que el club de una pequeña capital de provincia se hiciera por derecho propio con un hueco en todos los mapas del baloncesto continental. Fue como echar un vistazo al pasado, a unos tiempos gloriosos que ahora mismo muchos añoran en Vitoria. Las dudas se han apoderado de la afición azulgrana en un verano que se está mostrando, si cabe, más complicado que de costumbre. La marcha de algunos de los pilares que han sostenido estos últimos años al Caja Laboral, como Barac o Marcelinho, ha incrementado la sensación de orfandad que, sin embargo, brotó cuando Tiago Splitter, quizá el último gran referente de este club, decidió probar suerte en la NBA.

Más allá de que Josean Querejeta y sus colaboradores logren finalmente armar un plantel que devuelva la ilusión a la hinchada, algo que ahora mismo parece utópico, en Vitoria se echa en falta la esencia de irreductibilidad que hizo grande y despertó el orgullo de un equipo que se ganó un espacio en la élite gracias a unos principios que van más allá de los resultados y los títulos. En ese partido entre Argentina y Puerto Rico se reunían un puñado de los mejores jugadores que han vestido la elástica azulgrana en la última década. Había varios ex. Dos en las filas boricuas: el fugaz temporero Andrés Rodríguez y el genial Carlos Arroyo, un jugador que podría haberse forjado una carrera de estrella en el Viejo Continente. Y cuatro en Argentina: Fabricio Oberto, Luis Scola, Andrés Nocioni y Pablo Prigioni, que no es pasado sino futuro próximo y ha demostrado en este torneo que sigue conservando la ambición y el carácter competitivo que le permitieron crecer al ritmo del propio Baskonia hasta convertirse en uno de los mejores directores de juego de la ACB.

Argentina jugó el partido con la misma intensidad y entrega que tanto se ha apreciado siempre en el Buesa Arena. Quizá en otros lares se exigen otras cosas, más talento, baloncesto de mayor calidad, por encima de este tipo de valores. Vitoria es, baloncestísticamente hablando, una ciudad de principios. Aquí se ha exigido siempre compromiso, implicación, la asunción de unos colores y la identificación con la grada. Y creo que es eso lo que precisamente añora el aficionado baskonista. No sé si es porque el equipo ha acabado por asumir su condición de grande y el perfil de los jugadores ha caído en cuestiones relacionadas con el hambre o si todo esto tiene que ver con el carácter tan fugaz de las plantillas, que cambian tan radicalmente de un año para otro, pero lo cierto es que me atrevo a asumir que lo que genera el desasosiego que sigo percibiendo en el entorno del Caja Laboral está relacionado con la pérdida de comunión entre el equipo y la grada.

Huérfano de referentes

No todo tiene que ver con los títulos. Es más una cuestión de referentes. Y en el Baskonia de los últimos años se han contado con los dedos de una mano. Hace no mucho, poco antes del verano, leí a un compañero de profesión que respeto mucho decir que uno de los motivos que han provocado la pérdida de popularidad que ha padecido el baloncesto en este país radica en la escasa permanencia de los jugadores en los equipos. El equipo vitoriano no se ha visto exento de esta corriente. Splitter, Scola o Calderón, por poner algunos ejemplos de aquel tiempo pasado, brotaron de la cantera, crecieron en las categorías inferiores e hicieron carrera con la camiseta del primer equipo antes de emigrar en busca de mayor gloria. Los últimos grandes iconos baskonistas han seguido otras sendas. De la plantilla actual, si exceptuamos a un Prigioni que tendrá que volver a empezar de nuevo, el poso lo ponen Mirza Teletovic, el capitán, y el beatificado Fernando San Emeterio. El bosnio se dispone a iniciar su sexta temporada en el club. El cántabro, héroe tras haber sido prácticamente descartado tras su primer curso en Vitoria, emprenderá cuando regrese de Lituania su cuarto ejercicio en este equipo. Oleson y Ribas, dos hombres que en absoluto han ejercido el papel de líderes, van a cumplir su tercera temporada. Pero el equipo hace algún tiempo que no transmite lo mismo.

