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24/4/13

Los clubes ACB se unen para acabar con los arbitrajes sospechosos en la Euroliga


Real Madrid, Barcelona y Baskonia han mantenido en estas últimas semanas contactos en esta línea / La incendiaria reacción del presidente del Panathinaikos tras el primer duelo de su serie impulsó las conversaciones



Es muy probable que el atropello que sufrió el pasado viernes en el Caja Laboral no fuera más que la consecuencia de una concatenación de errores humanos de los tres colegiados encargados de dirigir el cuarto encuentro de la serie de cuartos de final que enfrentaba al equipo vitoriano y al CSKA de Moscú, pero el hecho de que hubiera quien se lo temía invita cuando menos a la reflexión. Tanto en las oficinas del Buesa Arena como en las altas esferas de los otros dos grandes clubes del baloncesto español, el Real Madrid y el Barcelona, lo veían venir. Habituados a los sospechosos arbitrajes que de tanto en cuanto se producen en las fases definitivas de la Euroliga, las directivas de las tres entidades mantuvieron contactos en los que se llegó a tratar la búsqueda de alguna fórmula para evitar de cara al futuro este tipo de situaciones, en las que casi siempre salen beneficiados los mismos.

La llama de la sospecha se encendió a raíz de las altas temperaturas y declaraciones salidas de tono que se produjeron a la conclusión del primer duelo del play off que aún enfrenta a Barcelona y Panathinaikos por una plaza en la Final Four. El máximo mandatario de la entidad ateniense, Dimitris Giannakopoulos, se salió del tiesto con unas gravísimas acusaciones hacia los árbitros que en el seno del Barcelona se interpretaron sin género de dudas como un claro intento por calentar la serie de cara a los dos encuentros que debían disputarse en el OAKA. Fue en ese punto donde se encendió la hoguera de las sospechas y comenzaron las conversaciones entre los clubes ACB, conscientes de que desde un punto de vista estratégico a la Euroliga, también foco de las iras de Giannakopoulos, no le interesaba contar con tres equipos de un mismo país en Londres.

La sombra de la sospecha, en todo caso, sobrevuela siempre sobre las mismas cabezas. Y en el baloncesto europeo existen pocas dudas sobre cuáles han sido siempre los grandes beneficiados por todos las catástrofes arbitrales que a lo largo de los años han puesto en entredicho la higiene de la competición. Fue este y no otro el principal argumento que propició la ruptura con la FIBA a comienzos del presente siglo. Curiosamente, los clubes que abogaban por una competición impoluta, entre los que se encontraba el propio Baskonia y el resto de los representantes de la ACB, se libraron entonces, con la fractura que produjo durante una temporada dos competiciones paralelas, de aquellos que casi siempre han generado las suspicacias: Maccabi, CSKA y Panathinaikos –que al contrario que otros equipos helenos siguió disputando en el torneo auspiciado por la FIBA–. Tras la reunificación, aun con dudas, dio la impresión de que ciertas cosas habían cambiado, pero en los últimos años aumenta la sensación de que no tanto.

A la Euroliga, un organismo que en otras muchas cosas representa un ejemplo de gestión y planificación, le cuesta sacudirse esas eternas sospechas en torno al arbitraje y los tratos de favor que reciben determinados equipos. La semana pasada, sin ir más lejos, el organismo que preside Jordi Bertomeu impuso una sanción ejemplar al presidente del Panathinaikos tras las incendiarias declaraciones que profirió contra los colegiados y la propia organización. Cabe preguntarse si los 150.000 euros que deberá abonar por esa salida de tono le saldrían a cuenta o no, pues a punto estuvo el equipo ateniense de apear al Barça de la Final Four en el insoportable ambiente que se generó en el OAKA, donde pasó de todo, donde se vieron cosas que en otras canchas, por mucho que asegurara Messina, no se ven ni se verán.

