2/6/11

Maneras de morir


Hace poco menos de un año, creo recordar que fue un martes, las calles desde donde escribo estas líneas, en el Casco Viejo de Vitoria,  hervían de euforia. El Caja Laboral, el mismo equipo que ayer abandonó por la puerta lateral la pelea por el título de la ACB, festejaba el tercer entorchado liguero de su historia. Hoy no se cuelan por la ventana los cánticos de aquella orgullosa afición, ni la fanfarre que rompió la noche, pero se respira un aroma de serena decepción. El Caja Laboral ha resultado cruelmente atropellado por el Barça en la semifinal de la ACB. El equipo catalán se ha revelado muy superior a lo largo de una serie que se ha cerrado por la vía rápida. El combinado de Xavi Pascual se ha cobrado la venganza de la última final. Pero las sensaciones que ha arrojado ante su parroquia, el amor propio postrero, han propiciado un cierre de temporada en el que equipo y afición han vuelto a exhibir una comunión muy fuera de lo común. El broche a un curso grisáceo, más discreto que otra cosa, ha estado teñido de agradecimiento por parte de una grada que aún se sentía en deuda con los pupilos de Dusko Ivanovic.

Tiempo tendremos en los próximos días para realizar un balance de lo que han sido los pasados nueve meses de competición. Ahora mismo toca evaluar el rendimiento del equipo en un play off que se ha acabado antes de lo que el Baskonia, finalista en las tres últimas ediciones, nos tiene acostumbrados. El Barça ha pasado a la final porque era mejor sobre el papel y lo ha refrendado sobre el parqué. El Baskonia no ha tenido opción. Al contrario de lo que sucedió el pasado año, los vitorianos perdieron de partida la batalla anímica, quizá la baza que les reportó la gloria. Y se ha traducido en tres derrotas inapelables. La diferencia entre las dos primeras y la última estriba en que en el Buesa Arena, al amparo de su afición, el cuadro gasteiztarra al menos mostró ciertas dosis de amor propio que, a la postre, tampoco sirvieron de nada.

La derrota que ha supuesto la eliminación definitiva, una defunción esperada, ha encontrado los cimientos en los vicios que han perseguido al equipo toda la campaña, acentuados por la ansiedad con la que el cuadro azulgrana quiso evitar lo inevitable. Este Caja Laboral tan alejado de los códigos de todos los equipos que Ivanovic ha manejado en Vitoria cayó víctima de su propia endeblez. Habituado a salir airoso de los cuadriláteros merced a su potente pegada, al talento de sus figuras, el mejor ataque de la ACB cayó exhausto ante la mejor defensa. Si Dusko ha repetido hasta la saciedad que el baloncesto es un deporte en el que los títulos se construyen en base al esfuerzo colectivo en la retaguardia, su equipo se ha encargado este año de confirmarlo desde la otra vertiente. Este Baskonia ha traicionado al técnico montenegrino. Ivanovic se ha traicionado a sí mismo.

Huérfano de la soltura ofensiva que requiere cualquier equipo dispuesto a jugarse los partidos en un intercambio de golpes, sus guarismos han descendido de manera alarmante cuando se ha topado con un oponente de nivel. Los 79,21 puntos por partido que promediaba durante la fase regular han menguado hasta los 65 que ha anotado de media en los tres duelos ante el Barça. Y cuando un equipo que no defiende encuentra tantos problemas para llegar al aro rival, el resultado no puede ser otro que la derrota. En el tercer partido el equipo de Ivanovic -experto en variar la tendencia espiritual de este tipo de eliminatorias- recobró el amor propio que la impotencia le había arrebatado en los dos primeros duelos de la serie. Y mejoró en los aspectos del juego ligados a la voluntad, como el rebote. Por primera vez en muchos partidos, superó a su rival en este apartado estadístico (46-38), lo que lo mantuvo con una vana esperanza de victoria hasta los instantes finales del encuentro. Era sólo un espejismo.