Hace poco más de un año, navegando contra corriente, llegó el último título, la tercera ACB de la historia del club. En realidad, el goteo de trofeos ha seguido un ritmo relativamente constante que en los últimos cursos hasta que, coincidiendo con ese éxodo de los grandes referentes, se ha ralentizado. Desconozco cuál puede ser el camino para enmendar este problema, la fórmula que devuelva ese carácter que en teoría tanto debería casar con la filosofía de Dusko Ivanovic. En un contexto en el que las apreturas económicas han marcado la estrategia deportiva, con los grandes rivales a una enorme distancia en cuanto a presupuesto, el Baskonia está obligado a hilar mucho más fino en la composición de las plantillas y ha visto muy reducido su margen de paciencia para madurar alguna de sus apuestas.

En busca de las señas de identidad

A Josean Querejeta se le presenta la compleja papeleta ya no sólo de sobreponerse a los numerosos contratiempos que están surgiendo y componer una plantilla que presente un nivel suficiente como para competir. Necesita también dotar de alma a un equipo desnaturalizado. No será fácil, desde luego, pero la apuesta que realizó el máximo dirigente de la entidad gasteiztarra en junio, cuando decidió prolongar por dos años su vínculo con Dusko Ivanovic, marca el camino que pretende seguir. De un modo u otro, el objetivo primordial de la dirección deportiva pasa por conseguir que el plantel azulgrana recobre sus señas de identidad, su espíritu indomable. Será el primer escalón de una escarpada escalinata hacia la pelea por los títulos, algo de lo que el pasado año quedó descabalgado el Caja Laboral. La elección de Prigioni, un tipo que conoce la casa como pocos, un guerrero, uno de esos abuelos que el sábado participó en un duelo épico y lo ganó, puede inscribirse en este marco. La directiva parece dispuesta a echar la vista atrás, a los orígenes, para devolver su esencia al equipo. No resultará en absoluto sencillo. No hablamos de algo que se pueda hacer de un día para otro. Y da la impresión de que el remedio a este mal se encuentra distante en el tiempo, puede estar en los prometedores valores que comienzan a despuntar en las categorías de formación.

Por el momento, lo que parece claro es que el calendario avanza y siguen existiendo incógnitas en torno a la composición de la plantilla. Más allá de la carencia de ese espíritu que tanto se reclama, ahora mismo faltan jugadores. Y eso incrementa el nerviosismo entre la hinchada. Es cierto que este club siempre ha apurado los plazos, pero no lo es menos que resulta inquietante comprobar que a menos de tres semanas para que arranque la competición la plantilla carece de pívots. El fichaje de Richard Hendrix, un jugador que por estatura y perfil parece que no colma del todo la ausencia de un cinco dominador, se hará oficial en cuestión de horas. A partir de ahí, restará la llegada de otro elemento para completar la batería de interiores. En principio, el club descarta de plano conceder ese espacio a Dejan Musli, a quien Ivanovic aprecia lo justo y se le sigue buscando un destino. Sea quien sea el elegido, da la impresión de que, salvo que se trate de Splitter o Scola, tampoco llegará nadie llamado a ocupar esa plaza de icono que el equipo y sobre todo la grada tanto añora. La capacidad de Prigioni, San Emeterio y el caótico Teletovic para recuperar el idilio con la grada, para transmitir, puede resultar una receta para los que sentimos añoranza. En su mano está disipar las dudas y evitar que sigamos pensando en aquello que dijo el poeta. Cualquier tiempo pasado no tiene por qué ser mejor.

27/6/11

Metta World Peace


Hace unos días Ron Artest, el polémico alero de Los Ángeles Lakers, volvió a ser noticia fuera de las canchas. Ahora le ha dado por cambiarse el nombre. Emulando a otras figuras de la NBA, pretende que se le conozca como Metta World Peace, una denominación con la que trata de confirmar el radical giro que ha adoptado su carrera en los últimos años. Artest, uno de los mejores defensores de la competición estadounidense, premiado en 2004 como el mejor, ha optado por un nombre tan rimbombante como cabría esperar en un personaje tan capacitado para la controversia.

Metta significa bondad para los budistas, mientras que World Peace, en inglés, quiere decir Paz Mundial. Dos términos que chocan frontalmente con algunos de los pasajes más célebres en la carrera del neoyorquino, uno de los principales protagonistas de aquella increíble batalla campal que vivió el Palace de Auburn Hills en 2004 durante un partido entre los Pistons y los Pacers.