Encerrona en el OAKA

Megáfonos con sirenas que emulaban el sonido de fin de posesión, punteros láser con los que la grada trataba de molestar a los pupilos de Xavi Pascual, petardos y bengalas son algunos de los utensilios con los que la hinchada del Panathinaikos generó una atmósfera electrizante que, sin embargo, no bastó para cerrar la serie. Sí ha bastado, en cambio, para que la Euroliga incoara un expediente disciplinario que puede convertirse en una nueva sanción para la entidad helena y que genera cierto temor en el entorno del Caja Laboral. Esa mano dura que parece querer imponerse puede acarrear también un castigo para el club gasteiztarra, siempre que el juez único estime como suficiente motivo de castigo el lanzamiento de objetos –en su mayoría papeles, pero también botellas de plástico y fruta– que se produjo en el infausto encuentro del viernes.

Los que parecen quedar libres de cualquier castigo son siempre los colegiados. Christodoulou, Ankarali y Vojinovic no han recibido siquiera una reprobación pública, a pesar que dentro de la propia Euroliga se ha reconocido su escaso acierto en el encuentro del viernes. Queda por ver si recibirán alguna sanción. La directiva que preside Josean Querejeta, de hecho, aspira a que reciban un escarmiento que pueda servir como aviso a navegantes para el resto del colectivo. De hecho, en el informe que el club ha remitido al organismo que preside Jordi Bertomeu se expone una idea que ha resultado nuclear en las conversaciones que han venido manteniendo los tres representantes de la ACB en los cuartos de final.

Trabajo en la sombra

De puertas para afuera, se mantiene la discreción. Ninguno de los tres clubes implicados en las conversaciones está interesado en agitar el avispero. El Real Madrid, ya clasificado para la Final a Cuatro del O2, ha mostrado su apoyo al Baskonia tras lo sucedido el viernes, pero prefiere no enemistarse con la Euroliga. En la misma situación se encuentra el Barcelona, que mañana disputa en el Palau el quinto y definitivo encuentro de cuartos ante el Panathinaikos. Con todo lo que se ha vivido en esta eliminatoria –y a pesar de que los catalanes impulsaron la ronda de contactos–, no parece el momento adecuado para alimentar la polémica.

Josean Querejeta también parece reacio a expresar el poso de indignación y malestar que produjo el atropello del cuarto partido ante el CSKA. Teniendo en cuenta que aún aguarda un posible castigo económico por los incidentes y con el recuerdo fresco de la cuantiosa multa impuesta a Giannakopoulos, el máximo dirigente del club vitoriano se mostró prudente al extremo en sus declaraciones tras el partido. Aunque eso no quita para que de puertas para adentro, en contactos directos con un Jordi Bertomeu al que de lejos le une una estrecha relación, haya expresado su enojo por lo acontecido. Más allá de los graves errores que salpimentaron el concierto de pito, dolió mucho la actitud altiva y provocadora del trío arbitral comandado por el griego Christodoulou.

El pasado ya no puede cambiarse. Ni lo sucedido el viernes ante el CSKA en el Buesa Arena ni los numerosos desmanes que a lo largo de las décadas han manchado la imagen de la máxima competición del baloncesto continental. Pero puede trabajarse para lograr un futuro mejor y más justo. En esa misión se han embarcado Real Madrid, Barcelona y Baskonia.

29/6/11

Una tragedia griega

Dos de los clubes más poderosos del continente, Panathinaikos y Olympiacos, salen a la venta y descubren las vergüenzas de un deporte que hoy por hoy genera mucho menos de lo que gasta


Justo en un momento en el que los clubes españoles viven sumidos en la búsqueda de soluciones para rescatar al baloncesto del pozo en el que cae sin remisión, en pleno debate sobre la gestión de los derechos televisivos, los patrocinios y el marco de contratación, hemos asistido a la confirmación de que las inversiones en este deporte resultan de todo menos rentables. No es un problema de la ACB, ni de este país es concreto. La crisis del baloncesto, como la económica, trasciende fronteras. Asistimos a un problema global que se ha revelado con especial crudeza al hacerse públicas las intenciones de venta de los propietarios de los dos clubes más pujantes de los últimos años, los griegos Olympiacos y Panathinaikos. Las dos parejas de hermanos que gobiernan los dos principales equipos del basket heleno, adalides del derroche exacerbado, capaces de situar los salarios de algunos jugadores a la altura de los suelos de nivel medio de la NBA, han tirado la toalla. Corren malos tiempos para el baloncesto. Y si no se reacciona a tiempo, esperan aún peores en un horizonte no tan lejano.