El Caja Laboral, de hecho, apenas se colocó dos veces por delante en el marcador. Ambas llegaron en el primer cuarto, cuando a pesar de la ansiedad con la que inició el choque todavía no se había impuesto la aplastante lógica, encarnada en una sensación de impotencia que se sufría desde fuera de la cancha. El equipo vitoriano ha alcanzado el tramo decisivo del curso muy justo de gasolina. Muchas de sus piezas principales han acusado en esta exigente eliminatoria la sobrecarga de minutos y responsabilidad que han acumulado durante una temporada que se les ha hecho demasiado larga. El resto, los secundarios, no han respondido. Jugadores como Fernando San Emeterio, desfallecido a estas alturas, Huertas (que se despidió del Buesa entre lágrimas de rabia) o Teletovic han llegado a la cita pasados de vueltas. Barac, sobrado en ataque, sigue sin imponer su talla en la canasta propia. Oleson, oculto,  timorato, ha cerrado otro año excesivamente discreto. Y de los hombres de refresco sólo Ribas, un tipo con genética baskonista, ha rendido a un nivel mínimamente aceptable. Tengo en mente hacer un post exclusivo para evaluar individualmente a los jugadores, para entrar de lleno en los casos de Logan o Batista, en las incógnitas que suscitan los fichajes de Palacio o Dragicevic, pero la derrota en esta semifinal tiene más que ver con los que no están que con los que están.

El insondable vacío de Splitter

Se adivinaba desde el pasado octubre que iba a resultar muy difícil cubrir el insondable vacío que dejó en este equipo la marcha de Tiago Splitter, el heredero de otro excepcional referente como Luis Scola. Y no me refiero sólo a su calidad y a su aportación al juego del equipo, sino también a los galones, a la presencia que el argentino y el brasileño tenían en la cancha. El Baskonia ha consumido varios meses de competición en la búsqueda de un nuevo guía espiritual. Han llegado los play off cuando todavía se estaban asimilando los roles de líder, que han oscilado de Barac a Teletovic o de San Emeterio a Huertas. Ninguno de ellos ha contraído los méritos suficientes ni la regularidad necesaria para asumir ese papel. Tanto el Barça como en el Panathinaikos, dos ejemplos de equipos bien estructurados, existe un líder claro. En el Madrid, una plantilla plagada de jugadores muy talentosos, no. Y se nota.

El Buesa Arena ha vivido una jornada con sabor a despedida. La más que posible salida de Dusko Ivanovic -la directiva sigue tratando de cerrar la contratación de un nuevo técnico- servirá como punto de partida a la remodelación de una plantilla que o mucho me equivoco o sufrirá un profundo lavado de cara durante el verano. Entre los jugadores que no interesan al club (Logan, Palacio, Sow) y los que pueden tener una salida más que apetitosa en el mercado (Huertas, Teletovic, Barac son pilares pero todos ellos tienen novias dispuestas a pagar bien), intuyo que el Baskonia se encuentra a los pies de un cambio de ciclo como no lo ha habido en tiempo. Aunque de eso, desde luego, vamos a tener tiempo de hablar largo y tendido durante las próximas semanas.

El tercer partido de la semifinal ha sido también el último que el equipo vitoriano disputará en el actual Buesa Arena de las 9.800 butacas. En apenas unos meses, en primavera de 2012, estrenará la ampliación del recinto, con capacidad para 15.000 espectadores. Su exilio temporal en el multiusos de la plaza de toros supondrá otro icono de cambio para un equipo que, sin firmar una temporada horrorosa, queda señalado porque hacía cinco años que no cerraba un curso sin llevarse un título a las vitrinas. El Baskonia ha caído en las semifinales de la ACB, de la Copa, de la Supercopa -en cuya próxima edición no estará presente por primera vez desde que se creó el torneo- y en los cuartos de final de la Euroliga. Ni se le pedía más, ni se le podía exigir menos. Pero las sensaciones que ha arrojado me han resultado decepcionantes. Si algo ha acuñado este equipo es su capacidad para crecerse ante los imposibles, ese poso de equipo menor y ambicioso que lo convertía en un indigesto contrincante para los más grandes. Y ya digo que este año lo he echado en falta. Aun así, cuenta el club azulgrana con un recurso que le garantiza que jamás caerá del pedestal al que tanto esfuerzo le costó encaramarse: el apoyo incondicional de una afición que volvió a responder con gratitud ante la impotencia de sus héroes y los despidió con ese orgullo que este año se ha echado en falta sobre la cancha. A pesar del resultado, de la abismal superioridad del equipo catalán, esta vez al menos el Baskonia supo morir con la cabeza alta. Y eso en Vitoria todavía se premia.