Artest ha cambiado. O al menos quiere hacer ver que ha cambiado. El personaje que llegó a confesar que bebía alcohol en los descansos de los partidos durante su etapa en los Bulls, el equipo con el que inició su carrera profesional, ha dejado paso al filántropo que subasta por internet uno de sus anillos de campeón y después dona el dinero obtenido para que los adolescentes puedan contar con un psicólogo en cada uno de los colegios de Estados Unidos. Así es Artest, puro extremismo. Para lo bueno o para lo malo, Metta World Peace se ha abierto un hueco en el almanaque de especímenes que salpimentan el baloncesto americano. Un alivio para una competición necesitada de iconos, de figuras extravagantes, tanto o más importantes que las estrellas para vender camisetas y mantener el magnetismo.

No quiero entrar a debatir en exceso el cambio de nombre que pretende asumir el alero de los Lakers. Ya ha presentado la documentación pertinente y en unas semanas puede hacerse efectivo. Bueno, no lo voy a debatir porque, básicamente, me parece una astracanada, un nuevo giro de tuerca en la carrera de un jugador que, lo quiera o no, será más recordado por sus salidas de tono que por haber sacado partido al excelente físico que posee y que le ha permitido, cuando ha estado centrado o sobrio, firmar soberanas exhibiciones defensivas ante algunas de las principales figuras que han pasado por la NBA en los últimos años.

Un soberbio defensor

Su llegada al Staples Center vino avalada por la labor de desgaste que le aplicó a Kobe Bryant durante la semifinal de Conferencia Oeste de 2009. A pesar de que los Lakers conquistaron el anillo, y de la más que aceptable aportación a la causa de Trevor Ariza, la directiva del combinado angelino reaccionó para reclutar al tipo que peor se lo había hecho pasar a su principal estrella. El verano siguiente, el pasado, repetirían operación: Matt Barnes, otro exterior que había sacado chispas a sus duelos con Kobe, acabaría cambiando las playas de Florida por las de California. Barnes es un Artest en potencia, pero le queda mucho camino por recorrer. Para empezar, le queda haber vivido una juventud plagada de alcohol y drogas, que ni siquiera la paternidad que llega demasiado pronto, con apenas 19 años, pudo frenar.

"Cuando era joven salía mucho de fiesta. Y lo de ser padre tan joven... ¡Wow! En aquel entonces todo era marihuana y alcohol, vivía al límite. Ahora también salgo, aunque no con tanta frecuencia", le reconocía el futuro Metta World Peace a la revista Sporting News en una entrevista. "Solía salir de fiesta todas las noches", remachaba sin pelos en la lengua.

Hennessy, un caro cognac francés, es lo que bebía en los descansos durante su etapa en Chicago. Con otros hábitos, quizá su carrera podría haber podido seguir otra trayectoria. Aun así, entró en el segundo mejor quinteto de rookies y firmó una temporada más que aceptable en su estreno (12 puntos y 4,3 rebotes por duelo). A pesar del mimo con el que lo trataron los rectores de los Bulls, ya por aquel entonces comenzaron a aparecer en la prensa sus primeros actos de indisciplina: escapadas nocturnas que poco a poco fueron abriéndole la puerta de salida de un equipo que, en cualquier caso, atravesaba una crisis de identidad, se encontraba en plena reconstrucción tras la segunda retirada de un Jordan que aún impartiría sus últimas lecciones de baloncesto en Washington.

Después de dos irregulares temporadas en los Bulls, acabaría siendo traspasado a Indiana mediado el curso 2001-2002. En los Pacers, franquicia sin mácula, tradición beata durante tantas décadas, terminó por formar parte de un vestuario muy complicado, plagado de jugadores rebotados, y mucha anarquía. Pero mejoraron sus números. Al menos hasta que llegó la batalla campal de Detroit, que le costaría una sanción ejemplar y cortaría una temporada en la que había arrancado como una moto, con casi 25 puntos de media. Artest, pese a sus esfuerzos, y la evidente mejoría que ha experimentado en cuanto a disciplina, jamás logró sacudirse ese estigma.

Una carrera marcada por el escándalo

A la vuelta de su lesión, los Pacers se aprovecharon del excelente inicio de campaña que estaba firmando y se libraron de él. Lo enviaron a unos decadentes Sacramento Kings. El cambio de aires no truncó su aparente crecimiento. Artest parecía haber enmendado en cierto modo su disoluto modo de vida y se hizo importante en un equipo desnortado. ¿Quiere decir esto que fue en Sacramento donde se gestó este nuevo Metta World Peace? Me permito ponerlo en duda. El escándalo lo siguió hasta la capital de California. Cómo no. Un juez procesó al ahora jugador de los Lakers por agresión a su esposa, a la que las crónicas de la época -hablamos de 2007- aseguran que además privó de libertad en su domicilio conyugal. Fue la gota que colmó el vaso, y quizá el último golpe mortal de necesidad a una carrera que ya jamás volvería a señalarlo como un jugador ofensivamente decisivo. Los Kings, visto lo visto, también se lo quitaron de encima apenas unos meses después.