Ni siquiera el estómago atiborrado de títulos ha bastado para convencer a Pavlos y Thanasis Giannakopoulos, brillantes comandantes de un lustroso imperio farmacéutico, para que sigan al frente del club del trébol. El último campeón de la Euroliga, con Zeljko Obradovic, su pléyade de estrellas, el OAKA, sus animadoras, ha salido a la venta. Se lo llevará el mejor postor. Un equipo que dispone del técnico más laureado del continente, que ha ganado seis de los últimos quince títulos europeos y se ha paseado con insultante tiranía por la competición doméstica, no resulta un producto económicamente viable. No es una inversión atractiva para los Giannakopoulos, que lo sacan a la venta y ya se rumorea sobre la existencia de un posible comprador. En cualquier caso, se trata de una compañía especializada en la consultoría financiera, con experiencia en la compraventa de sociedades deportivas a ambos lados del Atlántico y que, de hecho, ya ha participado en el rescate de varias franquicias de la NBA en peligro. Si finalmente se consuma la transacción, lo que parece claro es que el PAO, clásico entre los clásicos, perderá buena parte de su legendaria esencia y, quizá también, osadía económica para seguir reclutando a base de talonario a los mejores jugadores de Europa.



El caso del Olympiacos, aunque similar, puede entenderse desde otra perspectiva: la del eterno perdedor. En las oficinas del Pireo se han hartado de coleccionar desengaños. Los hermanos Angelopoulos, los empresarios navales Panayiotis y Giorgios, disponen al menos de esta coartada para justificar su deseo de desprenderse de sus acciones. En cualquier caso, detrás del hastío propio de quien se confirma incapaz de convertir cualquier proyecto, por millonario que sea, en un producto exitoso, se esconden también los números, fríos, cabales, rojos como el color de la camiseta que han vestido tantas y tantas estrellas durante los últimos años. Los Angelopoulos lo han intentado todo para tratar de devolver al equipo ese espíritu ganador que lo condujo a único título continental, el cosechado en aquella final de 1997, triste recuerdo para el barcelonismo, en la que David Rivers volvió a dejar a Aíto García Reneses con la miel en los labios.

Todas las estrellas del Pireo

Por el Pireo han pasado durante el mandato de los navieros jugadores de la talla de Nikola Vujcic, Tyus Edney, el ex tirador del Basoknia Arvydas Macijauskas, Sofoklis Schortsanitis, Linas Kleiza, Teo Papaloukas o Josh Childress, jugador con el que el club griego dinamitó todos los preceptos establecidos sobre salarios y le firmó un escandaloso (e injustificado) contrato de 20 millones de euros en tres temporadas. Tampoco sirvió de nada. Fue el penúltimo experimento fracasado de los hermanos Angelopoulos, que entre los motivos que esgrimieron para sostener su decisión de vender el club (hecha pública a través de la web oficial) también aludieron a la pésima calidad de los arbitrajes y a la incontenible e histórica violencia que rodea al baloncesto griego. Sin embargo, a nadie se le escapan las razones reales de su hartazgo. En primer lugar, pesa el hecho de que no han catado un título realmente jugoso (Liga o Euroliga) desde que se hicieron con el control total de la entidad, hace más de siete años. Pero resulta evidente que la escasa rentabilidad del negocio ha tenido también su peso.