Existe una conexión con el baskonismo (aunque no lo parezca ni haga falta que la haya) en toda esta historia. El traspaso múltiple que dio con sus huesos en los Rockets, allá por agosto de 2008, implicaba a un jugador que posteriormente se enfundaría la elástica del ya Caja Laboral: el temporero Sean Singletary. En la ciudad texana, por otro lado, se encontró con un Luis Scola que comenzaba a coger galones. Artest, de hecho, sufrió su mutación definitiva en los Rockets. Fue donde comenzó a asimilar un rol mucho más secundario, un papel de especialista defensivo que a la postre lo conduciría a los Lakers y, por ende, a coronar una carrera tan jalonada por la polémica con un anillo que otros muchos jugadores añorarán tras la jubilación. Incluso sus formas (salvando alguna que otra bronca sin demasiada importancia) comenzaron a serenarse.

Vida o muerte en las canchas

A partir de ahí, ya se ha contado. Se mudó a Los Ángeles y comenzó esta campaña de lavado de imagen que convence a una minoría. Porque si algo se puede esperar de Ron Artest es, justamente, lo inesperado. Así es como él aprendió a entender la vida, tan próxima a la muerte, desde que nació. Por eso no sorprende que cuando recogió el trofeo de campeón, mientras todos sus compañeros se acordaban de sus familias en las dedicatorias, a él le viniera a la mente su barrio, la gente con la que se crió en la calle, antes incluso que su mujer y sus hijos.

Su infancia en una de las zonas más conflictivas de Queens, en Nueva York, le enseñó a jugarse el pellejo por cada pelota. Literalmente. En una entrevista concedida a la célebre reportera de la televisión estadounidense Doris Burke, el alero de los Lakers relataba cómo cuando era niño llegó a presenciar el asesinato de uno de sus vecinos en una cancha de baloncesto. "Era todo tan competitivo que un chico rompió una de las patas de una mesa y se la clavó a otro directamente en el corazón", rememoraba con su habitual frialdad. "Murió prácticamente en el acto, allí, en la misma cancha donde jugábamos cada día".

Sólo un tipo que ha crecido en la conciencia absoluta de que hay que ganarse cada segundo de vida puede permitirse el lujo de lucir los peinados más estrambóticos que se recuerdan desde la retirada de Denis Rodman, emprender una carrera musical sin futuro alguno pero que promociona henchido de orgullo o lanzarse a puñetazos contra la hinchada de Detroit en aquella mítica noche de noviembre de 2004. Jamás se ha mostrado realmente arrepentido por aquello. "No veo nada de lo que sucedió que ahora haría de otra manera. No fue mi culpa", aseguró en otra entrevista. Ése es Metta World Peace, un hombre arrepentido que lucha por cambiar. La pregunta es: ¿podrá algún día conseguirlo?

Os dejo el vídeo de la pelea que protagonizó en el Palace de Auburn Hills junto a sus compañeros Jermaine O'Neal y Stephen Jackson y el rocoso Ben Wallace, entre otros muchos. Un clásico básico de las tánganas deportivas.


7/6/11

Cambio de ciclo


Análisis de la temporada del Caja Laboral (I)



Ha pasado casi una semana desde que el dubitativo Caja Laboral cayó eliminado en las semifinales de la ACB y las ideas se me han ordenado para ofrecerme una visión global de lo que ha sido la temporada recién finalizada. En términos generales, el sabor de boca que arroja el curso que ha concluido resulta un tanto amargo para el baskonismo. Por primera vez desde 2005, el conjunto vitoriano ha cerrado un ejercicio en blanco, sin un título que echarse a la boca. Es más, desde la temporada 2001/2002 (la del doblete de Ivanovic) no se recuerda un año que se haya consumido para el equipo azulgrana sin disputar final alguna. Ha sido ésta, la primera temporada sin Tiago Splitter, la que arrancaba con la dulce resaca del milagro de la última final, la que se ha manifestado como esa campaña que todo el mundo llevaba años anunciando pero nunca acababa de llegar. Hemos asistido a la primera temporada del cambio de ciclo en el seno de un equipo que llevaba demasiado tiempo instalado en la excelencia.