En el deporte de élite no existen recetas mágicas. Y son pocos los que aguantan cuando los gastos superan con holgura los ingresos y encima se conceden tan escasas alegrías a la afición. Los Angelopoulos lo intentaron hasta el final. Tras fenecer ahogados junto a la orilla en la Final Four de París del pasado año, volvieron a levantarse y a realizar una potente apuesta que, a la larga, ha resultado tan baldía como las anteriores. A un equipo que ya disponía del genial Milos Teodosic, el eterno Papaloukas y actores principales tan interesantes como Bourousis o Halperin, le añadieron a un ex NBA como Nesterovic y a una de las promesas que tan excelentes sensaciones arrojó durante el último Mundial con Serbia, Mario Keselj. No son pocos los que en Vitoria creyeron a finales del verano pasado, mientras seguían las evoluciones del torneo celebrado en Turquía, que el Caja Laboral se había equivocado de promesa al fichar a Bjelica. Pero ésa es otra historia. Para rematar el pastel, se fueron en busca de una fruta prohibida, de una guinda que debía suponer algo más que la contratación de un excelente jugador. Los Angelopoulos cruzaron Atenas, se internaron en territorio enemigo y sacaron la chequera para hacer daño al eterno rival con el fichaje de Spanoulis, un golpe de estado en toda regla que tampoco sirvió para abandonar la vereda del fracaso. La Liga helena, es más, volvió a quedarse en el OAKA. Con un añadido hiriente: el Panathinaikos se adjudicó, esta vez contra pronóstico, el título continental.

Los resultados deportivos han supuesto la gota que colma el vaso de la paciencia de los propietarios del conjunto del Pireo. Pero detrás de estos movimientos de escapismo se oculta una realidad tan evidente como amenazadora para el baloncesto. La crisis, en cualquier caso, no es exclusiva del deporte de la canasta. Y menos en Grecia, un país sumido en la desesperación, que sufre ahora mismo los efectos de tres jornadas consecutivas de huelga general. En ese panorama, que como digo en Grecia se exhibe más crudo pero que traspasa fronteras, el baloncesto deberá ofrecer mucho más de lo que ofrece a los valientes inversores que se planteen siquiera la opción de afrontar el reto.

¿Una oportunidad de oro o las barbas del vecino en remojo?

En términos prácticos, la inminente espantada de los dueños de dos de los equipos más pudientes del continente puede interpretarse como una excelente ocasión para sus principales rivales de hacerse con algunas de sus figuras. Se podría entender que el Barça, que navega con criterio deportivo y económico y aspira a poder pescar a Teodosic en estas revueltas aguas, el Madrid, el CSKA o los combinados turcos saldrán beneficiados. Pero sería un tremendo error pensar en esos términos. El baloncesto acaba de padecer un nuevo golpe, que es más síntoma precoz que causa de muerte y como tal debería entenderse.

Si los clubes captan el mensaje, duela a quien duela, es posible que poco a poco el baloncesto ajuste los números. Hoy por hoy no resultan asumibles para casi nadie los sueldos que se firman, sobre todo en un contexto en el que muchos equipos sudan sangre para encontrar patrocinadores y no son pocos los cubes que se ven amenazados por la desaparición. Ahí está el caso del Lucentum, que en los dos próximos días debe salvar la operación financiera a vida o muerte que mantiene desde hace semanas.

Ahora que la ACB asiste a una metamorfosis que debe definir el cuaderno de ruta para los próximos años, para una etapa que marcará de manera definitiva su destino, no estaría de más que se tomase en cuenta el hecho de que ni los más poderosos pueden asumir modelos de negocio tan surrealistas como los que han imperado. En España se ha estandarizado la convivencia con las deudas millonarias. No son pocos los clubes de fútbol que con la ley en la mano deberían desaparecer o, como poco, perder varias categorías. El baloncesto no puede permitirse ese lujo. Sea por la gestión mejor o peor que se ha llevado en los últimos años, porque no interesa tanto al gran público como algunos creemos o por cualquier otro motivo, no genera ni de lejos los mismos ingresos que el fútbol. En todos esos debates de las cabezas pensantes que tratan de reinventar este deporte quizá vaya siendo hora de que se piense en clave realista. En Grecia, aunque sean los mismos que reventaron el tema, se toma un nuevo camino Y no es tan grave. La verdadera tragedia griega está en las calles. La representan el rescate de la Unión Europea, el paro y toda esa gente que sigue confiando en el sistema.