Si hubiera que otorgarle una calificación al rendimiento colectivo del Baskonia durante los últimos ocho meses de competición, considero que convendría discernir entre los resultados obtenidos y las sensaciones que ha arrojado a lo largo del trayecto. Si nos atenemos a los logros del equipo en las cuatro competiciones en las que ha tomado parte, sólo desde un punto de vista resultadista, sería injusto concederle un suspenso. Salvando el hecho de que el combinado azulgrana naufragó en la Supercopa celebrada en el Buesa Arena, un torneo apetecible pero menor tanto por relevancia como por punto de cocción de los aspirantes, su posición final en el resto de competiciones entra dentro de los parámetros de la lógica. Aunque sufrió para deshacerse en cuartos de final del Bilbao Basket, su participación en la Copa acabó en el cruce de semifinales ante el Barça, que ha sido también su verdugo, en idéntica ronda, en la pelea por el título de la ACB. En la Euroliga, por segundo año consecutivo, sucumbió en cuartos de final, a un paso de la Final Four. O lo que es lo mismo,  de nuevo instalado entre los ocho mejores equipos del continente. A mi modo de ver, el equipo de Dusko Ivanovic ha cumplido. Ni se le puede tolerar menos, ni se le puede exigir más. Todo lo que sea superar estos registros puede considerarse como un ejercicio para subir nota. Por lo tanto, en cuanto a resultados, se ha ganado el aprobado.

Derrotas dolorosas en la ACB

Otra cosa bien distinta es el comportamiento que el equipo ha mostrado durante el camino hacia esos objetivos, la discontinuidad manifiesta e irritante con la que ha convivido y martirizado a sus aficionados durante demasiados partidos. En la ACB, donde quizá un tercer puesto en la fase regular habría cambiado, y mucho, el actual panorama, ha acumulado tantas derrotas que hay que remontarse casi una década para hallar otro ejercicio tan discreto de un equipo que, ante todo, ha sabido hacer gala de la regularidad. En esta ocasión no ha sido así. La escasa fortaleza mental ha delatado a este equipo en encuentros que otros años no habría perdido.

Lejos del Buesa Arena en absoluto se ha revelado como un rival temible. Más bien al contrario. Ha acumulado derrotas muy dolorosas en pistas de oponentes de un nivel a priori mucho menor. Sin contar las de Gran Canaria o Bilbao, dos canchas complicadas, este equipo de Ivanovic que se ha parecido tan poco a los equipos de Ivanovic cayó en la pista del Estudiantes y resultó ridiculizado en las de Fuenlabrada, Blancos de Rueda, Cajasol y Meridiano Alicante. En las dos últimas, la desventaja final alcanzó la veintena. Algo a todas luces inusual para un plantel habituado a dar la cara en cada batalla. Un síntoma inequívoco de que algo no ha funcionado.

Varias han sido las taras técnicas y tácticas que han retratado inequívocamente al Baskonia en buena parte de los duelos de la presente campaña. Pero por encima de todos los males que han rebajado su rendimiento hay que lamentar la escasez de espíritu que ha mostrado en muchas ocasiones. El carácter que se asocia a los jugadores que visten esta camiseta, a las plantillas adiestradas por Ivanovic, ha brillado por su ausencia. Era este Caja Laboral un equipo sin alma, sin rumbo, sin vísceras. El corazón del baskonismo se marchó hace poco menos de un año a Texas. Fue el mismo destino que escogió su predecesor, amigo y maestro. Sin Luis Scola y Tiago Splitter el equipo vitoriano ha añorado algo mucho más importante que un tipo que dominaba el juego cerca de los aros. Ha muerto la temporada sin que quedaran realmente claros los roles de cada una de las figuras del equipo.

Barac, cuando no comete tres faltas estúpidas en el primer cuarto y tiene el día inspirado, se muestra como un pívot sin igual en toda Europa. Teletovic es el único jugador al que el técnico montenegrino concede licencia ilimitada para matar. Marcelinho es pura magia, pero carece de galones para poner orden; acaba haciendo más daño como anotador que como director de juego. Y Fernando San Emeterio, beatificado tras aquella antológica canasta ante Terence Morris, se antoja más un maestro de primera con exceso de trabajo que un líder natural. Todavía hoy, con el equipo ya eliminado, me costaría decir sin dudarlo quién ha tomado el cetro de mando que Splitter abandonó cuando tomó rumbo a los USA.

La carencia de un líder espiritual

Dejando a un lado a San Emeterio, quien ya digo que es o debería ser un secundario de lujo para cualquier equipo de la aristocracia y sin embargo ha rendido tan por encima de lo exigible que se ha convertido en MVP, me da la impresión de que ninguno de los otros posee la personalidad incuestionable de líder que exhibían Scola y Splitter, dos tipos que han propiciado plácidas transiciones de plantilla durante su dilatada estancia en la capital alavesa. Ante esta ausencia, el equipo se ha derrumbado, pero más por falta de carácter, de alma, que por cuestiones de talento, que lo hay y en grandes dosis. Y todo esto ha quedado reflejado en el juego. Aspectos tan relacionados con la intensidad como el rebote, una cruz durante todo el año, o la intensidad defensiva se han convertido en los males endémicos de un equipo que ha mostrado asimismo una desesperante incapacidad para cerrar partidos que tenía resueltos mucho antes de alcanzar los minutos decisivos. Sin el instinto asesino de anteriores campañas, incluso el otrora feudo inexpugnable del Buesa Arena ha perdido ciertas dosis de su mística y se ha transformado en un escenario del que han escapado con una sonrisa demasiados forasteros. Y esto, pese al resultado final, ha ensuciado notablemente el paso del conjunto gasteiztarra por la Euroliga.

De Vitoria se marcharon con la victoria el Zalgiris, el Asseco Prokom y el Lietuvos en las dos primeras fases de la competición. La cuarta derrota continental en el pabellón de Zurbano llegó ante el Maccabi. Los hebreos se apropiaron del factor cancha en el segundo partido de los cuartos de final y remataron la serie en Tel Aviv. El Barça la encarriló en el Palau y la finiquitó en el Buesa Arena, en un partido que ante todo evidenció la patente impotencia con la que ha compartido viaje este Caja Laboral durante el tortuoso ejercicio que acabó hace poco menos de una semana.

Aunque espero publicar en los próximos días otros dos artículos para analizar la temporada desde un punto de vista más pormenorizado, no puede entenderse el relativo amargor que siente el baskonismo sin preguntarse las razones por las que este equipo ha seguido una filosofía de juego tan alejada de la que siempre ha predicado su entrenador. Y la respuesta la encuentro en el título del post: estamos asistiendo a un cambio de ciclo traumático en el seno del conjunto azulgrana. Sin el paracaídas que han supuesto siempre las joyas descubiertas por la dirección deportiva y convertidas a la militancia desde su adolescencia, el Baskonia experimenta la misma sensación de vértigo que padecen todos los equipos cuando llega el momento de replantearse la propia identidad. En Madrid ahora mismo saben de lo que hablo.

¿Un equipo de Ivanovic?

La directiva de Josean Querejeta se ve obligada a construir desde cero. Hace muchísimos años que no se veían en una de éstas. Sin entrar a enjuiciar individualmente la labor de los miembros de la plantilla, desde fuera da la impresión de que las apuestas más ambiciosas han brillado muy por debajo de las expectativas marcadas. Y así es difícil. Sobre todo si las características de la plantilla que se ha acabado por configurar coinciden tan poco con los gustos del técnico encargado de hacer sonar la orquesta. Este Caja Laboral irreconocible y ciclotímico ha jugado a algo que nunca ha sabido, o que al menos su entrenador nunca ha querido jugar. Sobrado de calidad, ha fiado sus opciones de éxito al incuestionable talento de sus figuras, pero ha defendido poco y ha andado un poco corto tanto de efectivos como de compromiso. Los días que ha sobrado inspiración, podía derribar a cualquier oponente. Pero la tónica general, por desagracia, no ha sido ésta. Mi primer entrenador me dijo bien claro que "los partidos se ganan en defensa", y jamás lo he olvidado. Por lo que conozco a Ivanovic, estoy convencido de que alguna vez hablaron, aunque por lo que ha mostrado este año su equipo a uno le cueste creerlo.

Ahora se abre un tiempo de interrogantes en clave de futuro. Sigue abierta la incógnita del entrenador. Mientras suenan decenas de nombres, las posibilidades de que Dusko permanezca en Vitoria crecen por momentos. Se avecina un verano de mucho movimiento en las oficinas del Buesa Arena. La mayoría de los que no cuentan o han decepcionado se irán, como también algunos de los que gustan y cuentan, en función del mercado. Pero como hay más post que longanizas, ya hablaremos de esto en el futuro. En el siguiente artículo analizaré el rendimiento de los jugadores.